{"id":27490,"date":"2021-12-11T01:01:00","date_gmt":"2021-12-11T01:01:00","guid":{"rendered":"https:\/\/somoscordobeses.com\/2021\/12\/10\/mundos-intimos-es-agotador-creer-que-todas-las-cosas-malas-van-a-pasar-no-animarse-a-vivir-tambien-es-un-modo-de-morir\/"},"modified":"2021-12-11T01:01:00","modified_gmt":"2021-12-11T01:01:00","slug":"mundos-intimos-es-agotador-creer-que-todas-las-cosas-malas-van-a-pasar-no-animarse-a-vivir-tambien-es-un-modo-de-morir","status":"publish","type":"post","link":"http:\/\/cordobainforma.info\/index.php\/2021\/12\/11\/mundos-intimos-es-agotador-creer-que-todas-las-cosas-malas-van-a-pasar-no-animarse-a-vivir-tambien-es-un-modo-de-morir\/","title":{"rendered":"Mundos \u00edntimos. Es agotador creer que todas las cosas malas van a pasar: no animarse a vivir tambi\u00e9n es un modo de morir"},"content":{"rendered":"<div>\n<p>Hab\u00eda una cucheta. En la cama de arriba: diez monstruos. De colores brillantes, culones, con nariz gigante, ten\u00edan un ojo, dos o tres, antenas, dientes deformes. Todos cabezudos, desorejados. Y mientras se ca\u00edan de la cama, bastaba tocar la p\u00e1gina del libro para escuchar los sonidos desagradables que emit\u00edan. Eructaban, com\u00edan con la boca llena, estornudaban fuerte, gritaban. Le\u00edamos ese cuento cuando mi hijo era chiquito. No lo encuentro, ni siquiera recuerdo el t\u00edtulo. S\u00e9 que ten\u00eda tapas duras, azules, que era una fiesta y un camino posible para que \u00e9l pudiese amigarse con las cosas que asustan. Amigarse. No negarlas: los monstruos s\u00ed existen. <strong>En la infancia son sombras en la pared que con la luz del d\u00eda desaparecen.<\/strong> Pero existen, se van armando un cuerpo, un esp\u00edritu, adquieren aromas propios, sudan. Envidio a los que pueden librarse de ellos, s\u00f3lo sonre\u00edrse ante sus ruidos molestos. En mi cabeza, con los a\u00f1os, los monstruos fueron poni\u00e9ndose cada vez m\u00e1s panzones y oscuros: se convirtieron en manchas de petr\u00f3leo que enlodan la vida, paralizan. Quiz\u00e1, una quiere ense\u00f1arle a los hijos aquello que ya no tiene tiempo para aprender.<\/p>\n<p>En mi cuarto de ni\u00f1a tambi\u00e9n hab\u00eda una cucheta. Mi cama era la de arriba. Nunca pude empujar a los monstruos por las escaleras. A los siete u ocho a\u00f1os, sol\u00eda so\u00f1ar que mi mam\u00e1 se mor\u00eda. Me despertaba de madrugada, asfixiada en mi propio llanto. Esa angustia era tan violenta que no me daba cuenta de que hab\u00eda vuelto a la realidad hasta que ella aparec\u00eda y me acariciaba la frente, acomodaba las s\u00e1banas para taparme bien, me dec\u00eda que ya hab\u00eda pasado. Nunca le habl\u00e9 de los hilos que tej\u00edan mis pesadillas, ni siquiera despu\u00e9s del desayuno. Mi mam\u00e1 dec\u00eda que si una contaba los malos sue\u00f1os con la panza llena, no se cumpl\u00edan. Me cri\u00e9 convencida de que las palabras hacen cosas.<\/p>\n<div>\n<div> <picture><source media=\"(min-width: 720px)\"><\/picture><figcaption>\n<p>Seria. Cuando era chica, \u00c1ngeles Alemandi sol\u00eda so\u00f1ar que su mam\u00e1 se mor\u00eda. <\/p>\n<\/figcaption><\/div>\n<\/div>\n<p>En la cama de abajo de la cucheta dorm\u00eda mi hermana. Es dos a\u00f1os menor. Y a medida que ella crec\u00eda, convert\u00ed su imagen en la base de una planta nuclear. Emit\u00eda una energ\u00eda que se volvi\u00f3 todo para m\u00ed, pero <strong>hab\u00eda que cuidarla, protegerla, que nada le pasara, que no se la llevaran los hombres que andaban en traffics blancas <\/strong>secuestrando ni\u00f1os para robarle los \u00f3rganos. Que no se muriese. Estuve siempre atenta a ella. En la adolescencia, si mi hermana sal\u00eda con sus amigas y se demoraba en volver, llamaba a los tel\u00e9fonos fijos de esas familias. Cuando \u00edbamos al boliche y yo llegaba primera a casa, no dorm\u00eda hasta escuchar que su llave giraba en la cerradura de la puerta del frente.<\/p>\n<p>Una noche de enero, en Florian\u00f3polis, Brasil, nos sentamos en un restaurante a cenar y mientras esper\u00e1bamos el pedido ella dijo que iba a acompa\u00f1ar a la sobrina del otro matrimonio que vacacionaba con nosotros hasta un locutorio. Pasaron cinco minutos, diez, quince, media hora. Lleg\u00f3 la comida. Se enfri\u00f3 la comida. Y de ellas ni se\u00f1ales. <strong>Los monstruos bajaron de mi cucheta y se me prendieron de las piernas<\/strong>, se colgaron del mantel, saltaban debajo de mi mesa, hac\u00edan temblar mi plato, mis cubiertos. Pens\u00e9 lo peor. Nunca m\u00e1s la volver\u00eda a ver. La hab\u00edan secuestrado. Era v\u00edctima de una red de trata. No s\u00e9 si los adultos que estaban alrededor se preocuparon, soy consciente de que mi sentido de la realidad a veces se altera, crea un universo paralelo como en <strong>Stranger Things<\/strong>. En alg\u00fan momento mi hermana apareci\u00f3, estaba bronceada por esos d\u00edas de playa, el pelo rubio le ca\u00eda sobre la cara, sonre\u00eda. Dijo que el local estaba lleno, que la cola fue larga, largu\u00edsima, que no daba m\u00e1s del hambre. Le grit\u00e9 delante de todos como si fuese la madre, le dije que era una irresponsable, que c\u00f3mo se iba a demorar as\u00ed, que era una ego\u00edsta incapaz de pensar en los otros. Gritaba y lloraba desquiciadamente. Ella me mir\u00f3 desconcertada.<\/p>\n<p>La cucheta nunca se desarm\u00f3. Un verano, ya en los \u00faltimos a\u00f1os de la carrera, volv\u00ed a casa. Volv\u00ed rota: una compa\u00f1era del movimiento estudiantil universitario se hab\u00eda suicidado. Esta vez mis monstruos quilomberos apuntaron a pap\u00e1. Es boch\u00f3filo. En aquel tiempo, despu\u00e9s de cenar, se colgaba su bolso con las cuatro bochas bien lustradas y se iba caminando al <strong>Club Tiro Federal<\/strong> a jugar un partido. Eran solo dos cuadras de distancia. Cuando \u00e9l sal\u00eda, yo trepaba a mi cama por la escalera, met\u00eda la cabeza debajo de la almohada, me dec\u00eda dormite, dormite, dormite, hasta que bajaba y me sentaba en la cocina a esperarlo.<\/p>\n<div>\n<div> <picture><source media=\"(min-width: 720px)\"><\/picture><figcaption>\n<p>Hermanas. \u00c1ngeles Alemandi es la mayor pero la m\u00e1s asustadiza. <\/p>\n<\/figcaption><\/div>\n<\/div>\n<p>Estaba segura de que en esos doscientos metros algo malo le pod\u00eda pasar a un hombre que med\u00eda un metro noventa y pesaba m\u00e1s de cien kilos. Estaba segura de que en una esquina de aquel barrio tranquilo, pod\u00eda aparecer de la nada un auto a ciento cuarenta kil\u00f3metros por hora y arrollarlo. La tercera noche, cuando de nuevo me encontr\u00f3 sec\u00e1ndome las l\u00e1grimas ante el alivio de tenerlo otra vez conmigo, se asust\u00f3 de ver as\u00ed a su hija de veinte a\u00f1os. A la semana empec\u00e9 terapia.<\/p>\n<p>Algunas personas creen que mis miedos son normales despu\u00e9s de lo que me pas\u00f3: en 2013, a mis treinta y dos a\u00f1os, me diagnosticaron c\u00e1ncer de mama. Se equivocan. La enfermedad s\u00f3lo vino a potenciar mis obsesiones. El fantasma de la muerte atraves\u00f3 el portal, estaba ahora en mi universo, pod\u00eda devorarme como el <em>Desuellamentes<\/em>. S\u00ed: hoy estoy bien de salud. No: mi cabeza no deja de jugarme malas pasadas.<\/p>\n<p>He hecho cosas descabelladas con tal de ponerle freno a los pensamientos macabros. Hace unos a\u00f1os, por ejemplo, me qued\u00e9 hasta tarde leyendo una novela en la cama, al otro d\u00eda me dol\u00eda la espalda, el cuello. Sin dudas estaba contracturada. La molestia no ced\u00eda. Fui al m\u00e9dico. Hice kinesio. Me repet\u00eda: estoy contracturada. Los monstruos empezaron a organizar una kerm\u00e9s. <strong>Volv\u00eda a decirme: estoy contracturada. No par\u00e9 hasta que el doctor me indic\u00f3 hacer un centellograma.<\/strong> Necesit\u00e9 descartar el demonio de una met\u00e1stasis en los huesos para dejar de ver las serpentinas que mis monstruos arrojaban al techo.<\/p>\n<p>Desde que naci\u00f3 mi hijo no volv\u00ed a dormir en la cucheta. Cuando viajo a visitar a mam\u00e1 y a pap\u00e1, vamos a la habitaci\u00f3n de hu\u00e9spedes que tiene una cama de dos plazas. Pero aquel cuento infantil me invit\u00f3 a mirar de otra forma mi cuarto de ni\u00f1a. A veces contemplo el colch\u00f3n en altura, la baranda que sigue ah\u00ed, la escalerita. Me pregunto por qu\u00e9, c\u00f3mo pas\u00f3, cu\u00e1l fue la suerte de mi hermana para que los monstruos no estuvieran en la cama de abajo. Qu\u00e9 me hizo tan vulnerable, tan horriblemente miedosa.<\/p>\n<p>S\u00e9 que pap\u00e1 ha sido siempre muy temeroso, que algo de su preocupaci\u00f3n constante se me fue metiendo en el cuerpo como una larva da\u00f1ina. Es casi incompatible con su tama\u00f1o: \u00bfqu\u00e9 podr\u00eda asustar a un hombre-oso? Sin embargo nuestra casa fue una de las primeras en tener alarma en el barrio; o si el micro en el que volv\u00edamos de la universidad se demoraba, \u00e9l ya pensaba que hab\u00edamos tenido un accidente; a\u00fan hoy ante un dolor en la boca del est\u00f3mago piensa que est\u00e1 por infartarse y es solo acidez. No puedo hacerlo responsable, \u00e9l tambi\u00e9n es el padre de mi hermana y ella no aprehendi\u00f3 nada de eso. Aunque me obsesiona que mi hijo absorba lo que m\u00e1s me averg\u00fcenza de m\u00ed.<\/p>\n<p><strong>\u2014No seas dram\u00e1tica\u2014 me dijo hace poco. Ya tiene nueve a\u00f1os.<\/strong><\/p>\n<p>Le estaba dando alguna recomendaci\u00f3n innecesaria. \u201cNo te tragues el carozo de la aceituna\u201d, \u201cGuarda con ese perro, no lo toques, no lo conoc\u00e9s, no sab\u00e9s c\u00f3mo puede reaccionar\u201d, \u201cAgarrate bien de esa rama que est\u00e1s trepando muy alto\u201d, \u201cAnd\u00e1 m\u00e1s despacio en la bici\u201d.<\/p>\n<p>No se nota el esfuerzo sobrehumano que hago para frenar la maquinaria. En lat\u00edn, monstruo viene de <em>monstrum<\/em>, y hace referencia a algo sobrenatural que da cuenta del poder de los dioses. Es injusto sufrir por cosas que no existen, que tal vez jam\u00e1s van a existir. Quisiera ser m\u00e1s com\u00fan y corriente, no inculcarme dotes todopoderosos para intentar a diario controlar el universo. Es dif\u00edcil. Este af\u00e1n de que nada se escape a lo imprevisto me domina.<\/p>\n<p>He tenido mis progresos, pasos cortos y seguros que me hacen sentir orgullosa: dej\u00e9 de ver un peligro inmanente en todo lo que rodea a mi hijo, puedo ser tan feliz cuando lo veo salir a jugar como cuando lo veo volver, s\u00e9 que tambi\u00e9n le ense\u00f1\u00e9 a defenderse de m\u00ed, a pararme el carro. Logr\u00e9 darle unas peque\u00f1as y fr\u00e1giles alas, pero alas al fin.<\/p>\n<p><strong>Hace poco le dije a mi psic\u00f3loga que estaba pensando en darme el alta. <\/strong>Tal vez pod\u00eda largarme sola al mundo. Y algo estaba pasando con mi escritura que tambi\u00e9n me resultaba sanador.<\/p>\n<p>Siempre me dediqu\u00e9 a la no ficci\u00f3n. A\u00fan escribo cr\u00f3nicas narrativas. Con la maternidad, para huir de mi cuerpo tomado, abr\u00ed un blog, empec\u00e9 a trabajar en textos m\u00e1s \u00edntimos. Luego me mud\u00e9 de CABA a un pueblito al sur de La Pampa, y escrib\u00ed acerca de eso. Despu\u00e9s vino la enfermedad y necesit\u00e9 contar la experiencia. Fueron dos a\u00f1os que me pincharon con la intensidad que tienen las espinas de cald\u00e9n. La vida me daba letra, era aterrador.<\/p>\n<p>El a\u00f1o pasado me sum\u00e9 al taller de escritura creativa de Mauricio Koch. Al principio estaba demasiado pegada a la realidad, hasta que me fui entregando, empec\u00e9 a escribir mis primeros cuentos. Cuando es mi turno de leer, mis compa\u00f1eros dicen que van a vestirse de negro: en todas mis historias alguien muere o est\u00e1 en eso. Hay flores en el cementerio, enfermedades terminales, viudas que esperan que el marido regrese del trabajo.<\/p>\n<p>\u2014Pude poner la muerte en otro lado, en un mundo que existe s\u00f3lo en mi imaginaci\u00f3n. Hasta dej\u00e9 de usar la primera persona para ir a la tercera, las cosas malas no me tocan\u2014 le dije a Mar\u00eda Marta en una charla que tuvimos en privado despu\u00e9s de una clase.<\/p>\n<p>Mar\u00eda Marta hace conmigo el taller, es psicoanalista, y dice que s\u00ed, que tal vez al escribir ficci\u00f3n y crear historias encontr\u00e9 una manera de hacer algo con los miedos. Me habla del t\u00e9rmino sublimaci\u00f3n, de c\u00f3mo se transforman ciertas pulsiones en otras cosas.<\/p>\n<p>En la \u00faltima sesi\u00f3n de este mes le habl\u00e9 de todo esto a la psic\u00f3loga. Empec\u00e9 por el principio: no estoy tan segura del alta, soy un caso perdido a pesar de que me siento mejor. Mis monstruos a veces se dan una vuelta a la manzana, me hacen creer que se esfumaron, hasta que ah\u00ed los veo, girando en la esquina, salud\u00e1ndome con sus m\u00faltiples brazos y de golpe me encuentro asustada por una pavada. Le cont\u00e9 del \u00faltimo cuento que escrib\u00ed y de que hab\u00eda le\u00eddo acerca de una investigaci\u00f3n desarrollada por unos cient\u00edficos de la Universidad de San Francisco, en California: te implantan un dispositivo para eliminar los pensamientos negativos.<strong> Como un \u201cmarcapasos para el cerebro\u201d, dec\u00eda la nota, capaz de detectar cuando se patinan las ideas hacia el lugar tenebroso<\/strong> y emitir pulsaciones el\u00e9ctricas para evitarlas. S\u00e9 que es controvertido, le dije, incluso me impresionaba bastante la idea de recibir descargas en la cabeza, pero en el fondo bien en el fondo, me resultaba tentador pensar en una tormenta el\u00e9ctrica estallando sobre mi cucheta. No se puede vivir creyendo que cualquier cosa mala puede suceder en cualquier lugar, me quej\u00e9.<\/p>\n<p>\u2014Es que la vida es eso: cualquier cosa puede pasar\u2014 me respondi\u00f3 ella\u2014. No animarse a vivir tambi\u00e9n es un modo de morir.<\/p>\n<p>La mir\u00e9 fijo. Sus palabras suelen convertirse en un espejo donde me miro. Los monstruos de mi cucheta hicieron silencio. Por una mil\u00e9sima de segundo dejaron de comer con la boca llena, de eructar, de estornudar, ninguno grit\u00f3 como un loco. Me abrazaron. Pens\u00e9: quiz\u00e1 esta noche les cuente uno de mis cuentos.<br \/>\u2014\u2014\u2014\u2014<\/p>\n<p><em><strong>\u00c1ngeles Alemandi.<\/strong> Cuando le preguntan de d\u00f3nde es, nunca sabe qu\u00e9 contestar. Naci\u00f3 en Santa Fe, curs\u00f3 sus estudios universitarios en Entre R\u00edos, despu\u00e9s de recibirse se mud\u00f3 a Buenos Aires, desde 2014 vive en un pueblito de La Pampa. Le tiene miedo a muchas cosas, pero no a las abducciones de ovnis. (O a\u00fan no). Escribe textos de no ficci\u00f3n, y de ficci\u00f3n y otros que no son ni chicha ni limonada. El a\u00f1o pasado public\u00f3 su primer libro: \u201cRally de santos\u201d. Le encanta salir a hacer los mandados en bici, leer en voz alta con su hijo, ver volar a las palomas mensajeras del vecino colomb\u00f3filo mientras tiende la ropa en el alambre.<\/em><\/p>\n<div>\n<h2>TEMAS QUE APARECEN EN ESTA NOTA<\/h2>\n<\/div>\n<\/div>\n<nav class=\"navigation post-navigation\" role=\"navigation\" aria-label=\"Continue Reading\">\n<h2 class=\"screen-reader-text\">Continue Reading<\/h2>\n<\/nav>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>Hab\u00eda una cucheta. En la cama de arriba: diez monstruos. De colores brillantes, culones, con nariz gigante, ten\u00edan un ojo, dos o tres, antenas, dientes deformes. Todos cabezudos, desorejados. Y mientras se ca\u00edan de la cama, bastaba tocar la p\u00e1gina del libro para escuchar los sonidos desagradables que emit\u00edan. 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