
Tras Todos vós sodes capitáns, Mimosas y Lo que arde, el realizador Oliver Laxe presentó con éxito Sirat (2025) en la Competencia oficial del último Festival de Cannes, en donde obtuvo el codiciado Premio del Jurado. Su última obra, nominada a dos Premios Oscar, comienza con un padre que, junto a su hijo, se encuentra en plena búsqueda de una hija que desapareció sin dejar rastros. El penoso derrotero los lleva directamente al desierto, en donde se congregan cientos de personas que asisten a encuentros de música electrónica. Ese cuadro de situación es tan solo la premisa para un film que no dejará indiferente a nadie.
Incómoda. Grandilocuente. Shockeante. Monumental. Tales son algunos de los adjetivos que se escuchan tras la proyección de Sirat, film que compitió en la terna de Mejor Película Extranjera de los Golden Globes (perdió ante la brasilera El agente secreto). No obstante, este relato que contó con la producción asociada de Pedro Almodóvar llega a las pantallas argentinas y, con motivo de su estreno, EscribiendoCine dialogó en exclusiva con su director.
Pensando en Sirat, pero también en Todos vós sodes capitáns y en Lo que arde -que pudimos ver en ediciones del Festival de Mar del Plata- encuentro la idea de pensar en la tensa relación entre la comunidad y el individuo. Específicamente el orden de lo familiar. ¿Cuál es tu mirada sobre este vínculo?
Bueno, a mí la familia de sangre me interesa mucho, creo que hay que honrarla. Luego entiendo que hay gente cuya herida es fuerte y necesita generar otra familia. En cualquier caso, creo que estamos en un momento de la vida del mundo en el que cada vez vamos a ser más una familia de heridos. O vamos a ser cada vez más conscientes de nuestra herida. Creo que es indispensable que conectemos más con la herida, con nuestra fragilidad, con nuestra vulnerabilidad. No vamos a tener otro remedio. Da igual la clase social, si es familia, da igual la bandera… todos vamos en el mismo tren.
Creo que Sirat va hacia el núcleo de la tragedia. Hay elementos típicos de ese género tales como los lazos familiares, el perdón, el destino fatal. ¿Tomaste en cuenta esta asociación, ya sea directa o indirectamente?
Totalmente, sí. Yo estaba pensando en la tragedia, sin duda. Yo estoy todo el tiempo pensando en los griegos, en todos los antiguos. Hacían tragedia e iban al teatro para transformarse, porque la tragedia era una catarsis. La sociedad podía purgarse, limpiarse, trabajar, mirar dentro de sí misma. Y ese era el propósito de hacer esta película. Realmente quería que los espectadores experimentaran su propia muerte. Creo que eso es algo saludable que tenemos que hacer como sociedad. Tenemos que enfrentarnos más a nuestra propia muerte para ser más libres y emancipados. Eso es lo que queremos. Quiero decir, nosotros. Hacemos películas para eso; queremos crecer.
Más allá de sus dramas particulares, ¿pensaste a los personajes desde la materia simbólica?
Obviamente, yo busco trascendencia, o que sintamos misterio o magia. Busco reencantar el mundo o que el espectador perciba que el mundo está habitado o que detrás del mundo material hay uno sutil, o como lo quieras llamar. Pero, al final, yo confío en las imágenes. Entonces, no intelectualizo con tanta intención. Confío en que la relación entre una imagen y todas sus capas de simbolismo inherentes ya hacen su trabajo con el espectador. Entonces, lo que intento hacer es proteger las imágenes de mí mismo. Intento no ponerles mucho peso discursivo ni narrativo, para que efectivamente lleguen vivas al final, al montaje. El problema de hoy es que hay muchas imágenes en el cine contemporáneo, pero están todas muertas.
Hablando de imagen, creo que la historia es polisémica porque logra abrir muchas interpretaciones. ¿Pudiste dialogar con los espectadores, desde el estreno en Cannes?
No he parado de acompañarla y tengo una percepción bastante clara acerca de cómo actúa la película en la gente. Hay tantos espectadores, que ahora sería infinito hablar de interpretaciones. Pero lo bueno es que la película no solo invita a la interpretación. O sea, precisamente la película logra suspender el nivel de interpretación. Noquea ese nivel. Entonces, es una película que la gente no logra describir o le lleva tiempo integrar. Tanto a los que les gusta como a los que no, se les genera la necesidad de hablar de Sirat. A todos remueve, de alguna manera. Y eso me parece sano. Yo estoy estudiando la psicoterapia Gestalt y hay varios síntomas que me dicen que hemos hecho una película que funciona como una terapia de choque, pero benéfica.








