Sandra Hernández

El otro día, tras ocho horas frente al ordenador, sentí que mi cuello pesaba más de lo normal. A día de hoy, que pasamos más horas mirando pantallas (móviles, tablets, ordenadores…) que horizontes, con lo bonito y relajante que es disfrutar de un atardecer, la espalda se ha convertido en una especie de termómetro de nuestros hábitos. Nos encorvamos sin darnos cuenta, adelantamos la cabeza como si quisiéramos atravesar el móvil y, poco a poco, la postura se resiente.

«Si visualizamos la columna vertebral como un árbol, el suelo pélvico sería nuestra raíz», explica Jose Ballesta Ballesteros, director de la Escuela Yogah en Orihuela. El problema, añade, es que el sedentarismo «la adormece y debilita», mientras el resto del cuerpo se adapta —mal— a esa inercia.

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Esa imagen del árbol no es casual. Cuando las raíces fallan, todo lo demás pierde estabilidad. La sobreexposición a pantallas provoca una flexión excesiva de las cervicales y del tórax, mientras el diafragma pierde eficacia. «Eso empobrece el resto de la musculatura que rodea la columna vertebral», señala Ballesta. Traducido a lo cotidiano: respiramos peor, nos movemos menos y sostenemos el cuerpo con más tensión de la necesaria.

Las mejores posturas de yoga para el dolor de espalda

Aquí es donde el yoga entra en escena, no como una solución milagro, sino como un recordatorio físico de cómo deberíamos habitar nuestro cuerpo. «Moviliza toda la musculatura periférica de la columna, fortalece el diafragma y el suelo pélvico», apunta el experto. La clave está en la respiración: ese gesto automático que, bien trabajado, se convierte en un masaje interno capaz de reorganizar la postura desde dentro hacia fuera.

Para empezar, Ballesta recomienda dos posturas que funcionan casi como un reinicio corporal. Samasthiti, o postura de la montaña, se practica de pie y obliga a tomar conciencia de la alineación vertical. Es sencilla en apariencia, pero exige atención: repartir el peso, activar suavemente el cuerpo y sostener la columna sin rigidez.

Dandasana, la postura del bastón traslada ese trabajo al suelo, permitiendo «trabajar la elongación de la columna de forma más controlada» y reforzar la musculatura que sostiene la espalda.

Eso sí, no todo vale. Practicar mal puede generar más tensión que alivio. «Los hombros deben caer hacia atrás y hacia abajo, evitando tensiones en el cuello», advierte Ballesta. La consigna es clara: alargar sin forzar, activar el abdomen de manera suave y, sobre todo, no perder la fluidez de la respiración. En yoga, la rigidez nunca es buena señal, por mucho que el cuerpo parezca más ‘recto’.

Para quienes vivimos pegados a la silla —es decir, la mayoría—, el experto propone ir más allá de una postura concreta. La transición entre gato y vaca, sincronizada con la respiración, es una herramienta eficaz para devolver movilidad a la columna y aliviar tensiones.

Y si ya hay algo de práctica, el flujo entre perro boca arriba y perro boca abajo «activa toda la cadena posterior, abre el pecho y favorece la elongación de la columna». No es solo estirarse: es recuperar, poco a poco, una forma más natural de sostenerse en el mundo.

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