sábado 26 de septiembre de 2026

Unabomber (2026) se basa en la historia real de Ted Kaczynski, un joven prodigio de Harvard que fue matemático, filósofo, escritor y terrorista. Durante años envió cartas y paquetes bomba como parte de su rechazo a la sociedad tecnológica, mientras que en su juventud había sido sometido a una serie de tratamientos psicológicos experimentales que buscaban poner a prueba sus capacidades intelectuales y emocionales.

Entre esos procedimientos había particulares duelos intelectuales en los que dos estudiantes debían enfrentarse verbalmente para defender sus ideas frente a los ataques agresivos de su oponente. El ejercicio pretendía desarrollar una extraordinaria capacidad para la confrontación dialéctica, aunque también podía transformar la discusión en una competencia donde vencer terminaba imponiéndose sobre la búsqueda de la verdad. La película encuentra allí uno de sus elementos más inquietantes: una práctica concebida como entrenamiento intelectual que termina planteando una relación problemática entre argumentar, imponerse y destruir al adversario. La conexión con ciertas formas contemporáneas de confrontación política puede resultar inevitable, aunque la película no necesite establecerla de manera explícita.

Como ocurre con buena parte del true crime, Unabomber intenta comprender qué mecanismos personales, intelectuales y sociales confluyeron en los actos de Kaczynski. Porque la película, dirigida por Janus Metz Pedersen y escrita por Sam Chalsen y Nelson Greaves, hace que la investigación policial funcione como contrapunto de la exploración psicológica. Aunque la conexión entre ambas líneas no siempre resulta del todo convincente en términos dramáticos, sí encuentra una continuidad conceptual: en las dos, el lenguaje aparece como un territorio de confrontación donde comprender al otro puede terminar desplazado por la necesidad de imponerse sobre él. 

Russell Crowe vuelve a demostrar que funciona especialmente bien en personajes secundarios de inteligencia contenida y una ambigüedad que no necesita ser subrayada, como ya sucedía en Nuremberg: El Juicio del Siglo (Nuremberg, 2025). Jacob Tremblay, en tanto, asume la complejidad de un personaje cuya transformación exige pasar de la brillantez intelectual al aislamiento y, finalmente, a la radicalización. La investigación policial recae en el personaje interpretado por Shailene Woodley, actriz que ya había encarnado a una agente del FBI con características similares en Misántropo (2023), de Damián Szifron. La reiteración del rol permite que la actriz vuelva a trabajar sobre un registro contenido, más atento a observar y escuchar que a convertir a su personaje en una heroína convencional.

La película cuenta con algunas escenas de acción bien resueltas, aunque su verdadera potencia aparece en los diálogos. Porque en Unabomber la palabra también puede funcionar como un arma: los interrogatorios, las discusiones y los enfrentamientos verbales construyen una forma de suspenso que no depende de la acción física. La tensión aparece entonces en el intercambio mismo, en aquello que se dice, pero también en la necesidad de tener razón. Es allí donde emerge el costado más perturbador de Kaczynski, porque muestra cómo una inteligencia excepcional puede convertirse también en un instrumento de aislamiento, confrontación y violencia.

En paralelo, las imágenes y el discurso de los medios de comunicación que registraron el caso en su momento se incorporan al relato y funcionan como transiciones entre las distintas líneas narrativas, reforzando la dimensión documental de una historia que ya forma parte del imaginario criminal estadounidense. En ese recorrido, el verdadero detonante de Unabomber no es la bomba sino la palabra. Los explosivos son la consecuencia visible de un conflicto que primero se libra en el lenguaje.