Holland (2025) comienza con una promesa clara: desmantelar la apariencia idílica de un suburbio estadounidense, esa burbuja que parece aislada de cualquier imperfección. Pero el golpe bajo a la realidad que intenta mostrar la película es tan predecible que, lejos de ofrecer una crítica ácida a la vida suburbana, termina simplemente caricaturizando el concepto. La premisa, aparentemente interesante, se desvanece rápidamente en un cóctel de banalidad y personajes planos, atrapados en un guion que, más que intrigar, desespera.

Nicole Kidman, una vez más en su faceta de dama de hielo, interpreta a Nancy Vandergroot, una mujer atrapada en una rutina perfecta, aparentemente feliz, hasta que la sospecha de infidelidad la empuja a un abismo personal. El problema radica en que el personaje de Nancy nunca se siente genuinamente amenazado por la inquietante posibilidad de un engaño. Su evolución, o falta de ella, se limita a una sucesión de escenas donde se le ve más confundida que motivada. Es como si la dirección de Cave hubiera optado por mantenerla en una esfera de incertidumbre, pero sin profundizar en sus motivaciones o en las consecuencias emocionales de sus decisiones.

Si bien los actores se esfuerzan, incluyendo a un Gael García Bernal que da vueltas alrededor de un papel secundario casi innecesario, el guion, tan desconcertante como ineficaz, hace que los esfuerzos de todo el elenco se sientan como una puesta en escena desperdiciada. Los diálogos, que deberían ser el motor de la película, terminan siendo clichés tras cliché. No hay chispa, no hay tensión, solo una creciente sensación de que la trama nunca llega a ninguna parte.

Mimi Cave demuestra que tiene visión, pero se ve arrastrada por un guion que nunca sabe qué dirección tomar. Holland está llena de posibles giros, pero todos ellos terminan en callejones sin salida. En lugar de construir una atmósfera intrigante, la se atranca en una mezcla de comedia negra y thriller psicológico que nunca sabe equilibrar bien las dosis de humor con la tensión necesaria.

En cuanto a la banda sonora, en lugar de sumergir al espectador en un ambiente inquietante, contribuye a la sensación de incomodidad, pero no en el buen sentido. Es un constante zumbido, un intento de agregar algo de atmósfera a la película, pero que no tiene el impacto esperado, convirtiéndose en una distracción más que en una herramienta narrativa. La música termina siendo tan sobrecargada que, en algunos momentos, es más un obstáculo que una ayuda.

Lo que podría haber sido una sátira inteligente sobre la vida perfecta en los suburbios termina siendo una película chata. El ritmo, entre acelerado y estancado, no ayuda a que la historia avance, y cuando finalmente llega al clímax, es tan débil que es difícil tomarla en serio.

¿Es Holland una película fallida? Probablemente. ¿Merece la pena verla? Tal vez, si buscas algo superficial, con buenas intenciones, pero incapaz de concretarlas. Si sos fanático de las tramas de suburbios, engaños y psicópatas a medio explorar, esta película podría ofrecerte un par de horas de entretenimiento, pero no esperes mucho más. El misterio queda, irónicamente, bajo una capa de inutilidad.