La que fue primera villa marítima castellana es también la primera en ponernos los dientes largos, pasado ya el equinoccio de primavera y acercándonos deliciosamente al verano. Castro-Urdiales lo tiene todo para calmarnos las ansias estivales de mar y barco. Un pueblo de pescadores y a la vez una villa señorial. Aguarda en la Costa Oriental de Cantabria, rozando Vizcaya. De hecho, está a 70 kilómetros de Santander y a solo 34 de Bilbao.
Casco histórico, castro medieval, casas modernistas, un castillo-faro, un puerto principal y las tentadoras playas de Ostende y Brazomar. Nada como seguir la ruta que nos lleva desde la cala del Pedregal, con sus aguas cristalinas sumergidas entre las rocas, en pleno barrio de los Marineros, hasta la Atalaya, desde se obtienen las mejores vistas de los acantilados y el increíble conjunto monumental asomado al Cantábrico.
Seguidamente hay que bajar por la calle San Juan, donde se conservan las casas más antiguas de Castro-Urdiales (XVI), con arco de piedra en sus portales, y torcer por el callejón 11 de Mayo porque ahí es donde está el empedrado con más años de la villa. A continuación viene uno de sus mayores tesoros, la iglesia de Santa María de la Asunción, construida bajo el manto protector de Alfonso VIII de Castilla (siglo XIII), el mejor ejemplar gótico de Cantabria, aunque tardó dos siglos en terminarse.
Qué ver en Castro-Urdiales
Merece la pena ver esta iglesia tan marinera por dentro y reparar en la Virgen Blanca, el Cristo Yacente y el lienzo del Cristo de los Milagros, atribuido a Zurbarán. Por fuera, su estampa, aderezada con el juego de arbotantes y contrafuertes, coronando la marina impone. Más todavía cuando se suma al conjunto el castillo, con el faro en la cubierta, que se encendió por primera vez en 1853, durante el reinado de Isabel II, y es sala (abovedada) de exposiciones. La panorámica desde las almenas resulta inolvidable.
Castro-Urdiales es una villa señorial y marinera en Cantabria.
WIKIPEDIA/JAVIER POLANCO
No terminan aquí las emociones viajeras, porque aún falta cruzar el puente medieval, acostumbrado a resistir los embates de los temporales y, por tanto, en perpetuo estado de reparación; subir al peñón donde se halla la ermita de Santa Ana, originariamente medieval y con restos arqueológicos; y pasear por el rompeolas, el espigón que parte desde aquí y va hasta un robusto muro donde es tradicional dar una patada para atraer la buena suerte.
Casas modernistas y aire señorial
La vuelta es por el puerto y con dirección ahora a la plaza del Ayuntamiento (XVII-XIX), recorrida por una galería de arcos que los castreños conocen como la Correría, plagada de tiendas y restaurantes, caso del Mesón Marinero, donde sucumbir a unas albóndigas de bonito en la barra o un arroz con bogavante en el comedor.
Siguiendo por donde íbamos, está la emblemática y preciosa Casa de los Chelines, de estilo neogótico con elementos modernistas, que el arquitecto vasco Severino Achúcarro proyectó en 1902. En las calles aledañas, parte del núcleo medieval, se amontonan más bares y restaurantes. Es el momento de probar otros frutos del mar, como el mero, el rodaballo, la merluza o el bacalao. Y dejar un hueco de honor para las anchoas artesanas.
La Casa de los Chelines ennobleciendo la Correría.
PIXABAY/EKATERINVOR
La Casa de los Chelines nos da pie para iniciar la ruta modernista, con buenos ejemplares firmados por Eladio Laredo y Leonardo Rucabado. Pasa por el Mercado de Abastos, con ornamentación floral en sus cuatro puertas; el Quiosco de Música, en la animada plaza de la Barrera, escenario de veladas musicales; o la Casa Salvarrey, en esquina, con toques pintorescos y motivos decorativos de inspiración vegetal. También por el Edificio Royal, de espíritu gótico y con torreón de aire medieval, y la Casa de Isidra del Cerro, de influencia francesa, con fachada a tres calles, coronada por una cúpula y de gran riqueza ornamental.
Retiro estival para la burguesía
El paseo marítimo también depara sorpresas: desde el Club Náutico hasta la casas que pertenecieron a la burguesía que tenía a Castro como retiro estival. Destaca la casa-palacio Sotileza, al comienzo de la playa de Brazomar. Sin olvidarnos del palacio de Ocharan o Toki-Eder, de estilo ecléctico, con elementos de estilos griego e italiano, fachada porticada con diez columnas jónicas y azulejos diseñados por Daniel Zuloaga, hermano del pintor. A esta casa se unió más tarde el castillo-observatorio, neogótico y rodeado de una muralla de inspiración mudéjar, además de una capilla y la casa de los guardeses.
Así de fantasioso es el palacio de Ocharan o Toki-Eder.
TURISMO CASTRO-URDIALES
Echando la vista muy atrás en el tiempo, hay testimonios de arte rupestre, como la cueva de la Peña del Cuco, y de la vieja ciudad romana de Flavióbriga, bajo el casco antiguo de la ciudad. En la Edad Media, Castro aportó naves y hombres a la Marina de Castilla para la Reconquista y destacó por su actividad pesquera, ballenera y comercial. Por sus favores a la Corona, Alfonso VIII, como anticipábamos, le concedió el título de villa en 1163. Eso significa que fue la primera de la costa cantábrica en recibirlo, porque Santander lo obtuvo en 1187, Laredo en 1201, Bermeo en 1236 y Bilbao en 1300.
Con el descubrimiento de América jugó un papel principal en la actividad mercantil con las colonias de ultramar. Fue una de las Cuatro Villas de la Marina de Castilla, junto a Laredo, ese paraíso natural que es San Vicente de la Barquera y Santander. Tomó parte en la aventura de la Armada Invencible (XVI). En 1778 se incorporó a la provincia de Cantabria y en 1883 a la marítima de Santander. Y Alfonso XIII la coronó como ciudad en 1909.












