No todos los pueblos blancos están en Cádiz, aunque son mayoría y allí la luz es reincidente y siempre rema a favor. Pensemos en Altea, en el Alicante que recuerda a Santorini, o en Cadaqués, hacia donde nos lleva siempre Dalí. Tierra más adentro también hay buenos ejemplos. Como Consuegra, en Toledo, con molinos de viento, una plaza quijotesca y un castillo. O Tembleque, en la misma provincia, un gran desconocido pese a su belleza y a estar a solo una hora de Madrid.
Este pueblo toledano tiene su lugar principal en la historia porque fue entregado por Alfonso VIII de Castilla, el de las Navas, a la Orden de San Juan de Jerusalén, más conocida como Orden de Malta, que le otorgó carta de población en 1241. Y ascendido a la categoría de villa por la reina Juana, la apodada la Loca y encerrada en Tordesillas (Valladolid), en 1509. Gozó de gran relevancia por su estratégica situación, el floreciente comercio de la lana y el papel clave de la trashumancia hasta que en el siglo XVIII entró en decadencia, agravada después por la guerra de la Independencia.
Avatares históricos aparte, hoy se nos presenta ante los ojos como el típico pueblo manchego, como salido de la portentosa pluma de Miguel de Cervantes. El escenario perfecto para las andanzas e infortunios del ingenioso hidalgo Don Quijote. Solo la plaza Mayor ya vale el viaje. Datada en 1598, es de planta rectangular, porticada y con galerías de tres alturas a modo de corredor, según el patrón de los corrales de comedias. Y, por si esto fuera poco, luce ornamentación de yesería en las galerías superiores, con la Cruz de Malta y motivos vegetales.
Por qué te va a encantar Tembleque
Como la emblemática plaza de Chinchón, el pueblo de Madrid que enamoró a Orson Welles, o la de arena de Peñafiel, en Valladolid, en plena Ribera del Duero, la de Tembleque también ha tenido doble función. Por una parte, lugar reunión de los vecinos, corazón de la villa. Y por otra, ruedo para las corridas de toros. De ahí sus galerías como palcos sobre el coso. Hay constancia documental de que en 1653 la pisaron nada menos que Felipe IV y Quevedo.
Además, tal y como es costumbre, alberga el ayuntamiento; también la oficina de turismo. Si bien esta plaza manchega, muestra excelsa del barroco popular, se lleva la palma como obra arquitectónica, rehabilitada con todo detalle, no es la única. A su lado tiene la plaza de la Orden, donde cada miércoles se instala el mercado.
Tembleque es un pueblo de Toledo que está en la Ruta del Quijote.
CULTURA CASTILLA-LA MANCHA
La Casa de las Torres llama la atención por su imponente fachada con distintos motivos decorativos. Fue construida como casa-palacio por Antonio Fernández Alejo, caballero de la Orden de Santiago, en 1753 con la fortuna que su propietario había hecho en las Américas y es claramente barroca. Nombrada monumento histórico-artístico en 1979, presenta patio central con doble galería y columnas toscanas.
De la misma época es la Casa de Postas, conocida como el Cuartel Viejo porque funcionó durante un tiempo como cuartel de la guardia civil, aunque también tuvo otros usos, tales como escuela-taller o sede de distintas asociaciones. Originariamente, sirvió de aposento de las caballerías apostadas en los caminos para el servicio de los correos; de donde su nombre.
Una ermita octogonal como biblioteca
Lamentablemente, esta casona de tan buen porte se encuentra en estado de abandono, aunque el Ayuntamiento ha manifestado su deseo de recuperarla tras hacer lo propio con la Casa de las Torres y la biblioteca municipal. Esta última está alojada en la ermita de la Vera Cruz, de planta octogonal, inspirada en el Santo Sepulcro de Jerusalén, como la románica del mismo nombre en Segovia. Solo que esta es dieciochesca. Lo curioso es que su autoría se atribuye a Juan de Villanueva, el arquitecto del Museo del Prado y la puerta de acceso al Jardín Botánico.
La Casa de las Torres es una de las joyas arquitectónicas de Tembleque.
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Entre los edificios religiosos destaca la iglesia de Nuestra Señora de la Asunción, gótica y casi ya renacentista, construida tras la expedición a Orán de 1509 comandada por el cardenal Cisneros. Lo que pasó fue que se apuntaron a ella tantos soldados temblequeños que, en agradecimiento, el ilustre franciscano donó una generosa cantidad para la edificación del templo, a la que se añadieron las aportadas por los priores de San Juan y los propios vecinos.
En Tembleque hay, no obstante, más ermitas. La de la Purísima Concepción (XVII), con pórtico y un jardín en el que está el rollo jurisdiccional; la del Cristo del Valle, junto al embalse de Finisterre, construida en el XVII siguiendo las pautas del barroco; la de Loreto (XVIII), del mismo estilo, y la de San Antón, más moderna, del XIX. Y en lo alto de un cerro cercano, al que se puede ir paseando, los molinos de viento. De los tres que se conservan, dos fueron restaurados en el año 2000 y el tercero está en ruinas. Pero son igualmente quijotescos.











