Aloña Fdez. Larrechi

El currículum de Sara Barquinero (Zaragoza, 1994) es tan apabullante como la faja que adorna su segunda novela, Los Escorpiones, y que reza que fue elegido mejor libro de ficción de 2024, según la Asociación de Librerías de Madrid y diversas publicaciones. La autora es doctora en Filosofía por la Universidad Complutense de Madrid y fue becaria de la Residencia de Estudiantes de la capital para la escritura de su primer libro, Estaré sola y sin fiesta.

Hace un año, la beca de la Real Academia de España en Roma le permitió hacer lo propio con su nueva obra, La chica más lista que conozco (Lumen). Esta novela de aprendizaje, en librerías el 12 de marzo, refleja las decepciones relacionadas con la llegada a la edad adulta y pone sobre la mesa temas como el nepotismo en la universidad pública o el abuso de poder.

TAMBIÉN TE INTERESA

Ante el vértigo de enfrentarse a las expectativas creadas por su último éxito, la autora se muestra tranquila porque, dice, «ya he tenido mi momento de gloria. Si gusta, fenomenal».

MUJERHOY. ¿Cómo fue ponerse a escribir tras la excelente acogida de Los Escorpiones?

SARA BARQUINERO. Me resultó realmente sencillo porque empecé La chica más lista que conozco cuando no había terminado Los escorpiones, mientras hacía el doctorado. En ese momento no era un proyecto de novela, estaba bastante enfadada con la universidad e iba anotando mis ocurrencias, criticándolo todo. Así que no partía de una página en blanco, a lo mejor tenía como 30 o 40 hojas de rabia.

Entonces, ¿su nuevo libro surge de sus experiencias personales?

Viene de ellas pero no es autobiográfico o autoficción. Lo pensé, pero tenía dos problemas para eso: me cuesta narrar mi propia vida y me di cuenta de que si contaba mi experiencia desde el disgusto, siendo ya doctoranda, mucha gente no iba a empatizar con la historia. Era mejor colocar a un personaje ficticio, más joven que yo, con 18 o 19 años.

En La chica más lista que conozco hay observaciones entre capítulos. ¿Es lo que surgió con esa rabia que comentaba?

Sí, cualquier persona que haya estado en una universidad pública de humanidades se sentirá identificada con lo que comento. La universidad tiene cosas muy buenas, pero las experiencias de nepotismos, favoritismos, profesores estrella y guerras de departamentos son universales.

Su novela entonces es más una crítica que un ejercicio de nostalgia.

Exactamente. Me di cuenta de que había sido un poco injusta hacia la universidad y, justo en el final del libro, hay un pequeño momento de redención, porque es cierto que hay muchas cosas de la facultad española de filosofía, y de algunos lugares en los que he estado, que a mí me han irritado profundamente. Pero también algunos de los mejores momentos de mi vida, de mis mejores lecturas y de la persona que soy vienen de haber estudiado lo que estudié.

Usted dijo que quería «mandar a la mierda la filosofía» y, sin embargo, es una parte muy importante de su novela.

A mí me encantaba la filosofía tanto como la literatura, era como tener dos novios y no poder elegir uno. Me apetecía mucho escribir narrativa y me apetecía mucho leer y escribir filosofía. Pero mi experiencia en el doctorado fue pésima. A meses y a pocas páginas de tener que entregar la tesis, estuve punto de no hacerlo porque las circunstancias me llevaron a pensar que, si acababa, terminaría odiando la filosofía. Y, en cierto modo, fue lo que pasó. Era 2018 y hasta 2022 o 2023, no volví a leer filosofía, me quitaron todas las ganas, me aplastaron todo anhelo de leer. Eso es una de las cosas que quería criticar.


Portada de La chica más lista que conozco, la nueva novela de Sara Barquinero.


Lumen

¿Para qué sirve la filosofía?

Es una pregunta complicada. A mí la filosofía me ayuda a tener un interlocutor interno con el que discutir sobre lo que pienso. La filosofía nos da más herramientas para entendernos a nosotros mismos y a nuestro mundo.

En la actualidad, ¿cree que se le da la importancia que merece?

Creo que podría tener un papel más relevante en la educación secundaria. Muchas disciplinas humanísticas obligan a chavales de 14 años a estudiar unos apuntes de Platón que no les dicen mucho. A mí me encanta leer a los clásicos, pero se podría hacer alguna introducción a autores más contemporáneos que les hablen de sus problemas. De todas formas, creo que, hasta cierto punto, la filosofía está de moda últimamente, la gente nota esa falta de sentido y busca encontrarlo en alguna parte.

¿Qué autores no deberían faltar en esa moda?

Entre los libros que me engancharon mucho a la filosofía, o que sentí como muy míos, quizás el más importante sea La enfermedad mortal, de Kierkegaard, porque habla de lo que todos sentimos, una suerte de angustia existencial. Para entender el presente, quizá Mark Fisher. Es un poco un cliché, porque todo el mundo lo lee, pero si alguien no lo conociera tendría que empezar por Realismo capitalista o Los fantasmas de mi vida. También me gustan mucho Giorgio Agamben y Judith Butler.

Su tesis doctoral fue sobre Kant, ¿por qué?

En parte porque me forzaron un poco para hacerla sobre él. Cuando empecé la tesis me sentía confusa, como le pasa a todo el mundo, porque no tenía un tema de investigación claro. Me gustaba mucho una obra suya, Crítica del juicio, porque es un texto que habla sobre estética en el sentido de qué es la belleza, qué es lo sublime, y de teleología, de ser un fin último en la historia, temas que a mí siempre me han llamado la atención.

En principio quería hacerla de relaciones contemporáneas con esos temas, pero al final acabó siendo Kant. Aunque le pude coger cierta manía por la tesis y por las circunstancias, a mí Kant me amuebló mucho la cabeza. Me sirve para entender mejor a otros autores y, muchas de las cosas que propone, yo diría que son ciertas.

En cuanto a la crítica universitaria presente en su nueva novela, ¿qué extrae de la experiencia de todo lo que vivió: las luchas internas, el feminismo, los casos de acoso…?

Se debería sanear la universidad pública. Entiendo que hay poco presupuesto y muchas dificultades, pero son sistemas profundamente endogámicos y cerrados. Conozco a personas que valoro intelectualmente y han acabado en la universidad pública, pero también conozco a una infinita cantidad de personas que no quieren volver a pisarla, aunque hayan hecho un doctorado. Se han dado pasos desde que yo lo hice, pero debería haber procesos más abiertos de contratación. No puede ser que salga siempre el candidato del departamento.


Sara Barquinero en las escaleras del Círculo de Bellas Artes de Madrid con vestido de Sandro.


Fede Delibes

Entonces, ¿tener amigos ayuda a esconder la mediocridad?

La mediocridad no me preocupa tanto, en general la gente que conocía en filosofía siempre tenía un punto de brillantez y tampoco pasa nada por ser mediocre, ¿no? Esta cultura de que todo tiene que ser excelso me irrita. Pero me pregunto cuánto de ser un buen candidato para un cargo tiene que ver con ser capaz de perdonar o hacer la vista gorda hacia según qué cosas. Me preocupa más la ética que la mediocridad.

En sus novelas pone sobre la mesa temas de actualidad, ¿de dónde nace esa conciencia social?

Supongo que no es una decisión. Veo cosas que me inquietan, que no entiendo y me pongo a trabajar en ellas. De hecho, creo que esta novela me ha quedado como muy de denuncia, tanto del sistema universitario como de las relaciones heterosexuales con diferencia de poder. No era mi intención inicial, mi primer impulso era humorístico, me tenía que reír de esta situación. Pero no fue una decisión.

En la novela, la protagonista tiene una obsesión romántica con un hombre mayor y también suceden otras cosas que tienen que ver con el romanticismo. Al escribirlo pensaba que, en parte, somos vulnerables por la responsabilidad que tienen los hombres mayores al seducir a jovencitas sin ningún pudor. Pero también me crié viendo Pequeñas mentirosas, serie en la que la chica más guay se lía con su profesor, o Crónicas vampíricas, que sitúa a personajes femeninos entre dos hombres, el bueno y el malo. No digo que sólo se deba a eso la responsabilidad moral de según qué conductas terroríficas, pero ahí están, en nuestro imaginario.

Y los problemas románticos nunca son sólo románticos.

A mí me pasa, y creo que a mucha gente también. Cuando alguien te ama, te sientes muy sostenido ontológicamente, ¿no? Sientes que alguien asegura tu identidad y estará siempre para ti. Entonces, si desaparece, ¿quién eres?

¿Los profesores que tenemos convierten los estudios en promesas?

Mi profesora de literatura en secundaria hizo mucho por mi relación con la literatura. Por aquel entonces, leía más novela contemporánea mala y ella fue la primera que me animó a leer a los románticos. En ese momento adolescente, yo me creía que era más inteligente que nadie, como le pasa a mucha gente, y ella me ayudó a ver que mi visión sobre la realidad era sesgada. Me hablaba de mis posibilidades futuras, de si decidía escribir y todo eso. También otra mujer en la universidad, la poeta y escritora Sandra Santana, fue quien me animó a escribir en serio.

¿Usted también creyó, como los personajes de su novela, que iba a revolucionar el pensamiento?

Sí, con esa inocencia adolescente de «vamos a cambiar el mundo, la gente es que no sabe, vamos a hacerlo nosotros».

¿Cómo era de niña? ¿Ya le gustaba leer?

Siempre fui muy lectora. Pero, a diferencia de mi protagonista, yo fui más salvaje. He intentado hacer de ella una chica modosa, que siempre ha hecho lo que tiene que hacer, que no ha tenido muchas amigas. Yo era más de ir a la mía, de discutir con mis profesores, de tener amigos que probablemente mi madre consideraba poco recomendables. Era gótica, eso creo que lo dice todo.

Hay dos imágenes muy parecidas en Los escorpiones y La chica más lista que conozco, con sábanas colgadas en un edificio y la protagonista preocupada porque llueve y habrá que volver a lavarlas. ¿Es casualidad o una inquietud personal?

Para mí es todo un tema, lo paso fatal lavando sábanas. A veces las acumulo y voy a una lavandería, pero siempre quedan arrugas. Vamos, todo mal. De ahí viene la imagen. Cuando veo a un vecino que está en mi misma situación pienso: «pobrecico, ¿para qué las ha lavado?».

Estilismo: Sergio Eris.

Maquillaje: Nao Gayoso (NS Management)

Ayudante de fotografía: Bosco Wasther

Agradecimientos: Círculo de Bellas Artes de Madrid.

TAMBIÉN TE INTERESA