
Si reunimos cuatro de los instrumentos más preciados del mundo con cuatro virtuosos instrumentistas y les damos tiempo y espacio para ensayar, ¿conseguimos, indeclinablemente, un hecho artístico trascendente? Esta es la premisa que explora Los músicos (Les musiciens, 2025), la tercera película del realizador francés Grégory Magne.
El interior de un violoncello es el primer escenario de Los músicos. El instrumento es revisado por un especialista, quien confirma a Astrid Thompson (Valérie Donzelli) lo deseado. Se trata de un Stradivarius. Al dar con él, Thompson logra completar el grupo de instrumentos necesario para cumplir el que fue el gran anhelo de su padre: reunir por primera vez en la historia un cuarteto de cuerdas Stradivarius en un concierto. Una vez logrado lo imposible y ante la inminencia del evento queda dar el paso final: lograr que un grupo de virtuosos que nunca tocaron juntos ensamblen la obra compuesta para la ocasión. Tras varios intentos fallidos, Thompson acudirá al auxilio del compositor al que la obra fue encargada, Charlie Beaumont (Frédéric Pierrot).
Los músicos está narrada siguiendo una cuenta regresiva desde el primer día de la convivencia entre Lise, George, Peter y Apolline -los instrumentistas- y hasta el día del concierto. Las diferencias en los recorridos profesionales de cada quién, la cantidad de respeto que se profesan uno a otro, las distancias generacionales y algún rencor del pasado no contribuirán al entendimiento de este puñado de virtuosos, incluso a pesar de tener entre sus manos instrumentos construidos por el mismo luthier y a partir del mismo árbol.
Sin embargo, ni Donzelli, ni Pierrot ni los instrumentistas son protagonistas de esta película, en la que la música en sí tiene un papel realmente especial. La obra que da lugar al encuentro de estos músicos, compuesta por Grégoire Hetzel, es la banda sonora del film, y a la par actúa como motor de la película, tomando protagonismo absoluto en varios fragmentos de la misma. En este sentido, recuerda a Tres colores: Azul (Krzysztof Kieslowski, 1993), en la que una pieza de música contemporánea realizada por encargo es parte indispensable de la identidad del film. Los músicos explora el aspecto material del arte musical (a través del rol del mecenas o de quien auspicia el hecho artístico), el aspecto creativo (a través del rol del compositor y de su injerencia en el proceso de búsqueda interpretativa) y el aspecto humano, que atraviesa al encuentro de los intérpretes, todos destacados individualmente pero sin la experiencia de ser parte de este ensamble.
Aunque Los músicos toca temas como el duelo y los conflictos familiares, el tratamiento de estos es breve y superficial, y tiene lugar como justificación del hecho artístico. Esta es, desde el inicio del conflicto, una película que fundamentalmente habla de la creación en equipo y de la necesidad de hacer a un lado una parte de la individualidad en pos de la obra. En este sentido, el film no presenta sorpresas, ni a nivel narrativo ni a nivel argumental. No obstante, mientras el metraje avanza hacia su fin, nos encontramos esperando que llegue el momento del concierto, siendo conscientes del transcurso del tiempo, tanto en el nivel diegético como en el plano de nuestra percepción. La evanescencia del tiempo se convierte, entonces, en un tema más, que, inteligentemente, es abordado a través del acto creativo musical. En esta decisión opera una condición que a otras artes parece tocar menos de lleno: en las artes del tiempo, el encuentro sucede en vivo, y, apenas culmina, la obra se desvanece en pleno aire. Antes del concierto, el compositor se dirige a los músicos y les sugiere: “Diviértanse y recuerden… es, seguramente, la última vez que tocan juntos”. Los músicos nos invita, entonces, tanto a observar esa fugacidad como a experimentarla.








