
viernes 07 de marzo de 2025
La pandemia empezó hace años y, a diferencia de la de Covid-19, nunca terminó. Por el contrario, cada día arrecia con más fuerza. Recién ocupó un lugar central en la agenda mediática en los últimos meses, cuando Donald Trump la utilizó como uno de los motivos para su batalla contra la inmigración ilegal y el cobro de tasas a productos mexicanos. Pero el fentanilo y la heroína –protagonistas centrales de la pandemia de opioides– siguen matando a miles de jóvenes a lo largo y ancho de Estados Unidos, especialmente en aquellas zonas en las que el progreso resulta algo lejano, casi imposible.
Filmada en zonas rurales del estado de Pennsylvania, parte del llamado “Cinturón de óxido”, y vista, entre otros festivales, en el reputado South by Southwest, Shooting Heroin (2025) propone una aproximación cruda, desesperada y desesperante al fenómeno. Lo hace a través de la historia de tres personajes que viven en una pequeña comunidad tradicional pero un tanto desolada, con cielos nublados, casas aisladas y bares de ruta descuidados.
Hazel (Sherilyn Fennuna) es madre que ha perdido sus dos hijos en doce horas “y por la misma aguja”, según dice en una de sus habituales charlas ante alumnos adolescentes de distintos colegios. Adam (Alan Powell) es un veterano de guerra con una hermana adicta en recuperación que lleva tres años limpia, hasta que una dosis de morfina en el hospital opera como el puntapié para una recaída que terminará siendo mortal. Ambos confluirán en la búsqueda de culpables ante el flagelo, al tiempo que se le suma un vecino (Lawrence Hilton-Jacobs) dispuesto a hacer lo que sea necesario por su gente.
Dado que la policía hace poco y nada, el terceto conforma un improbable escuadrón para embarcarse en distintas misiones. Muy rápido queda claro lo sencillo que es conseguir las drogas: a la rapidez con que un médico escribe una receta le sigue el desgano de una farmacéutica con pocas ganas de hacer su trabajo. A partir de esta situación, la película de Spencer T. Folmar se corre del drama más íntimo de estos personajes y el retrato sociocultural sobre una comunidad en crisis hacia un terreno más propio del cine de venganza, con esos tres “justicieros” luchando sin más apoyo que sí mismos contra dealers y cómplices de un negocio tan redituable como letal.







