
sábado 17 de mayo de 2025
Suerte de making of o falso documental, Nouvelle Vague (2025) representa todo un festín. Empezando por su propio formato: pantalla cuadrada, blanco y negro o incluso las marcas de cambio de rollo de cuando las películas se proyectaban en 35mm. Richard Linklater reconstruye el rodaje de Sin aliento (À bout de souffle), el primer largometraje de Jean-Luc Godard, filmado en 1960, a partir de un minucioso guion de Michèle Halberstadt y Holly Gent, que es todo un prodigio de síntesis y fidelidad a la leyenda.
Porque lo que inspira Nouvelle vague es la leyenda de Godard y de cómo pudo ser una película del calibre de la opera prima del director franco-suizo. Ahí está todo, desde el momento en que roba de la caja de Cahiers de Cinéma el dinero que necesita para viajar a Cannes, asistir al estreno de Los 400 golpes (Les quatre cents coups, 1959) y convencer al productor Georges de Beauregard de que le financie una película. Después de François Truffaut, Claude Chabrol, Eric Rohmer y Jacques Rivette, del núcleo duro de Cahiers solo faltaba él por dar el salto al largometraje.
Y es así como Linklater concibe la película, como ese fake en el que están retratados todos los personajes del entorno de Cahiers, Godard o del equipo de À bout de souffle. De este modo, Nouvelle vague es como un permanente name dropping en el que cada personaje de la historia acaba siendo identificado (en una tipografía muy de 1960), por muy episódico que sea su papel, ya que de lo que se trata es de fijar a los personajes en la historia. O de ponerles rostro. Y es sorprendente cómo acabamos por convencernos a nosotros mismos que a quién estamos viendo en pantalla es al verdadero Godard (Guillaume Marbeck) y a la verdadera Jean Seberg (Zoey Deutch), dentro de un casting de nombres muy desconocidos en cuya elección parece haber primado el parecido entre el personaje real y el actor. Una decisión contraria a la de Blue Moon, la otra película de 2025 de Linklater, en la que Ethan Hawke se esfuerza por parecerse al letrista Lorenz Hart, aquí otra reconstrucción de época según los moldes del Hollywood clásico, la de una fatídica noche de 1943.
Nouvelle vague no se preocupa tanto de reconstruir el rodaje de aquella película (aunque siga cronológicamente todo su desarrollo) como de proponer una antología de anécdotas y una especie de manifiesto godardiano. Sus diálogos no son otra cosa que una sucesión de citas y frases célebres que hemos oído o leído mil veces, pero que aquí se convierte en una pura celebración, en el mejor homenaje que se le podría realizar a Godard. Y no pasaría nada si Linklater decidiese no hacer otra cosa que reconstruir el resto de los rodajes de las películas de Godard, al menos los de los años sesenta.







