Aloña Fdez. Larrechi

No recogió demasiados galardones, pero sí recibió el aval de la crítica y el público. Aquellos que se subieron al carro de The Americans, allá por 2013, disfrutaron de una de las grandes series de espías de todos los tiempos, un género que apuesta más por el formato miniserie que por extenderse seis temporadas. Keri Russell y Matthew Rhys, matrimonio en la vida real, se pusieron en la piel de Elizabeth y Philip Jennings, que se inspiraban en la historia de Elena Vavilova y Andréi Bezrukov. Dos de los más de veinte espías sobre los que el periodista británico Shaun Walker escribe en el libro que tienes que leer este mes si eres fan de las series de espías.

Porque la realidad, además de inspirar la ficción a veces la supera, y buena muestra de ello es el minucioso repaso histórico que Walker realiza en Los ilegales (Salamandra). O lo que es lo mismo, sobre los integrantes del programa de espionaje más secreto de Rusia que nació en la Revolución bolchevique y que durante la invasión de Ucrania seguía vigente. Un apasionante recorrido en el que las fronteras cambiaban, los mandatarios caían, pero los espías seguían infiltrados en países que eran considerados relevantes para el futuro de la madre patria.

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Hombres, y posteriormente mujeres, que dejaban de lado sus vidas, asumían otras identidades y, sin la cobertura diplomática de una embajada, trataban de cumplir con las misiones que les encomendaban. Trabajos que iban desde ser mensajeros en bici que recorrían a diario Nueva York a convertirse en camaleónicos agentes que formaban parte del cuerpo diplomático de otros países.

Más de un siglo de espías

Con una prosa tan detallada como interesante, gracias a una investigación que el autor ha llevado a cabo durante años, Walker arranca su compendio sobre el espionaje ruso, ese que tan buenos ratos nos ha proporcionado a través de la ficción literaria o audiovisual, con la historia de Vavilova y Bezrukov. La última pareja que sorprendió al mundo, y a sus propios hijos, con su doble identidad y con una labor que, cuando fueron descubiertos en 2010, todos creíamos en desuso. Una vida tan asombrosa que el autor retoma al final de su relato, porque bien merece ser descrita con detenimiento.


Portada de Los ilegales, el libro de no ficción sobre el programa de espionaje secreto ruso.


Salamandra

Sin tiempo a digerir la perplejidad que produce el desenlace de esta entregada pareja, la obra se traslada más de un siglo para explorar las raíces de lo que comenzaron siendo grupos clandestinos y terminaron convirtiéndose en una característica definitoria del país, un servicio de inteligencia que durante décadas fue un recurso esencial en las relaciones internacionales con otros países.

Uno de los capítulos más espeluznantes de la narración de Walker, especialmente para quienes no están versados en la historia rusa, es el que narra las purgas de Stalin durante los últimos años de su mandato. Un tiempo en el que el dictador veía enemigos en todos los que le rodeaban, acusándolos de formar parte de complots que querían asesinarlo. Entre las víctimas se encontraron hombres que, años antes, habían arriesgado sus vidas y, en el mejor de los casos, terminaron pasando mucho tiempo arrestados o condenados a realizar trabajos forzados en lugares recónditos.

Los James Bond rusos de carne y hueso

A pesar de que estas purgas tuvieron consecuencias evidentes en la disponibilidad de ilegales que eran enviados a trabajar a otros países, y según Walker «la inteligencia soviética nunca logró rehacerse completamente del impulso autodestructivo del sistema estalinista», a partir de la década de los 30 del siglo XX se produjeron algunos hitos hasta entonces nunca alcanzados, como la presencia de los primeros ilegales en Estados Unidos o la infiltración en las filas enemigas del ejército más temido de la época, el de la Alemania Nazi.


Grigulévich, a la derecha, en una reunión con el Mariscal Tito en 1953.


Museo de Yugoslavia


Entre los personajes más singulares cuya biografía Walker lleva a su libro está Iósif Grigulévich, un hombre que por sí solo bien podría protagonizar un libro, o una producción audiovisual. De origen lituano, este comunista convencido que fue fichado para la causa en París tuvo entre sus primeras misiones estuvo viajar a España durante la Guerra Civil. El primer intento de asesinato de Trotski, exiliado en México, o el sabotaje contra intereses nazis en Argentina fueron las operaciones que precedieron a su mejor trabajo, ser nombrado Encargado de Negocios de la embajada de Costa Rica en Roma.

En sus casi 400 páginas, Los ilegales desgrana el programa ruso y soviético que se adentró en países como Checoslovaquia, Yugoslavia o Afganistán para llevar a cabo acciones que, en mayor o menor medida, tuvieron impacto en la política interior. Pero también desmitifica el espionaje y aquellos que dedicaron su vida a él, revelando cómo algunos agentes tuvieron que renunciar a sus familias o vieron cómo sus esfuerzos nunca se vieron recompensados. Porque, después de años de encadenar identidades falsas, en su retiro descubrían el solitario precio que había que pagar por ocupar sus días renunciando a ser ellos mismos.

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