sábado 10 de enero de 2026

Depeche Mode: M (2025) no se limita a documentar una gira. Desde su planteo formal, la película dirigida por Fernando Frías de la Parra convierte tres conciertos multitudinarios en la Ciudad de México en un dispositivo narrativo donde la música funciona como eje, pero no como único centro. El film observa qué ocurre cuando una banda con más de cuatro décadas de historia se encuentra con una cultura que ha construido una relación singular con la muerte, y hace de ese cruce su verdadero tema.

El registro de los conciertos —escenarios colmados, cuerpos en trance colectivo, primeros planos del público— se articula con secuencias de carácter simbólico que desplazan al show del terreno del espectáculo hacia el de la experiencia compartida. El montaje privilegia la sincronía entre música, cuerpos e imagen, mientras la cámara alterna entre la escala del evento y los detalles mínimos: manos en alto, miradas concentradas, gestos que revelan una relación emocional sostenida con las canciones. Frías filma la multitud sin diluir al individuo y encuentra en esa tensión una de las fuerzas del relato.

El álbum Memento Mori ocupa un lugar estructural en la película. Compuesto durante la pandemia y atravesado por la muerte de Andy Fletcher, el disco aparece integrado al flujo visual y sonoro sin subrayados ni explicaciones externas. Las canciones dialogan con imágenes de archivo, rituales populares y escenas del presente, y construyen una lectura donde la noción de finitud se expresa a través del ritmo, la repetición y la comunión del público. La música de Depeche Mode, históricamente asociada a la pérdida, adquiere aquí una nueva resonancia, anclada en el contexto y en la vivencia colectiva.

Uno de los aportes centrales de Depeche Mode: M es su lectura de la identidad mexicana. Desde las referencias al Día de los Muertos hasta la evocación de Mictlantecuhtli, el film traza una línea cultural que conecta lo ancestral con lo contemporáneo sin recurrir a ilustraciones didácticas. La narración en off de Daniel Giménez Cacho funciona como un hilo conceptual que acompaña las imágenes y propone pensar la muerte no como interrupción, sino como presencia constante. En ese marco, el concierto se vuelve ritual y la multitud, una comunidad momentánea unida por una misma pulsión.

Frías no busca registrar “el mejor show” ni ordenar la historia de la banda. La cámara se mueve entre el escenario y el público, diluyendo jerarquías y construyendo un espacio de intercambio donde la energía circula en ambos sentidos. Depeche Mode no aparece como figura distante, sino como parte de una experiencia compartida que se renueva en cada canción.

Inscripta en la tradición del rockumental, la película expande sus límites al elegir un momento específico y convertirlo en materia cinematográfica. El resultado es una obra que observa cómo el rock puede funcionar como lenguaje para abordar aquello que no tiene forma precisa: el duelo, la permanencia, la necesidad de reunirse y compartir una experiencia común. En ese cruce, la música deja de ser fondo y se vuelve herramienta de sentido.