Ángeles Castillo

No todos los días se está frente al castillo restaurado al gusto de la última emperatriz de Francia, la culta y elegante Eugenia de Montijo (1826-1920). Ni todos los días se pisan las calles que vieron nacer en 1527 a un ilustre de nuestras letras como Fray Luis de León, el escritor y teólogo que alumbró el Siglo de Oro. Pero así es Belmonte, un pueblo de Cuenca siempre en las alturas, rodeándose de príncipes y poetas. Bellomonte antiguamente y Belmont después.

Salta a la vista que este es un pueblo medieval de tomo y lomo. La primera muralla la mandó construir el infante don Juan Manuel, sobrino de Alfonso X, en 1324. Pedro I, el Cruel, lo independizó de Alarcón y le dio el título de villa de realengo en 1361, lo que no hizo sino auparlo a una mayor gloria. Se confirmaría cuando Enrique III, el Doliente, la donó a Juan Fernández Pacheco, que pasó a ser el primer señor de Belmonte. Fue su nieto, Juan Pacheco, primer marqués de Villena, quien erigió en 1456 la fortaleza sobre el cerro de San Cristóbal que hoy nos deja con la boca abierta.

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Siendo ya señorío de Belmonte y marquesado de Villena, tenía todas las de ganar. Se sumaron el recinto amurallado, la colegiata de San Bartolomé y el convento de los franciscanos. Con el siglo XVI y XVII, el pueblo creció extramuros; la mezquita se convirtió en la ermita de San Antón y Santa Lucía, y se cristianizó igualmente la sinagoga. En el XIX, durante la guerra de la Independencia, el castillo fue utilizado por las tropas francesas como cárcel para caer después en la desgracia del abandono, algo que se repitió en toda la geografía.

Belmonte, un pueblo de cine

Pero he aquí que vino el cine a poner en valor semejante fortificación, que rozó de nuevo la gloria en películas como El Cid (1961), de Anthony Mann, con Charlton Heston y Sophia Loren, y Los señores de acero (1985), de Paul Verhoeven. La restauración definitiva, que le devolvió su antiguo esplendor, llegó con el siglo XXI y alcanzó a todo Belmonte, que vio claro su enorme atractivo como destino para el turismo cultural. Solo pasear por el casco histórico de esta villa en la Mancha Conquense, a una hora de la capital provincial y a menos de dos horas de Madrid, es un placer.


La colegiata de San Bartolomé fue mandada construir por Juan Pacheco en el siglo XV.


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La mencionada colegiata, joya del gótico castellano, se alzó sobre las ruinas de una anterior iglesia visigótica con el propósito de ser el lugar de enterramiento de Pacheco, aunque sus restos descansan finalmente en el monasterio del Parral, en Segovia. No obstante, alberga un museo de arte sacro, un coro con una magnífica sillería de nogal, la pila donde fue bautizado Fray Luis, imágenes de Salzillo, un órgano del XVIII e interesantes retablos. Es, sin duda, uno de los templos más impresionantes de Castilla-La Mancha.

Un castillo gótico-mudéjar

Qué decir de la imponente fortaleza, uno de los mejores exponentes de arquitectura militar gótico-mudéjar del siglo XV, que luce tan palaciega. Su diseño forma una estrella de seis puntas y presume de techumbres de madera, talladas y policromadas. Puede que en ella trabajara Juan Guas, pues se asemeja bastante en el exterior a dos de sus obras, el castillo de Manzanares el Real (Madrid) y el de Mombeltrán (Ávila).


Así es el patio de armas del castillo de Belmonte.


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Andando el tiempo, y por enlaces matrimoniales, esta residencia fortificada terminó en manos de la casa de Montijo. Y así fue como la heredó la condesa de Teba, Eugenia de Montijo, la granadina que llegó a ser emperatriz de Francia por su boda con Napoleón III, quien puso la remodelación en manos del arquitecto Alejandro Sureda, el gran divulgador de los modelos franceses entre la aristocracia española. Este proceso de acondicionamiento continuó con su sobrino-nieto, el duque de Peñaranda, Hernando Carlos Fitz-James Stuart y Falcó, gentilhombre de cámara de Alfonso XIII, alentado por los vecinos de Belmonte.

Tres puertas de la muralla

También habla de aquel siglo XV la muralla, de la que aún se conservan algunos lienzos abrigando el casco antiguo, así como tres de sus cinco puertas: la de Almudí, conocida como el arco del Cristo de los Ausentes; la de Toledo, o arco de la Virgen de la Estrella, y la de Chinchilla. De la de San Juan nos ha llegado el torreón. Ni rastro, sin embargo, de la Nueva, pese al nombre.


La puerta de Chinchilla, una de las cinco que tuvo Belmonte.


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Más allá del castillo y la colegiata, que acaparan todas las miradas, está la ermita de la Virgen de Gracia (XIII), patrona de Belmonte; o el Hospital de San Andrés, de estilo gótico-múdejar, fundado en el XV por los poderosos Pacheco como centro de asistencia benéfica para pobres, enfermos y peregrinos; hoy en (románticas) ruinas. Asimismo, el pósito municipal o almudí, del XVI, según cánones renacentistas; casas señoriales por doquier, y el palacio de los Condes de Buenavista, actualmente hospedería.

Sin olvidar la plaza del Pilar, centro emblemático, con sus dos característicos pilares: uno de agua dulce y otro de salobre. Ni los molinos de viento, que nos devuelven a Cervantes y al Quijote. Hay un total de seis, originarios del siglo XVI y reconstruidos en el XX, coronando las colinas que circundan el pueblo. Hay que verlos al atardecer. Puro y delicioso paisaje manchego.

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