viernes 23 de enero de 2026

Después del traspié de Todo vale (All’s Fair, 2025), Ryan Murphy vuelve a un territorio que conoce bien con Belleza perfecta (The Beauty, 2026), creada junto a Matthew Hodgson. La serie se instala en el universo de la moda global, atravesado por una secuencia de muertes asociadas a una droga que provoca una transformación física radical en los cuerpos. 

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La investigación queda a cargo de Cooper Madsen (Evan Peters), un agente del FBI absorbido por un caso que rápidamente desborda los marcos institucionales, junto a su compañera y amante, Jordan Bennett (Rebecca Hall), un personaje que funciona como contrapunto narrativo frente al avance de lo inexplicable.

La serie se organiza a partir de un esquema reconocible: sustancia milagrosa, fashionismo, circulación internacional y una progresión de cuerpos dañados que operan como señales de alarma. En ese recorrido, Belleza perfecta adopta el  body horror como superficie expresiva y convierte al ideal físico en un bien de consumo masivo, administrado por un sistema que promete corrección y pertenencia a cambio de obediencia corporal.

La comparación con La sustancia (The Substance, 2024) resulta inevitable. Ambas obras parten de una inquietud común, pero toman caminos divergentes. Mientras Coralie Fargeat construye un dispositivo narrativo cerrado y autoral, anclado en la vivencia íntima del cuerpo como espacio de tensión, Murphy opta por una lógica expansiva que privilegia la superficie. La multiplicación de personajes, escenarios y situaciones no amplía el sentido, sino que lo diluye. La crítica al mercado del cuerpo se formula como enunciado reiterado y pierde espesor: aquello que en La sustancia se experimenta como límite, en Belleza perfecta queda reducido a consigna.

Sin proponer un desvío significativo dentro del género, la serie se apoya en el impacto visual, el glamour y en una imaginería reconocible para sostener su relato. Dentro del recorrido de Murphy, Belleza perfecta ocupa un lugar previsible: una sátira de terror que privilegia la superficie antes que la indagación.

Frente a una obra como La sustancia, que asume riesgos formales y conceptuales, Belleza perfecta expone el mismo tema desde una lógica más cómoda, donde el exceso termina reemplazando a la mirada. El resultado es una ficción que avanza por acumulación y no por profundidad.