A Laura Hankin le ocurrió en la secundaria algo que años después terminaría convertido en una película. Acababa de conseguir el papel principal en Moby Dick! The Musical cuando supo que el cáncer terminal de su madre había regresado. De aquella experiencia nació No se desea buena suerte (Don’t Say Good Luck, 2026), dirigida por Julia Hart y producida, entre otros, por Adam y Jackie Sandler.

La película cambia nombres y situaciones, pero conserva el corazón de aquella historia. Sophie Birenbaum (Sunny Sandler) consigue protagonizar Waitress en el musical de su escuela y, además, compartir escenario con el chico que le gusta. Todo parece acomodarse hasta que descubre accidentalmente que su madre Elizabeth (Melanie Lynskey) vuelve a estar enferma.

Hart trabaja desde ese contraste: mientras Sophie ensaya, canta, se enamora y se pelea con su amiga Carolyn (Scarlett Estevez), en su casa comienza a instalarse una realidad que nadie sabe muy bien cómo contarle. La película funciona cuando permite que esos dos mundos convivan sin obligar a Sophie a abandonar de golpe la adolescencia para convertirse en un personaje definido por el dolor.

Sunny Sandler encuentra allí sus mejores momentos. Su Sophie puede estar angustiada por su madre y seguir preocupándose por un ensayo o por un chico. Puede ser injusta, caprichosa, estar asustada y no saber qué hacer con lo que acaba de descubrir. Esa contradicción le da al personaje una naturalidad que la película, por momentos, pierde.

Porque No se desea buena suerte es también lagrimógena y efectista. Julia Hart sabe qué teclas tocar y no duda demasiado: la enfermedad, los secretos familiares, las canciones, los silencios, las despedidas. Cuando llega She Used to Be Mine, de Sara Bareilles, la relación entre lo que Sophie representa sobre el escenario y lo que está viviendo fuera de él queda servida. La escena funciona, pero también deja al descubierto un problema que atraviesa la película: muchas veces no confía en la emoción que ya consiguió y vuelve a subrayarla.

Melanie Lynskey necesita mucho menos. Su Elizabeth intenta sostener la normalidad mientras su salud se deteriora y decide ocultarle a Sophie la gravedad de la situación. Lo interesante no está tanto en el secreto como en sus consecuencias. Mientras cree proteger a su hija, también la deja afuera de algo que inevitablemente cambiará su vida. Lynskey evita convertirla en la madre enferma destinada a despertar compasión y construye una mujer que también tiene miedo, se equivoca y toma decisiones difíciles de justificar.

Alrededor de ellas, Max Greenfield como el padre, Steve Buscemi y Bebe Neuwirth como los abuelos y Jon Lovitz en un papel secundario completan una familia que permite que la película respire fuera de su conflicto central. El humor aparece sin romper el tono y el ámbito escolar evita que todo quede encerrado en la enfermedad.

Hart tiene una historia que no necesita tanta ayuda para conmover. Cuando observa a Sophie ensayando mientras su familia se desarma, cuando deja a Lynskey sostener una escena sin explicaciones o cuando muestra que la vida escolar continúa aunque para alguien el mundo esté cambiando, la película encuentra su tono.

Cuando agrega música, silencios y golpes emocionales para asegurarse de que entendamos lo que ya habíamos entendido, lo pierde.

No se desea buena suerte transita permanentemente entre esos dos lugares. Puede ser previsible, lagrimógena y buscar la emoción con demasiado empeño, pero es justamente cuando deja de insistir en hacernos llorar cuando más cerca está de conseguirlo.