El debate entre las fans de los Bridgerton está ‘on fire’: ¿es la cuarta temporada la mejor de la saga hasta la fecha? Como suele pasar, hay opiniones para todos los gustos, pues el juego de la identificación tiene mucho que ver con la satisfacción que obtenemos de cada historia. Con todo, reconozcamos que el flechazo entre Benedict y Sophia posee sobrados atractivos: química que rebosa entre los protagonistas; tramas secundarias que funcionan y, al fondo, el mito de la Cenicienta.

Mucho antes de que Disney demostrara que una sirvienta (una asistenta diríamos hoy) podía enamorar a un príncipe ya circulaba la historia de la joven bella pero pobre que llega a lo más alto de la jerarquía social. En el año VII a.C., el historiador griego Estrabón relató la leyenda de una joven esclava llamada Rhodopis que trabajaba para un hombre rico en Egipto. Mientras se bañaba en el río, un halcón le robó una sandalia y se la llevó al faraón, que pidió conocer a su dueña y, al verla, se casó con ella.

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En la versión china, datada alrededor del siglo IX, aparecen la madrastra y las hermanastras que maltratan a la joven. Y se precisan las dimensiones del pie, extraordinariamente diminuto. La versión europea de Charles Perrault no llega hasta 1697 e introduce el personaje del hada madrina, la calabaza convertida en carruaje y los ratones en caballos. En 1812, los hermanos Grimm eliminaron el hada madrina y añadieron bastante más crueldad a la leyenda: las hermanastras se amputan los pies para calzarse el famoso zapato y al final quedan ciegas.

Más allá de los cuentos para niños, puede que el género en el que más ha prosperado el mito de la Cenicienta sea el rosa o romántico. De hecho, puede considerarse un tema recurrente de este tipo de historias: el del ascenso de clase social a través de amor y el matrimonio, casi siempre de una joven excepcionalmente bella. Una de las actualizaciones más populares de este mito fue Pretty Woman, donde ella (interpretada por Julia Roberts) era prostituta y él (Richard Gere), un tiburón de las finanzas. En la inevitable Cumbres borrascosas es él quien no posee credenciales de clase y todo termina peor que mal para los enamorados.

Shonda Rhimes, showrunner y productora de los Bridgerton, ya ha desvelado que la cuarta temporada ha sido su favorita. «Es la primera vez que he llorado cada vez y todas las veces que he visto uno de los episodios, y no han sido pocas dado que me encargo de montar y dar el visto bueno a cada capítulo. Es conmovedor, romántico y muy satisfactorio», confesó en el programa The Jennifer Hudson Show. Y añadió: «Esta temporada posee la bella cualidad de mostrar lo que sucede arriba y lo que sucede abajo, donde trabaja la servidumbre. Y la historia de amor ilustra esos dos mundos. Creo que es algo magnífico».


Primer encuentro de Sophie y Benedict en Los Bridgerton.


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La confesión de Shonda Rhimes sobre la cuarta temporada de los Bridgerton nos invita a suponer que nos tiene guardado algún tipo de sorpresa: no puede ser que la historia de amor entre Benedict y Sophie se resuelva a la manera clásica, una vez más: la absolución y elevación social de la sirvienta por la vía del matrimonio. Además, quién mejor que Rhimes y su equipo para revitalizar un mito que, hasta la fecha, solo se ha modificado para actualizar la idiosincrasia de los personajes, jamás para cambiar una lógica interna que, en pleno siglo XXI, ha pasado a considerarse tóxica.

Hace cien años, coincidiendo con la aparición de la radio y del cine, ya hubo quien alertó acerca de la multiplicación de relatos que proponían al hombre rico o bien situado como solución mágica a los problemas de las jóvenes trabajadoras. En 1935, Josefina Carabias publicó en la revista Crónica el reportaje La mujer en busca de trabajo, en el que denunciaba la escasez de oportunidades para las mujeres jóvenes. En el texto, leemos cómo pregunta a una chica que busca colocarse a través de los anuncios por palabras (novedad de la época) cómo es la experiencia.

Críticas al mito tóxico del príncipe azul

«Es pesado y […] tristísimo. Se ve cada cosa […]», responde su interlocutora. «Muchas muchachas acuden creyendo que es verdad todo lo que pasa en las películas. Piensan que se van a encontrar con un jefe guapo, joven, de esos que primero invitan a cenar y después se casan, y, claro, se llevan cada desilusión…». Es uno de los topos más tóxicos del mito del amor romántico: que el enamoramiento es capaz de borrar las diferencias más sustanciales entre los amantes. Y, así, miles y millones de jóvenes con aspiraciones inalcanzables fiaron y aún fían su suerte al poder del enamoramiento, sin llegar a sustanciar antes en qué consiste exactamente tal enamoramiento o cuándo se produce.

La expectativa es alta: la historia de amor entre Benedict y Sophie no puede contribuir a sostener un mito tan tóxico como este, en el que ellas puede ser tachadas de interesadas y ellos, de aprovecharse de su buena fortuna para conquistar y dejar en la estacada. Ha de existir otra resolución de la narración, una que no reproduzca la lógica jerárquica del sistema de clases. Imaginémoslo así: ¿y si el inevitable matrimonio no termina en la elevación social de la sirvienta, sino en el desclasamiento del señor? Rhimes ha dado algunas pistas de este posible giro de guión: Benedict dice en varias ocasiones que se siente un impostor en su propia casa, o sea, en su propia clase.


Sophie, vestida de sirvienta, en la mansión Bridgerton.


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La última línea de guión de Pretty Woman, «Ella le salvó a él», resume cómo la honestidad emocional de la prostituta ‘reforma’ la masculinidad del tiburón de las finanzas. Este renuncia a comprar para malvender una empresa en apuros y, por primera vez, decide tratar de salvarla. En los Bridgerton, vemos cómo Benedict no termina de ajustarse a la norma social o sexual de su clase y busca ambientes más laxos: bares, prostíbulos o incluso su mansión rural, donde el servicio hace las veces de abuelos o padres sustitutos.

¿Y si no es la sirvienta la que tanto necesita convertirse en señora, sino el príncipe quien anhela una forma de vida sin tantas reglas que respetar? Ningún final en el que Sophie y Benedict se integren sin más en el estilo de vida aristocrático de los Bridgerton puede satisfacernos tanto como verles encontrar una tercera vía. Aunque las fans del género romántico busquemos la satisfacción en la previsibilidad, la sorpresa es necesaria. «Lo que adoro encontrar es una voz que abrace, celebre y juegue con la estructura de la ficción romántica que tanto conocemos», ha reconocido en The Guardian Lucy Stewart, editora de Hodder, uno de los principales sellos británicos del género.

«La peor asunción al respecto del género romántico tiene que ver con que son narraciones repetitivas, aburridas o predecibles», prosigue Stewart. «La escritura brillante, y esta existe en abundancia en la novela rosa, sabe cómo engañar y sorprender a la lectora, incluso a aquellas que conocen muchísimo este tipo de ficción. De hecho, cuando leo un texto romántico y veo que recurren a un tópico, más que desconectar o aburrirme entro en estado de alerta porque espero disfrutar de cómo le pueden dar la vuelta».

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