El verano deja huella en el cuerpo más allá del bronceado. Violeta Kushkyan, especialista en nutrición de ZEM Wellness Clinic Altea, lo explica desde lo que ocurre por dentro: «Durante el verano suelen aumentar las comidas fuera de casa, el consumo de alcohol y de alimentos ultraprocesados, al mismo tiempo que se modifican los horarios de las comidas y del sueño». Esos cambios influyen temporalmente en la composición de la microbiota intestinal, alteran las señales de hambre y saciedad y favorecen una mayor irregularidad en la ingesta diaria.
Septiembre no debería vivirse como una penitencia. «Es una buena oportunidad para recuperar horarios regulares, mejorar la calidad de la alimentación y restablecer progresivamente unos hábitos saludables», explica Kushkyan. No se trata de castigar al cuerpo por dos meses de excesos, sino de devolverle la regularidad que ha perdido.
El plan que propone dura dos semanas y no tiene nada de restrictivo. «No hablamos de una dieta detox ni de restricciones extremas. Durante dos semanas recomendamos recuperar horarios regulares, aumentar el consumo de verduras, frutas, legumbres, cereales integrales y proteínas de calidad, reducir el alcohol, los ultraprocesados y el azúcar añadido, y asegurar una buena hidratación», detalla Kushkyan. Ese periodo, según explica, es el tiempo que necesita el organismo para volver a reconocer esos hábitos como rutina, algo que facilita mantenerlos después.
Por qué un reset no es lo mismo que una diega de castigo
Muchas personas confunden reajustar la alimentación con restringirla de golpe. «Un reset busca reorganizar hábitos; una dieta restrictiva intenta compensar rápidamente los excesos», aclara Kushkyan. Esa diferencia no es solo de matiz: tiene consecuencias directas sobre si el cambio se mantiene o se abandona.
«Cuando imponemos restricciones muy severas aumenta la sensación de privación y es mucho más probable abandonar el plan y recuperar el peso perdido. En cambio, un reajuste progresivo favorece cambios sostenibles y una mejor relación con la alimentación», explica Kushkyan. El efecto rebote que tanto se teme en septiembre suele nacer precisamente de intentar corregir demasiado rápido lo que se ha desordenado durante meses.
Las señales de que el cuerpo a su ritmo
El cambio no se mide solo en la báscula. «Las primeras señales suelen ser una digestión más regular, menos hinchazón abdominal, mayor estabilidad de la energía durante el día, mejor calidad del sueño y una sensación de hambre y saciedad más regulada», señala Kushkyan. El peso también puede estabilizarse de forma progresiva, aunque no debería ser el único indicador de que los hábitos están volviendo a su cauce.
¿Puede un plan de dos semanas compensar dos meses de excesos? «Dos semanas pueden ser suficientes para recuperar una base sólida y empezar a notar mejoras al retomar una alimentación equilibrada, horarios regulares y una buena hidratación», afirma Kushkyan. Pero conviene ajustar las expectativas: «No podemos pretender revertir en 14 días los efectos de dos meses de hábitos irregulares».
Más que hablar de compensar los excesos del verano, Kushkyan prefiere otro enfoque. «Estas dos semanas deberían entenderse como el punto de partida para recuperar una rutina saludable y, sobre todo, mantenerla a largo plazo», resume. El objetivo no es borrar el verano, sino construir sobre él una base que aguante el resto del año.
Volver a comer con horarios, incluir verdura y proteína de calidad en cada comida y reducir el alcohol y los ultraprocesados no son gestos espectaculares, pero son los que de verdad sostienen un cambio duradero. La microbiota, la energía y el sueño responden mejor a la constancia que a cualquier plan drástico de choque, y ese es exactamente el principio sobre el que se construye este reajuste de dos semanas.












