
Sin intención de defraudar al pueblo argentino, la “Oficina de Respuesta Oficial” inició su labor. Con solo apretar “enter” la información verdadera, la única e indiscutible, se revelará ante nosotros. El simple acto mecánico, casi automático, de presionar una tecla, publicará un texto informativo -elaborado de antemano- que eliminará de nuestras mentes las preguntas y cuestionamientos sobre la realidad económica, política y social que nos atraviesan.
Eso nos ahorrará el disgusto de tener que pensar y reflexionar. Deberíamos estar agradecidos de este bienestar que el gobierno nacional nos otorga a través de la Oficina de Respuesta Oficial. Es el gran deseo del gobierno libertario.
La información es poder. Controlar la información es poder decidir qué se conoce y qué no. En el ámbito de la política, la información es un recurso de poder fundamental que todo gobierno de turno busca monopolizar. El poder político selecciona, jerarquiza y ordena la información disponible (o, de ser necesario, inventa dicha información) para poder construir de antemano un enunciado que valide su creencia.
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La Oficina de Respuesta Oficial salió a desmentir a Jorge Fontevecchia, pero las cifras no cierran
Tal como lo expone Yuval Noah Harari, en su libro Nexus, la información es el pegamento que posibilita la cooperación entre las personas al crear un único punto de referencia común que orienta nuestras acciones (por ejemplo, decidir a quién votar). Son las grandes redes de información las que ponen en contacto a las personas creando un orden social, que no necesariamente conduce a la verdad. El nazismo imponía un orden a partir de la información que proporcionaba. Lo mismo ocurría con los soviéticos, el cristianismo, el islamismo.
No hay nada de inocente en la información que recibimos. La clave está en la relación que cada uno de nosotros tenemos con ella. Si el poder de turno anula toda discusión, desacuerdo o crítica respecto de la información, lo que tenemos es un dogma. Préstese especial atención al término “oficial” que lleva el nombre de la nueva Oficina, lo que sugiere que tiene “la última palabra”, la que está por fuera de todo cuestionamiento.
Un dogma es aquel enunciado que no necesita demostración alguna, que se impone por quien tiene el poder. Un dogma demanda obediencia. Un dogma se profesa. Un dogma tiene la función de ordenarnos (en el sentido imperativo de la palabra).
Todo dogma tiene un “credo”, una declaración de fe que se expresa más allá de la cuestión circunstancial que el enunciado trate. El “credo” dispensado por nuestra Oficina es la promesa de bienestar económico absoluto, únicamente posible en el acatamiento a los preceptos que el presidente ordene.
Asimismo, todo dogma tiene un “canon”, un manual de pasos a seguir para su redacción. En nuestro caso, el primero paso es gritar “FALSO”, para luego señalar al hereje, el mentiroso. Aquí hay que desacreditarlo, insultarlo, y sobre todo, asociarlo a planes macabros e intenciones espurias. El segundo paso, es el de la fabricación: es la exposición de datos que fuercen la interpretación deseada para aleccionar al público. El último paso, y más importante, enaltecer las bondades del gobierno.
Alrededor del dogma operan dos figuras fundamentales en su legitimación. La primera de ellas es el “apologista”: el intelectual, el defensor racional, instrumentado para argumentar a favor del dogma. Es quien empleará rebuscadas elucubraciones o ruidosos silencios para justificar el dogma.
Estos suelen aparecer vestidos con trajes caros en varios canales de televisión. La segunda figura está representada por el “adepto”, el fiel seguidor, el devoto, quien repite y repite el dogma, puesto que todo dogma adquiere relevancia social a medida que se relata continuamente. Aquí encontramos a niños despeinados “gritando” de manera alocada desde sus iPhone a través de las redes sociales o por canales de streaming.
Por su parte, la verdad no se decreta desde arriba. La verdad surge del cuestionamiento a la información recibida, de la discusión responsable, del razonamiento propio, del desacuerdo entre las partes, de la pluralidad de voces. La verdad tiene una sola figura protagonista: el ciudadano responsable, comprometido con el prójimo en el respeto a la democracia.
Queda en nosotros, en el uso de nuestra libertad, decidir qué relación tendremos con la información que el poder político nos proporciona.








