Si uno ingresa a Flow puede encontrarse con diversas series, integradas por distintos equipos artísticos y técnicos. Sin embargo, hay varias de ellas que tienen un nombre y un apellido en común: Mariano Hueter. A sus ficciones desarrolladas años atrás, como El mundo de Mateo e Inconvivencia, este año se sumaron tres títulos: El sabor del silencio, La mente del poder y Un león en el bosque. Ya sea como director, guionista y/o showrunner, en cada historia el realizador audiovisual ha transmitido una impronta personal que trasciende el paso del tiempo.

“La mente del poder”. La serie se sumerge en los entretelones de la política, ¿cuáles fueron tus referencias para la construcción de esta ficción?
Por un lado, las referencias reales. Yo laburé un poco en política, hice la campaña de algún político, la publicidad, así que conocía ese universo, también desde el lado de la cultura. Y después con parte de los creadores, que son Pablo Flores y Nicolás Mellino, decidimos tomarnos licencias y ficcionalizar el contexto y la dinámica política que nos servía a nosotros en la historia. Cuando empezó esta serie y nosotros poníamos a un outsider de derecha en el poder, y demás, Milei no era ni candidato. Entonces, hay algo de lo que está pasando en nuestra sociedad que se refleja casi intuitivamente en la serie, porque tiene que ver con nuestro contexto. Por ejemplo, cuando Mike Amigorena empezó a trabajar conmigo para interpretar al presidente nuestra referencia era Macron, ese era su physique du rol para buscar la cadencia, la manera de hablar, no estábamos mirando a alguien local para emular, de hecho, La mente del poder tampoco habla de partidos políticos. Después, hay muchas coincidencias con nuestra actualidad, es un poco lo que parecía que se venía gestando, lo que viene pasando en nuestro inconsciente, y se ve reflejado en la serie y en la sociedad.

Tanto en dicha ficción, como en las otras que llevaste a cabo, se hace hincapié en el interior de los personajes, en cuanto a sus pensamientos, sentimientos y ambigüedades, ¿qué valor le atribuís a la psicología de cada individuo ficticio?
En lo personal, me encanta la psicología. Soy un fanático no solo de la psicología como ciencia y estudio académico, sino por lo que significa la psiquis en una persona, y eso me hace pensar en cómo armar la complejidad de un personaje en una ficción. Muchos de ellos tienen esta dualidad que tenemos todos, no son llanos, son muy profundos. Además, recordando, en mi primera serie, Inconsciente colectivo, el protagonista era un psicólogo, en El mundo de Mateo, Martina Gusmán interpretaba a una psicopedagoga, en la película que todavía no estrené la protagonista es una psicóloga, y en La mente del poder Velázquez hace de un psicólogo y tiene sus propios problemas y traumas.

En “El sabor del silencio” se fusiona la política con la gastronomía, ¿qué te posibilitó retratar este otro universo?
Siempre pienso en los contextos que condicionan la historia. En El sabor del silencio es el contexto culinario, de un chef súper reconocido a punto de ganar su próximo premio y, en ese estadio, surge su parte más animal y la necesidad de hacer justicia por mano propia. Asesina a un comensal que se sobrepasa con su mujer, que es asqueroso y se cree impune, sin saber que ese cliente era un político candidato a presidente de la Nación. Entonces, eso hace que una persona acostumbrada a manejarse en cierto contexto, de repente, se vea alterada y tenga que convertirse en un experto en ocultar un cuerpo, ahí tiene sentido que sea chef y su manejo de los cuchillos, del freezer y de la temperatura.

Partiendo del título de dicha ficción, pero trasladado a tus producciones audiovisuales, ¿qué importancia le otorgás al silencio dentro de una escena?
Para mí, el silencio es muy importante en todas las series. Detesto sobre dialogar, que los personajes expliquen todo y hablen de todo. Las escenas son una pieza de un rompecabezas audiovisual, la acción genera una reacción y eso es lo que te cuenta qué le sucede a los personajes. Venimos de una cultura telenovelesca donde no hay mucha acción y reacción, sino diálogos contando todo. Vos podés contar que estás deprimido o triste, pero, para mí, es mucho más interesante ver, por ejemplo, cómo a una madre le tiemblan las manos mientras agarra el volante de un auto, sola, esperando que su hijo salga de la escuela, y no puede aguantar las ganas de llorar antes de ir a enfrentar un día en el colegio, porque sabe que a su hijo nadie lo quiere ver ahí. Eso, en Un león en el bosque, no lo digo nunca. Prácticamente la palabra autista no se dice, sin embargo, sabemos todos que estamos hablando de autismo y cuáles son los trastornos que tiene León, está puesto en escena. Ese es el trabajo más difícil a la hora de escribir un guion y, después, dirigir una serie. En la vida uno no se pasa explicando todo lo que le pasa, lo vive, le sucede. Si están todos los elementos que hacen falta para comunicar, cuanto menos decís, lo completa el espectador en su cabeza.

En “Un león en el bosque” no hay un abordaje idealizado del autismo, ¿cuáles fueron tus pilares para el correcto tratamiento de este trastorno?
La base de que no esté romantizado es común a todos mis trabajos. En este caso, yo tengo un sobrinito autista, en quien se inspira y se basa la serie. Lo que me llamó la atención cuando observaba a mi hermano era que no había un problema puntual que resolver en un momento dramático como el de cualquier película, sino que la vida se le había puesto cuesta arriba en general. Si no armaba equipo con su mujer y su familia se le iba a desmoronar el barco, me parecía interesante contar eso. En Un león en el bosque vemos cómo hay que tratar de seguir adelante contra viento y marea, el concepto de manada. Me pareció clave aborda la serie desde un lugar cero romántico, pero, al mismo tiempo, con un mensaje esperanzador y más bajado a tierra. Es una sumatoria de momentos con los que el espectador se puede sentir muy identificado.

Asimismo, se trata de un relato coral, donde se abordan las circunstancias de cada personaje…
Sí, un poco la idea de poner el punto de vista en cada uno de los miembros de la familia y de otra integrante, que es el personaje de Caro Kopelioff, era entender que más allá de lo que le pasa a cada uno de ellos todos estamos viviendo y peleando nuestra batalla, todos los días. En la serie también se ven las demás personas, que a veces no escuchan o no ven a León, que no se dan cuenta lo que le pasa, y dicen ‘tengo 25 chicos’, ‘a mí también se me complica’, ‘mi nena tiene esto’.  Es entender el problema que tiene cada uno en su vida: sea que no posee el jeep para dar clases de surf, que se droga y no tiene rumbo, que tiene un hijo con autismo, que se le está por acabar la vida porque tiene problemas cardíacos. El problema que cada uno tenga es el más importante para uno en ese momento. Un león en el bosque habla de la empatía, de que podemos poner un poquito la oreja y dejar de mirar para el costado. Me pareció súper interesante no centrarnos en una ‘ecuación’ donde León es un problema y la serie va a tratar de solucionarlo. De hecho, la serie no trata de solucionar nada, sino ir creciendo y contando que hay un mañana cada vez más lindo si uno le pone el hombro y la camiseta a una lucha.

Y hay una impronta poética que va desde el animal del título hasta el estado del mar…
La primera vez que hicimos un abordaje sobre la metáfora y lo poético muy contundente fue en El grito de las mariposas, que se filmó un poco en España y un poco en el Caribe. Una serie sobre la dictadura trujillista y la muerte de las Hermanas Mirabal, por ellas se conmemora el Día Internacional de la Eliminación de la Violencia contra la Mujer. A ellas las llamaban las mariposas, y las mariposas no gritan, despliegan sus alas y vuelan, si están gritando es por algo. En el paraíso, entre el mar, las palmeras y el calor, se vive un infierno, hay un contraste constante.

Respecto al significado del título Un león en el bosque, los leones viven en la jungla, no en el bosque, ¿qué hace uno ahí? Eso habla de un personaje que está descolocado, en un contexto que no está preparado para él. En la serie, en el medio de un lugar soñado, cerca del mar, con una familia casi perfecta, podés estar luchando contra un monstruo al que quizás nunca le puedas ganar. Y todo lo otro simbólico que tiene esta serie: las texturas, el agua, la conexión con la naturaleza, el tiempo, el lugar de la familia.

Una de las grandes cosas que se lamenta la gente antes de morir es no haber sido feliz, o no haber encontrado su lugar en el mundo, ¡dos cosas terribles! El mundo es una construcción simbólica, lingüística, que armamos los humanos. Pensar que estamos dejando a gente afuera de ese mundo que nosotros mismos construimos es terrible. Yo soy de los que piensan que el arte en general hace que el mundo terrible en el que vivimos sea un poquito más tolerable.

Cada proyecto te modifica, ya sea a nivel profesional y/o personal, ¿de qué manera considerás que te atravesó y marcó cada una de estas tres ficciones?
A cada cosa que hago le pongo muchísima pasión, cabeza y corazón, entonces siempre me atraviesan de distintas maneras. Me dejan una sensación de mucho placer y, al mismo tiempo, mucho agotamiento. Para mí, hacer una serie o una película es jugar un partido en la Selección. Si bien hice un montón de proyectos, nunca pierdo la sensación de que lo que estoy haciendo no es común. Cualquier persona que estudia dirección de cine no tiene la posibilidad de hacer una serie cuando quiere, todos los años. Un león en el bosque es mi onceava serie, entonces, aunque quizás puedo volver a hacer otra, la viví, en ese momento, como que no iba a poder y dejé todo en la cancha.

 Amo hacer esto y trabajo mucho de manera muy intensa, soy muy obsesivo y, de alguna manera, mi persona está reflejada en esos proyectos. El mundo de Mateo y Un león en el bosque me atraviesan más desde lo personal, el primero cuenta un poco de mi infancia y el segundo parte de la historia de mi familia mezclada con la mía, yo vivo en Valeria del Mar, por lo que viajo y vuelvo a Buenos Aires todo el tiempo, con la culpa de si estás o no con los chicos. En La mente del poder está un poco cómo perdí a mi padre, que fue muy parecido a como Marcos perdió a su mujer. En El sabor del silencio hay mucho de la dualidad, obviamente no de matar, pero si respecto a esta discusión de cuántas cosas uno sabe que están mal y se solucionarían tan fácil si a algunos hijos de put* los ubicaríamos donde tienen que estar, el mundo sería un lugar mejor, pero nunca hacemos nada, el sistema está armado para que no te metas.

Por lo tanto, siempre que surge un proyecto, sobre todo en los que estoy involucrado desde cero, hay algo muy personal en juego. Por suerte, y toco madera, no hice nunca uno que no tuviera ganas de contar, que no me atravesaran la temática o los personajes. Quizás el día de mañana, por cuestiones laborales, o lo que fuera, puedo agarrar un proyecto para tener que vivir, comer, o ganar dinero, pero todas las cosas que he hecho, que son bastante independientes en su gestación, son cosas por las que he luchado, historias que quiero contar.

En el balance de este año, me pasó algo muy lindo. En DAC (Directores Argentinos Cinematográficos) me reconocieron con el premio a la trayectoria, un premio que para los que somos directores es súper importante, y nunca pensé que me lo iban a dar a mis 35 años. Cuando pasaba el vídeo con fragmentos de mis producciones, era muy emocionante que estaba yo en la obra. Lo que hago te puede gustar o no, quisiera que te guste, pero estoy yo reflejado y atravesado, porque dejo la vida en esos productos, tengo una manera de contar muy propia. Eso para mí es lindo y espero que no se pierda nunca.