En el tramo final de Hangar rojo (2026) una puerta se cierra y la pantalla queda en negro. No hay música que subraye el impacto. Solo el sonido de un cerrojo. Ese gesto resume la propuesta del chileno Juan Pablo Sallato: narrar el horror desde la omisión, desplazar la violencia fuera de campo y confiar en la conciencia del espectador.

La película, coproducida con la Argentina y estrenada en la Berlinale antes de iniciar su recorrido por festivales como Málaga, se sitúa en las horas posteriores al golpe de Estado del 11 de septiembre de 1973 en Chile. Lo hace desde un punto de vista poco transitado por el cine latinoamericano sobre dictaduras: el interior de las fuerzas armadas. El capitán Jorge Silva, interpretado por Nicolás Zárate, observa cómo la base aérea en la que trabaja se transforma en un centro de detención. Formado para obedecer, descubre que el nuevo orden exige algo más que disciplina: exige participación.

Silva no es presentado como un mártir ni como un villano. Es un hombre que ha construido su identidad en torno al deber. Cuando las órdenes cambian, el conflicto ya no es externo sino interno. ¿Hasta dónde llega la obediencia? ¿En qué momento se convierte en complicidad?

Hangar rojo evita respuestas cerradas. La cámara acompaña a su protagonista sin subrayados morales. Esa decisión desplaza el foco hacia el espectador, que debe completar los silencios y medir las consecuencias de cada gesto. El resultado es un retrato del autoritarismo desde su engranaje cotidiano, allí donde las decisiones administrativas determinan destinos.

Rodada en blanco y negro, con fotografía de Diego Pequeño, la base aérea se convierte en un espacio de pasillos cerrados y oficinas que funcionan como compartimentos estancos. No hay escenas explícitas de tortura. El horror ocurre detrás de puertas cerradas, en documentos firmados sin pausa, en miradas que evitan sostenerse.

La elección estética no busca embellecer la tragedia sino reducirla a su esqueleto: estructuras, órdenes, jerarquías. El coronel Jahn, interpretado por Marcial Tagle, encarna la lógica burocrática del terror. No es un líder carismático sino un administrador de la violencia. Esa representación desmonta la idea del poder como figura épica y lo muestra como procedimiento.

A lo largo del film aparecen imágenes recurrentes de un paracaidista en descenso. Funcionan como recuerdo y metáfora. Frente al encierro institucional, la caída libre introduce la idea de decisión individual. No hay red. Solo el momento de abrir o no el paracaídas.

En apenas 80 minutos, Sallato construye una progresión sostenida, sin aceleraciones innecesarias. El ritmo puede percibirse como contenido, pero esa contención refuerza la sensación de asfixia. La transformación del espacio laboral en dispositivo represivo ocurre sin estridencias, como si la historia avanzara con la naturalidad de un trámite.

El desenlace incorpora datos sobre el destino real de los personajes. Exilio, muerte, consecuencias tardías. La película no busca consuelo. Señala que un gesto mínimo puede alterar un resultado, pero también que ese gesto tiene costo.

Hangar rojo dialoga con el presente sin necesidad de actualizar su contexto. La pregunta que formula —qué hacer ante una orden injusta— trasciende el golpe chileno y se proyecta sobre cualquier sistema donde la obediencia se presenta como virtud incuestionable.

En tiempos en que los discursos autoritarios recuperan terreno, la película de Juan Pablo Sallato examina el momento en que un individuo decide si se integra al mecanismo o si introduce una fisura. No ofrece lecciones. Deja una puerta cerrándose y una pregunta abierta.