domingo 18 de mayo de 2025

Como el gato del apartamento de Doña Sebastiana, en el Recife de 1977 todo el mundo tiene dos caras; o al menos dos nombres. Uno de ellos es Marcelo (o Armando), al que interpreta Wagner Moura. Estamos en plena dictadura brasileña y Marcelo llega a Recife en busca de su hijo, siendo acogido por un grupo de refugiados o militantes bajo la égida de Elza. O Agente Secreto (2025) no es una película de espías, sino de una serie de personajes que ha de moverse en la clandestinidad con identidades falsas.

Aunque lo hagan a la luz del día o en los mismos centros del poder. Por ejemplo, Marcelo ha conseguido un puesto en la oficina que expide los documentos de identidad, que comparte locales con la Policía Civil, a cuyo mando está el corrupto Euclides. Marcelo aprovecha su trabajo para intentar saber qué fue de su madre, en una de las múltiples subtramas que se van tejiendo en la primera parte de la película. Kleber Mendonça Filho las va urdiendo pausadamente, apoyándose en unos diálogos largos y detallados. Esta es una película que se irá cocinando a fuego muy lento.

Esos diálogos no son una figura de estilo; o no son solo una figura de estilo. De repente damos un salto inesperado al presente y nos encontramos con dos jóvenes investigadoras universitarias que están escuchando las grabaciones de esos diálogos y declaraciones de los principales personajes de la trama. Ellas también investigan qué sucedió con Marcelo (o Armando) y puede que O Agente Secreto no sea sino la transcripción de esas cintas que, pese a su fidelidad como testimonio, dejan muchos huecos, muchos misterios irresueltos. Estamos en el universo de Zodiac (2007), de David Fincher, asistiendo a una investigación en la que las suposiciones se imponen a las evidencias. Lo que no nos imposibilita fabular, por supuesto.

Y bien que lo aprovecha Mendonça Filho en una película en la que se superponen múltiples capas. Una de ellas es el propio cine. En su película anterior, el documental Retratos Fantasma (2023), evocaba los viejos cines de Recife natal y su relación con ellos. Ahora Mendonça Filho los ha materializado en la ficción, en el Recife de 1977 y las películas que exhibían entonces. Una de ellas es Tiburón (Jaws, 1975) que, por su lado, se erige en una suerte de historia paralela de la trama principal. Primero por la captura de un tiburón a pocos metros de la costa que lleva una pierna humana en su estómago. Después porque esa misma pierna protagoniza un segmento de puro cine de serie B y que es también un homenaje a ese tipo de leyendas urbanas habituales en cierta prensa de la época.

No es un mero capricho, pues ese cine hablado termina por estallar en el último tercio de la película en un vigoroso ejercicio de puro género, inspirado, como los créditos finales, en el cine de los setenta, cuál si no. Del mejor cine de los setenta, habría que decir. Y, también, lo mejor que se ha visto en la competición de Cannes por el momento.