
La novela de Ronsino organiza la historia mediante cuatro voces y distintos momentos históricos, dispuestos fuera del orden cronológico. La identidad del traidor queda reservada para la última línea, de modo que el lector debe reconstruir las relaciones y comprender, de manera retrospectiva, el alcance de cada silencio.
Naishtat toma otro camino. Ordena parte de la cronología, reduce los puntos de vista y construye una progresión narrativa más directa. La decisión vuelve legible una trama atravesada por saltos temporales, pero también debilita el mecanismo de ocultamiento del libro. Al anticiparse algunas relaciones y conflictos, la revelación pierde impacto y el recorrido hacia la tragedia adquiere una dirección previsible.
El guion se distribuye en tres períodos, diferenciados mediante cambios en la relación de aspecto. El prólogo transcurre en 1956 y establece el marco político del relato: los fusilamientos de José León Suárez, reconstruidos por Rodolfo Walsh en Operación Masacre. Allí aparece Ramón Folcada, un policía involucrado en las detenciones clandestinas y las ejecuciones posteriores al levantamiento encabezado por el general Juan José Valle.
Luego de participar en esa maquinaria represiva, Folcada se instala en un pueblo y adopta una rutina que apenas disimula su pasado. Marcelo Subiotto lo interpreta como un hombre que no necesita levantar la voz para ejercer dominio. Su experiencia dentro del aparato estatal permanece en los gestos, en la vigilancia y en una forma de relacionarse con los demás basada en la obediencia.
El segundo bloque se sitúa en 1957, en Chivilcoy. Cuatro adolescentes comparten bailes, recorridos en bicicleta, conversaciones y las primeras aproximaciones al deseo. El centro de esa dinámica es Miranda, conocida como “La Negra”, la joven esposa de Folcada. Su aparición altera los códigos del grupo y pone en marcha una cadena de decisiones cuyas consecuencias solo se comprenderán décadas después.
Lali Espósito construye a Miranda desde la ambigüedad entre lo que el personaje desea y aquello que los hombres proyectan sobre ella. Sin embargo, el guion suele mantenerla dentro de la función de objeto de fascinación y detonante del conflicto. Su perspectiva aparece subordinada a la experiencia masculina, una limitación que reduce las posibilidades de un personaje decisivo para la historia.
La tercera etapa transcurre en 1984. El Flaco sale de prisión después de cumplir una condena originada, según se irá revelando, en una mentira. Esteban Bigliardi interpreta el desgaste de un hombre que regresa a un lugar conocido, pero ya no encuentra allí ninguna pertenencia. Su trabajo evita el desborde y se concentra en una conducta casi mecánica, como si el encierro hubiera suspendido cualquier reacción posible.
Es en este tramo donde Glaxo (2026) encuentra su núcleo. El paso del tiempo permite observar cómo una traición juvenil se convierte en una forma de condena que excede la cárcel. La película deja de ser solamente una reconstrucción de época para examinar las consecuencias de aquello que los personajes hicieron, callaron o aceptaron.
La fábrica que da título al film organiza la economía del pueblo y condiciona las relaciones entre sus habitantes. No funciona como un simple escenario, sino como una estructura de poder: garantiza empleo, distribuye jerarquías y establece dependencias. Naishtat conecta así la violencia política con el poder empresarial, no mediante una explicación explícita, sino a través de los acuerdos que permiten conservar una posición dentro de la comunidad.
Esa dimensión amplía el conflicto individual. La traición ya no responde únicamente al deseo o al miedo, sino a una red de conveniencias en la que cada personaje intenta protegerse. El film observa cómo las estructuras represivas se sostienen también mediante decisiones privadas: aceptar un favor, guardar silencio, señalar a otro o adaptarse a las reglas para no quedar afuera.
Pedro Sotero trabaja cada período con variaciones de encuadre, textura y color. Las imágenes de los años cincuenta recurren a tonos saturados que contrastan con la amenaza instalada en el relato. La reconstrucción histórica evita convertir el pasado en una superficie ornamental y busca que los espacios —la comisaría, el club, la fábrica, las calles— expresen las relaciones de poder.
La música de Shigeru Umebayashi introduce una modulación melodramática que acompaña el deseo, la nostalgia y la traición. En algunos pasajes, la partitura señala emociones que las actuaciones ya habían construido y limita la ambigüedad de las escenas. En otros, articula los saltos temporales y convierte el recuerdo en una presencia que continúa interviniendo sobre el presente.
Alan Sabbagh, Manu Fanego y Esteban Lamothe completan el grupo de amigos en su etapa adulta. Las diferencias entre sus composiciones también exponen uno de los problemas del film: no todos los personajes alcanzan el mismo desarrollo. Algo similar sucede con los intérpretes juveniles, que deben sostener vínculos cuya densidad depende más de las consecuencias futuras que de lo que la película consigue mostrar durante esa etapa.
La estructura fragmentada permite establecer correspondencias entre épocas, pero afecta la continuidad dramática. La tragedia queda anunciada con anticipación y la información se administra de manera irregular. Algunos tramos prolongan situaciones que ya han cumplido su función, mientras que otros conflictos se resuelven antes de adquirir espesor. La comedia negra, presente en trabajos anteriores de Naishtat, aparece de manera intermitente y no siempre logra integrarse con el registro del melodrama histórico.
Glaxo intenta situarse entre la adaptación literaria, el relato de iniciación y el thriller político. Esa combinación abre varias líneas de lectura, aunque el film no consigue articularlas con la misma precisión. Al volver más transparente la estructura de la novela, pierde parte del misterio que organizaba el texto de Ronsino sin reemplazarlo por una tensión cinematográfica equivalente.
Aun con esas dificultades, la película formula una pregunta que atraviesa la obra de Naishtat: cómo se introduce la violencia política en las relaciones personales y qué ocurre cuando una sociedad decide convivir con quienes la ejercieron. Glaxo encuentra su sentido cuando observa esas complicidades sin convertirlas en una lección. Su límite aparece cuando explica o anuncia aquello que habría resultado más perturbador descubrir.








