Hay algo en A Very Murray Christmas (2015) que me hace imaginar cómo sería la Navidad perfecta. Ese mismo espíritu dandy, a medio camino entre lo cool y lo desgarbado, entre el humor cínico y la ternura inesperada, entre el humo de un Cohiba y el piano que desafina pero suena justo bien. Sofía Coppola crea, en este especial, lo que sería el marco perfecto para una película de mi vida: la fusión entre el caos y la elegancia, el vacío y la nostalgia, la música y el silencio. La arquitectura, el nogal, la sastrería, y Nueva York como telón de fondo. Bien podría ocurrir en mi amado Alvear Palace.

La nieve cae en Nueva York como una sonrisa suave. El Carlyle Hotel se convierte en un escenario eterno, donde Bill Murray, con su caminar torpe y su sonrisa que nunca es del todo seria, nos regala momentos que parecen sacados de la mente de alguien tan cinéfilo y estético que podría ver en Murray a un John Cassavetes perdido en un mundo más amable, menos frenético, pero igual de preciosamente triste.

Porque la nostalgia vintage y cool es el corazón de este especial. Es una tristeza que no necesita lágrimas, solo canciones que conocemos de memoria y copas que se llenan sin prisa. Maya Rudolph canta “Christmas (Baby Please Come Home)” como si el mundo se desmoronara fuera del hotel, pero dentro de ese salón, por un instante, todo estuviera bien. Su interpretación no busca brillar, sino conmover. Phil Spector la escribió para eso, para que la Navidad se sintiera como un abrazo perdido en el tiempo.

Pienso en esa escena. ¿Qué haría distinto? Tal vez nada. Tal vez lo filmaría igual: con una cámara que observa sin juzgar, que ama los defectos y los convierte en arte. Una cámara que entiende la fragilidad humana como pocos, se pierde en este hotel con esa devoción que Coppola infunde en este icono navideño de la cooltura. Porque lo dandy no es solo un estilo, es una forma de resistir al tiempo, al desencanto, al ruido.

John Cassavetes entendió eso. Sus personajes siempre estaban al borde de romperse, pero nunca lo hacían del todo. Había en ellos algo que los mantenía erguidos, aunque fuera tambaleándose. Murray, en manos de Coppola, es un Cassavetes para esta era: un hombre que nunca está del todo bien, pero nunca está completamente perdido. Es el tipo que canta “Fairytale of New York” y, aunque no sea su mejor noche, lo hace porque no sabe cómo no hacerlo.

Con esa mezcla de humor negro y poesía urbana, con diálogos que parecen arrancados de un diario íntimo y personajes que no buscan ser héroes, solo ser. Este magnífico especial de Netflix, que siempre merece ser visto, es una Navidad donde la música de Phoenix suena en algún rincón, donde el frío se siente pero no duele, donde las luces no deslumbran, pero iluminan lo justo.

Sofía Coppola comparte algo que la hace única: esa capacidad de transformar lo cotidiano en sublime, lo mundano en inolvidable. El charme, el estilo, las ínfulas de Bogdanovich y Stillman en Metropolitan. En A Very Murray Christmas, Coppola crea un espacio que no es solo navideño, sino atemporal. Es un lugar al que volvemos no porque queramos, sino porque lo necesitamos.

Y ahí está Bill, como siempre. Cansado, brillante, eterno. La Navidad perfecta no existe, pero este especial se acerca. Es un recordatorio de que lo cool no es una pose, sino una verdad que duele y, por eso mismo, es hermosa. La mejor Navidad es la que queda suspendida entre la risa y el suspiro, entre la nieve que cae y las canciones que nunca olvidaremos.

Inolvidable Clooney. Por cierto.