¿Yo envidioso? Ni ahí, son los otros con su mala onda pero, ¿quién no deseó ver alguna vez que la persona envidiada fracase y sufra? Es que la envidia pasa por la mirada y puede terminar haciendo daño, mucho daño. Por ello el gesto tradicional de proteger ala familia y sobre todo a los niños, para no ser “ojeados”. Colgar del cochecito un “ojo turco” azul, u “ojo de Fátima” (por la hija de Mahoma), quizás una cinta roja, para distraer la mirada del mal-hechor. Sí, el que te envidia, te desea el mal y te lo hace.

Quizás hayas visto colgado un “Hamsa” del lado de adentro de alguna puerta: esa mano abierta con un ojo turco, para cuidar tu hogar del “mal de ojos”. Ya había “ojos” como amuletos frente a la envidia y el mal que causa – enfermedad en los niños, la pérdida del amor y el quedar arruinado – desde hace más de 5.000 años, en la cultura sumeria, en Ugarit (Siria), antiguo Egipto, los fenicios, la cultura árabe y judía, todo el Mediterráneo, los griegos, los latinos. En las Américas. Hasta Ceferino Namuncurá produjo un remedio para el “ojeamiento”, pero sus discípulos no te cuentan.

¿Proteger de qué? Ya Aristóteles lo decía: de la tristeza dolorosa ante la visión de la buena fortuna y la felicidad del otro, que tiene lo que nosotros deseamos y nos merecemos.

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Pero, tranquilos, viene Harold Kushner (nada que ver con Jared, el yerno de Trump) diciendo que, dado que a la gente buena también le pasan cosas malas, la envidia sería una “reacción universal y saludable”. No es el único que habilita la envidia, pues Arthur Schopenhauer decía que sentir envidia es humano pero, gozar de la desgracia de los demás es demoníaco. Identifica un límite, como también lo hace Nietzsche: considera a la envidia como una fuerza poderosa que puede tanto destruir como impulsar al individuo.

Esa idea se traslada al mundo de las empresas, en que hasta se mide la envidia con tests psicométricos y se la trabaja, pues es un hecho inevitable y tan disruptivo, que genera peores resultados en la actividad, el trabajo colaborativo se esfuma y la gente la puede pasar muy mal. El “porqué él gana más que yo u ocupa el puesto que yo quería y amerito”, las movidas de piso, el resentimiento que perdura una eternidad, pero “me las cobro”. Entre sonrisas de buena onda y “lo hago por tu bien”, los chismes difamatorios, el humillar y poner palos en la rueda, hasta ver pasar su cadáver frente a tu casa. Un goce funesto, pues la envidia no da descanso, todo la dispara, hasta en nimias diferencias: que la ropa nueva, la lucidez, el celular más grosso, las siliconas de la mujer del otro, etc. Siempre con la consigna de “lo quiero para mí o lo destruyo en vos” y a toda costa impedir el goce del otro. “Muertos de envidia” es un modo de decir local y ya te indica que tu envidiar puede rebotar en vos: te “mata”. Puede traer sórdidas consecuencias en uno, como veremos.

El daño y la intención de daño deben ser tan considerables, que el Dante, en la Divina Comedia, situaba en el Purgatorio a los que codiciaron o se entristecieron con la felicidad ajena. Dado que el pecado fue con la mirada, te atravesaban y cosían los párpados con alambre como castigo y para que no sigas dañando.

Muertos de envidia

Una delicadeza, pero al menos te podías reivindicar y aspirar a ascender al Paraíso. No a la diestra del Señor sino, como en el Paraíso del Teatro Colón: lejos y amontonado, pero estás adentro. O sea que hay recuperación, lástima que ni el Dante ni su acompañante Virgilio te explican cómo.

Pero hoy día hay recursos abundantes. Desde la histórica confesión ante un sacerdote que te absuelve, en nombre del Señor, hasta concurrir al psicoanalista o a la miríada de psicoterapias y consultores. A fin de cuentas, tenemos la densidad mayor del mundo en psicoterapeutas: diez veces más, en proporción a la población, que los EEUU.

¿Estaremos tan “neuras”? Obviamente que los “psi” tienen menos poder que el sacerdote o el clérigo: ¿en nombre de qué o de quién te habrían de absolver? Por ello es otro el trabajo sobre la envidia y tanto más arduo para el paciente y el analista. Pero surge un problema.

Si el paciente admira las dotes y la salud mental de su terapeuta – no pongamos las manos en el fuego por una buena parte, es como en todos las profesiones- y en cierta medida lo admira e idealiza, puede llegar a envidiarlo y resentirse porque no le da lo “salud mental” que cree merecer y necesita. Sucede que cuando el trabajo lleva a que vaya mejorando, hay veces que se pone peor el paciente y comienza a desvalorizar al analista y despreciar su palabra.

En parte es lo que llamamos RTN, reacción terapéutica negativa: “¡De acá te voy a dar el gusto de curarme!” Eso es envidia. A veces eso se arregla y en otras, ni te cuento. Al dañar la capacidad del otro, uno se está dañando en su capacidad de pensar y además termina anidando en uno, un odio hacia el otro que nos aísla y una rabia hacia nosotros que no nos deja pensar bien, discriminar lo que se quiere y lo que no, y realizar nuestros anhelos y deseos. Querer y querernos bien.

II. Aparecen dos palabras que se han hecho clásicas: en alemán, disculpen, pero no tienen que aprender a pronunciarlas. Glückschmerz: el dolor por la buena fortuna del otro. Y Schadenfreude, que ya es un cuadro diagnóstico: la alegría sombría de dañarlo o ver fracasar al afortunado. Regodearse y complacerse maliciosamente con ese daño, se acerca al odio y al sadismo. Como verán, es todo lo opuesto a compasión y empatía, aunque yo desconfiaría de las “bellas almas” que usan estas dos palabras con tanta asiduidad, no vaya a ser que…

Pero todo esto no es nuevo. Proverbios (24-7, si no me crees) lo anticipa: “No te regocijes cuando caiga tu enemigo y no se alegre tu corazón cuando tropiece”. No en vano se ha llevado a dividir la envidia en benigna y maligna. Casi la definición de locura del brillante psicoanalista Enrique Pichon Reviere – nunca la escribió, pero se la escuché- “hay locos lindos y locos de mierda”.

El envidioso maligno está tomado por el odio y el ánimo de destruir al otro: resentimiento, sensación de inferioridad y de injusticia: pues carece de y se merece las cualidades, logros y posesiones del otro. La maliciosa es entre dos: una relación en “espejo”, dominada por la mirada. No tiene salida alguna, pues quedan capturados en un “dos en uno”:no hay lugar para ambos. Uno no es lo que quiere ser y el otro representa una afrenta a la autoestima y hay que hacerlo desaparecer. En los diversos niveles: no hablarle, operar en patota hostigando y maltratando – acá le decimos bullying –yendo a los golpes, arruinando lo que mas quiere y hasta, sí, herirlo o matarlo.

Se observa penosamente en tantas situaciones. Los discípulos que desprecian y deprecian a sus maestros y les retiran el reconocimiento que merecen. Todo ello es envidia y Dalia Gutman dice en su columna: “Terminás sintiéndote una porquería”. Y sí. Lo vimos en la serie Envidiosas. Al fin, ¿quién la pasa peor allí?

Me ha sorprendido descubrir que sucede, en algunas relaciones amorosas -también en la cama – el: “No te doy/hago/satisfago lo que deseás, porque es lo que te place”. ¡Minga te voy a dar el gusto! Esa crueldad envidiosa de impedir disfrutar, ¿quién no lo escuchó o habitó en acto?

Pudre cualquier relación de a poco, de a mucho y después se preguntan: “¿Qué nos pasó?” y corren de balde al terapeuta de pareja.
La envidia benigna, según algunos autores, implica un desafío e incentivo a mejorar, a decidir conductas constructivas y procurar una salida abiertaal mundo, a la convivencia y a participar de las reglas de la cultura: pasar de lo dual / en espejo a la “terceridad”.

Es lo que vimos cuando refieren a la envidia como conducta humana y hasta saludable: es el motorcito del deseo del “quiero más para mí/nuestra vida”, que procura realizar y construir con esfuerzo, creatividad y persistencia, sabiendo que hay que bancarse las frustraciones. Y que todo no lo puedo. Es lo que depende de uno y del entorno que crea y habita.

III. La mujer le pregunta a su pastor: “¿Porqué la vida es un infierno?” cuando perseguidos los Viejos Creyentes por el Zar de todas las Rusias, se van a inmolar en su iglesia. El incendio estaba tan bien logrado, que la mitad ya se levantaba de sus butacas del Colón y concluye la ópera Jovanczina de Modest Mussorgsky con la respuesta del sacerdote: “El infierno fue creado para contener tanta ira”. Y a la pira.