No solemos tener a Zamora en mente y tampoco la señalamos mucho en el mapa a la hora de concretar nuestros andares. Craso error, porque en esta provincia castellanoleonesa hay muchos destinos que debieran ser preferentes. Toro, entre ellos. Un pueblo medieval de una belleza mayúscula en plena vega del Duero, que puede que naciera de un asentamiento prerromano, vacceo para más señas. De ello daría testimonio su verraco de granito. Parece de la misma torada que el de Ciudad Rodrigo, en Salamanca, a un paso de Portugal.
Pero, sobre todo, Toro nos pone frente a frente con el románico, lo que se traduce en un reenamoramiento. Para ver iglesias bonitas, hay que ir a este pueblo zamorano. La joya de su corona es la colegiata de Santa María la Mayor (XII), románica pero con un pie puesto en el gótico y todas sus alegrías, en las que desembocó bien entrado el XIII. El éxtasis llega con el pórtico de la Majestad, por la procesión inacabable de figuras escultóricas y su policromía original, que ha vencido al tiempo de forma milagrosa. Un puerta que invita a entrar y, a la vez, a quedarse por el puro placer de la contemplación.
Luce también uno de los cimborrios más bellos de la península, englobado en el selecto grupo de los «cimborrios leoneses», de influencia francesa y lombarda. En ese club están la catedral de Zamora, inspiración máxima de esta colegiata, la Vieja de Salamanca y la de Plasencia. Dicho cuerpo cilíndrico configura el perfil toresano, la línea que recorta su cielo, como suelen hacer las espadañas y los campanarios. Dentro, sorprende la Virgen de la Mosca, una tabla flamenca del XVI, además de una custodia de plata de la misma época y el calvario napolitano en marfil.
Qué más ver en Toro
La colegiata es única, pero ni mucho menos lo único destacable en materia patrimonial. En Toro hay que salir tras las huellas del arte mudéjar. Llevan hasta la iglesia de San Lorenzo el Real, de ladrillo, con una sola nave y ábside semicircular con dos tramos de arcos ciegos. A destacar de su interior el retablo de Fernando Gallego (XV); el sepulcro gótico-flamenco de los Castilla-Fonseca, descendientes de Pedro I el Cruel, llamado el Justo por sus partidarios, y un precioso coro morisco del XVI policromado.
El pórtico de la Majestad, con su policromía original, en la colegiata de Santa María la Mayor.
TORO SACRO
La de San Salvador de los Caballeros (XII) tiene la gracia de que perteneció a la Orden de los Templarios y conserva restos de pinturas murales de diversas épocas. Además, es sede del Museo de Escultura Medieval. A San Lorenzo y San Salvador, divinas ambas, se suma la del Santo Sepulcro (XII), de los caballeros del mismo nombre, remodelada en varias ocasiones, y la de San Pedro del Olmo, con restos de pinturas murales góticas, aunque en estado de ruina. Añadimos la de San Sebastián de los Caballeros, de factura románico-mudéjar, que acoge igualmente pinturas murales del XIV, pero procedentes del convento de Santa Clara.
El mudéjar, el Duero y el alcázar
En cuanto al monasterio de Sancti Spiritus el Real, es la sede del Museo de Arte Sacro de Toro, con una colección única de sargas policromadas siglo XVI. Su estrella es el sarcófago mausoleo de Beatriz de Portugal, reina consorte de Castilla y León. Además, la ermita de Nuestra Señora del Duero, junto al machadiano río y en medio de un idílico paisaje, custodia la imagen del patrón, el Cristo de las Batallas. Es uno de los mejores ejemplos del mudéjar toresano.
El coro morisco de la iglesia de San Lorenzo el Real.
TORO SACRO
La historia de Toro está también escrita en su alcázar, que se remonta al siglo X y da fe de la importancia estratégico-militar que tuvo durante la Edad Media y que nos lleva hasta la reina María de Molina (1264-1321), conocida como Señora de Toro. Este castillo resultó clave en los conflictos castellanoleoneses y en la defensa de la frontera frente a Portugal. De ahí que estuviese integrado en el sistema de murallas de la villa. Por fortuna, se puede subir a sus torres y adarves, fabulosos miradores sobre la vega, los viñedos y el caserío histórico.
El casco antiguo y los vinos
Actualmente, el alcázar es el Centro de Recepción de Visitantes de Toro, con área de información sobre la ciudad y su entorno, además de sala de exposiciones temporales y permanentes dedicadas a su patrimonio, incluido el enológico. Que los vinos de Toro son igual de reconocidos y celebrados. Desde aquí salen rutas por el casco histórico, visitas guiadas a monumentos, recorridos por bodegas y actividades en la naturaleza.
La iglesia de San Lorenzo el Real, ejemplo de mudéjar toresano.
TORO SACRO
El casco antiguo hay que disfrutarlo. Recorrer la calle Mayor desde la icónica torre del Reloj hasta la colegiata, así como otras calles ennoblecidas por palacios y casas solariegas, sobre todo de los siglos XVI y XVII, época de su mayor esplendor. Sirva de ejemplo el de los Condes de Requena (XV), con un patio gótico y otro del XIX en madera.
Toro, más allá de sus virtudes artísticas, es una atalaya natural a 735 metros sobre el nivel del mar, y al lado del Duero. Está a 39 kilómetros de la capital, a unos 70 de Valladolid y de Salamanca, y muy cerca de Tordesillas, donde se firmó el histórico tratado. De Madrid queda a dos horas y media. Fue sede real y lugar de celebración de Cortes entre los siglos XII y XVI. El Palacio de las Leyes, concretamente, albergó las celebradas en 1505, en las que se promulgaron las Leyes de Toro, las célebres 83 normas que regulaban la sucesión y herencia tras morir Isabel la Católica. Un incendio destruyó el edificio en 1923. Se salvó la portada, otra maravilla del gótico.












