
He de reconocer que hay algo que me enfada y me fascina a partes iguales, y es la obsesión de las Kardashian por vestir con prendas que pertenecieron a grandes iconos. ¿El último ejemplo? Kris Jenner con una capa que Elizabeth Taylor usó para asistir al cumpleaños de Grace Kelly en 1969, aunque antes fue Kim Kardashian cuando en la Gala Met de 2022 se enfundó (o algo parecido) en el icónico vestido de Marilyn Monroe. ¿Por qué digo que me enfada? Porque no es un homenaje ni una afición inocente. Hay algo que se esconde detrás y es el deseo de apropiarse del prestigio cultural de mujeres que representan una elegancia y sofisticación que se aleja de lo que ellas proyectan.
Todo el mundo habla de Las Kardashian. Son conocidas en el mundo entero porque tienen dinero, titulares, influencia y una capacidad increíble para generar titulares. Sin embargo, ninguna fortuna ni ningún diseñador a los que tienen acceso pueden comprar la legitimidad histórica. Más allá de la fama, Marilyn Monroe y Elizabeth Taylor se convirtieron en símbolos de una época cuya belleza ha sobrevivido durante décadas. Las Kardashian, por el contrario, representan una celebridad construida en base a la exposición permanente, el espectáculo y la comercialización de su propia intimidad. Juzgadlo vosotras, pero creo que son dos formas de fama muy diferentes.
Esta contradicción me parece interesante, puesto que el clan parece buscar la aceptación estética de mujeres elegantes que no encajan demasiado con la identidad que ellas mismas han construido, y colocarse un vestido o una capa no significa que hereden la sofisticación, la personalidad o su lugar en la historia, sino que más bien es un ejemplo más de ego, exceso y provocación. La elegancia no se adquiere en una subasta. O la tienes o no la tienes.
Iconos culturales fuera de museos
(@lislopees)
Las prendas que deciden volver a lucir no son ropas, son reliquias culturales. Sin ir más lejos, el vestido de Marilyn es importante porque lo llevó en uno de los momentos más recordados de su vida pública, justo cuando le cantaba Cumpleaños feliz al presidente de Estados Unidos. Lo mismo sucede con los básicos asociados a Elizabeth Taylor. Su valor reside en la historia que contienen y en el mundo que representan a través de las personas que lo llevaron.
(@hergun1yer)
Personalmente, la motivación de Las Kardashian me parece un arrebato de estatus. Es decir, cuando alguien puede comprar cualquier cosa, el lujo convencional deja de ser suficiente. Ya no les basta con llevar un vestido exclusivo o con haber logrado tener un Birkin, buscan ser privilegiadas y conseguir algo que no todas las celebridades tienen al alcance de su mano, y por eso insisten con las prendas de archivo. Lo que buscan es provocar (y remover) la memoria colectiva por capricho, utilizando un símbolo histórico para construir su propio legado.
(@krisjenner)
De caprichos a problema
No todo el mundo es consciente del problemón que esto supone. No se trata solo de ponerse un vestido. Cuando esa ambición, por llamarlo de alguna manera, entra en conflicto con la conservación del patrimonio, empiezan los conflictos. El vestido de Marilyn era muy delicado y lo modificó. Es una salvajada. Así que, lanzo una pregunta al aire: ¿hasta qué punto compensa poner en riesgo una pieza histórica para satisfacer las aspiraciones de una celebridad contemporánea?
(@kimkardashian)
Y para aquellas que piensan que es admiración, les diré que una cosa es admirar un icono o una figura determinada, y otra muy diferente utilizar su recuerdo y su imagen para reforzar la propia. Un homenaje puede celebrarse a través de referencias, segundas interpretaciones o creaciones inspiradas. Sin embargo, el ahínco de llevar los originales supone introducirnos en otra dimensión. Que Kris Jenner llevara la capa de Elizabeth Taylor en el Festival de Venecia no demuestra que aprecia su estilo, del mismo modo que Kim no necesitaba el vestido de Marilyn para rendirle tributo.
Pero la culpa no es de ellas, es de quienes permiten que esto siga pasando. La moda es arte y algunos materiales son muy fotosensibles, por lo que, nadie debería sucumbir con tanta facilidad a las peticiones de personalidades que, además, no tienen nada que ver con aquellas que tratan (supuestamente) de homenajear. No hablamos de una Alexandra de Hannover que quiera ponerse un vestido de su abuela, sino de una ‘famosa’ que pretende modificar una pieza que forma parte de nuestra memoria para causar titulares. Una cosa es vestir historia y otra muy diferente haberla creado.








