Hay pequeños gestos del día a día que, casi sin darnos cuenta, transforman por completo la manera en que vivimos nuestra casa. El que más me ha ayudado desde que me independicé (hace ya muchos años) lo descubrí gracias a mi madre, como casi todo lo importante que he aprendido a lo largo de mi vida. Y me veo en la obligación moral de compartirlo con vosotras porque parece magia, pero es sabiduría y experiencia de madre.
Reconozco que durante años pensé que mis padres simplemente tenían una habilidad natural para que todo estuviera siempre en su sitio. En casa, y en la vida. Su salón jamás parecía desordenado, la cocina recuperaba la calma en cuestión de minutos después de preparar comida para 20 invitados y las habitaciones o el despacho nunca caían en el caos.
En mi familia siempre me han inculcado que la clave para mantener el orden está en no desordenar. Así lo he aplicado siempre, pero el resultado no era el mismo que el de casa de mis padres. Por eso un día, cuando ya era adulta y me quejaba de que nunca tenía tiempo para tener la casa tan perfecta como estaba acostumbrada, mi madre me confesó su secreto con una naturalidad que a la que dejó descolocada fue a mí: «Solo necesitas diez minutos, hija». Sí, claro, diez minutos…
Cómo ordenar tu casa en 10 minutos
Al principio creí que exageraba, algo que no es raro en esta familia. Diez minutos tardo en prepararme un café, ¿cómo iban a bastar para poner en orden mi casa? Pero mi madre insistía en que el truco no era limpiar y organizar toda la casa de golpe, sino impedir que el desorden se acumulase. «Cuando algo empieza a desbordarse, pones el temporizador diez minutos y haces lo que puedas», me explicó. No parecía una estrategia especialmente sofisticada, pero con los años he descubierto que encierra una lógica doméstica muy poderosa.
UNSPLASH
Recuerdo la primera vez que decidí hacerle caso (en esto). Era sábado, casi la hora del aperitivo y mi salón parecía un pequeño campo de batalla después de que mi hija hubiera estado media mañana jugando con sus amigos antes de buscar otra casa del vecindario que desbaratar. Normalmente les hago recoger todo antes de irse, así me enseñaron y eso mismo intento enseñar yo, pero esta vez se me habían escapado. Así que cuando volvió, decidí poner a mi madre a prueba a través de su nieta: «Alexa, pon temporizador 10 minutos« y juntas empezamos a recoger con sentido. Cuando sonó el aviso en el altavoz, el espacio había recuperado una serenidad que no es.
Por supuesto, tuve que llamar a mi madre para decirle que (otra vez más) tenía razón. Y es que en realidad, la clave de esta regla de orden está en algo muy sencillo: diez minutos es una unidad de tiempo amable, que no intimida ni da pereza. Cualquiera puede encontrar diez minutos entre una tarea y otra. Y cuando uno se da permiso para ordenar solo ese pequeño intervalo de forma diaria, desaparece la sensación de estar enfrentándose a una tarea ardua e interminable.
Mis padres lo han aplicado siempre casi sin que yo fuera consciente de ello, pero es cierto que siempre lo asumí como «lo normal» y así lo he ido aplicando de forma natural en mi día a día: los zapatos y abrigos se guardan al entrar por la puerta; la cocina se recoge cuando se acaba de guisar; cada uno quita sus cosas de la mesa cuando termina; los cojines del sofá se colocan cuando te levantas y la cama se hace antes de salir de casa.
No soy de las que cree que limpiar y las tareas domésticas son terapéuticas. No me gusta hacerlo. No me relaja la plancha, ni pasar el polvo. Pero sí me gusta tener mi hogar (y mi vida) en orden y recuperar el control de un espacio en el que, solo diez minutos antes, reinaba el caos. Por eso, con el tiempo he comprendido que este truco del temporizador de mi madre nos evitaba el horror de los días de limpieza general porque su casa (y ahora también la mía) se mantenía ordenada gracias a una suma discreta de pequeños gestos cotidianos a los que todos contribuíamos.
Además, esos diez minutos suelen cundir mucho más de lo que imaginamos. Cuando uno se mueve con cierta rapidez y sabiendo su objetivo, el resultado llega enseguida. A veces basta con doblar una manta, recoger tres cojines y colocar un par de cosas en su sitio para que una habitación cambie por completo. La casa no necesita estar impecable; solo necesita no desbordarse y muchas veces, esa cuenta atrás que empieza Alexa es el empujón que pone el orden en marcha.












