Lo que inicialmente podía ser un vuelo por trabajo o vacaciones puede convertirse en un viaje trágico. Esta es la premisa de la historia “Pasternak”, perteneciente a Relatos salvajes (2014), el film escrito y dirigido por Damián Szifrón. En esta ficción, entre las pasajeras de la travesía aérea, se encuentran Isabel (María Marull) y la profesora Leguizamón (Mónica Villa). A diez años del debut de la película en la pantalla grande, y en el marco de su reestreno en salas, Marull y Villa recuerdan en EscribiendoCine sus experiencias en el rodaje y reflexionan sobre la conversión del largometraje en un fenómeno cinematográfico y social.  

¿Cuántas posibilidades existen de que todos los viajeros de un vuelo, de distintas generaciones, profesiones y orígenes, tengan una persona en común en sus vidas? ¿Una en un millón? Justamente esta singularidad es la que se presenta en “Pasternak”. Todo comienza cuando Salgado (Darío Grandinetti), un crítico de música clásica, interactúa con los demás pasajeros de la aeronave y descubre que todos, en diferentes circunstancias, conocieron a Gabriel Pasternak y de manera directa, o indirecta, hicieron que este hombre se sintiera dañado. Lo más preocupante surge minutos más tarde, cuando se enteran que el piloto, que se había encerrado en la cabina, es dicho sujeto y planea estrellar el vehículo.

Cabe destacar que Relatos salvajes es la película argentina más taquillera en la historia del cine nacional, ya que fue vista en salas por 3.940.000 espectadores. Asimismo, fue ovacionada en el Festival de Cannes y estuvo nominada al Premio Oscar. Obtuvo importantes reconocimientos nacionales, como 8 Premios Platino y 10 Premios Sur, y decenas de internacionales, como el Premio Bafta y el Premio Goya.

Si viajamos hacia sus primeros contactos con el film, ¿cómo fueron sus llegadas?

María Marull: No me acuerdo cuándo fue el momento en el que Damián me dijo si quería participar con ese personaje, pero supongo que me lo habrá ofrecido y le habré dicho que sí (risas). Un poco fui compartiendo con él todo el proceso: la escritura, me iba contando, leía algunos episodios… Como pareja, y como familia, yo ya estaba un poco inmersa en lo que era el proyecto en general.

Mónica Villa: Me llamó Szifrón directamente y me propuso este personaje, me contó que me imaginaba, que era muy chico, casi un cameo, en una historia breve y contundente, a lo que le respondí ‘¡Hago un cameo!’. Yo estaba re contenta por la convocatoria porque me gusta mucho Damián como director. Es un chico interesante que siempre tiene claro qué es lo que quiere hacer, a dónde quiere llegar, qué quiere decir, tiene mucho carácter -en el buen y verdadero sentido de la palabra-. Tiene ideas muy fuertes, humor, imaginación, entonces, me dio mucha felicidad trabajar con él. De hecho, Los simuladores fue una de las mejores series de televisión.

¿Cómo vivieron el rodaje? ¿Recuerdan alguna anécdota?

M.M: “Pasternak” me gusta mucho, tiene un guion muy redondo, y está buenísimo que suceda dentro de un avión. El rodaje lo hicimos en un avión que estaba en Ezeiza, en el área de los galpones, que no se estaba utilizando, y filmamos ahí con toda la magia que tiene el cine. Hay una parte en la que uno confía en el director, que es jugar a que estás arriba de ese avión en movimiento, pero sin estar en movimiento real, o llora e imagina que cuando mira por la ventana la aeronave se está cayendo. En teatro, todo transcurre en un tiempo más real, uno se mete dentro del relato y fluye, no hay tanto artilugio o imaginación de parte del actor, en cine, a veces, en el plano y en el contraplano uno tiene que hablarle, quizás, a alguien que no está ahí. En “Pasternak” me tocó compartir con un elenco hermoso y soñado. Lo recuerdo con mucha alegría, nos reímos mucho, en un clima de entusiasmo y celebración. Asimismo, Damián es un director en el que uno puede confiar y entregarse a su mirada plenamente; estoy muy en sintonía con su manera de trabajar, me gusta mucho.

M.V: Sí, realmente filmamos en un avión que estaba en tierra. No te podías mover mucho. Para algunas escenas sacaban los asientos, ponían las cámaras, después volvían a poner los asientos, quitaban los de adelante, ponían ahí las cámaras. Era complicado, estábamos comprimidos. Fue una experiencia interesante desde ese punto de vista, y desde la dirección Szifrón pide a los actores con claridad.

¿A qué atribuyen la trascendencia espacial y temporal del largometraje?

M.M: La película tiene algo universal, por más de que esté filmada en escenarios argentinos y en paisajes divinos. Se muestran cosas que tienen que ver con la cultura nuestra, como lo de la grúa. Y creo que, como pasa con las buenas obras de arte, tiene capas que resuenan en todas partes del mundo. Relatos salvajes habla de lo que es llegar al límite con algunas pequeñas injusticias, o sensaciones cotidianas, digamos, qué pasa si uno no reprime cierta cosa, o dejamos fluir cierto costado más animal o genuino, no tan educado o encorsetado, por cuestiones que no corresponden hacer, por supuesto. El filme tiene mucha sinceridad, en ese sentido. Y que haya trascendido tantos años siento que es porque la gente se identifica. A su vez, tiene mucho humor, amor, suspenso, entonces el público celebra la espectacularidad de un cine generoso en cuanto a que lo mirás y pasás por todas las emociones.

En cuanto a Damián, más allá de su talento y amor por el cine, está su trabajo, el tiempo que dedica a imaginar, escribir y adentrarse en cada historia, a pulirla, editarla y musicalizarla. Es un trabajo artesanal dentro de un proyecto industrial. Verdaderamente está en todos los detalles, con una pasión admirable, es como un chico cuando juega en serio. Lo tengo en casa y lo veo trabajar día y noche. Eso se ve en el resultado del producto, y lo hago extensivo a toda la gente que trabaja en el cine argentino, que pone el corazón y horas y horas de trabajo para que el trabajo quede bien y salga en la medida en que se soñó.

M.V: Considero que, en Relatos salvajes, como lo dice el título, se retratan cosas muy violentas de nuestra sociedad, que ahora están a flor de piel, por eso la vigencia. Hay una violencia en la sociedad argentina, una enorme intolerancia que se viene arrastrando, no es que aparece ahora, de hecho, Szifrón filmó esta película hace 10 años. Y los artistas, como decía Tennessee Williams, son el sistema nervioso de la sociedad. El artista percibe un estadio o cosas en la sociedad y lo plasma en su obra. Szifrón lo plasmó en Relatos salvajes.

Una sociedad en la que no nos podemos comunicar con la palabra, no podemos llegar a un acuerdo, no podemos convivir ni ver qué es lo mejor para uno y qué para otro, y negociar el bienestar de uno y otro, es como imposible en este momento. Es un llamado de atención, ‘Señores, nos está pasando esto, hagamos algo, bajemos los decibeles’. Porque hay mucha buena gente en la República Argentina, que necesita vivir en paz y necesita atención, entonces, bajemos las pilas y concentremos la energía en las cosas que valen la pena.

Por otro lado, recuerdo que cada vez que subo a un avión me dicen ‘¡No está Pasternak!’. ¡Hasta en China! Cuando fui a trabajar allí hace unos años, mis alumnos habían googleado todo y habían visto la película, por dos motivos, porque trabajaba yo y, además, amaban a Darín. Me preguntaban, ‘¿Y Pasternak, profesora?’. Yo no entendía de qué me hablaban, estaba en otra, en otro país, y era de Relatos salvajes, ¡mirá hasta dónde viajó la película!

No es solo cine, es cine argentino. Como actrices -y espectadoras- de la industria audiovisual, en la actualidad, ¿qué valor le otorgan a la cinematografía nacional?

M.M: Relatos salvajes es un reflejo del cine que se hace en Argentina, no me parece una excepción. El cine argentino forma parte de nuestra cultura, de nuestra idiosincrasia, de quiénes somos. Es algo que, por supuesto, hay que cuidar, porque es un valor en sí mismo, más allá de si la película ‘funciona bien’ o ‘funciona mal’. Hay películas como Relatos… que han tenido la fortuna de tener ese recorrido, y hay otras que no lo han tenido y son igual de valiosas, ya que forman parte del patrimonio cultural de nuestro país.

M.V: Es nuestra identidad y habla de nosotros, que es lo que necesitan todos los pueblos, por eso cada país tiene su cine, que habla de su gente. Hay películas que trascienden la frontera y abordan temas más universales, incluso Esperando la carroza. En China también gustó mucho, yo les preguntaba con qué se identificaban ellos, si tratan bien a los ancianos, y me respondieron ‘con la hipocresía familiar, acá es igual, nos odiamos todos’.

Creo en la importancia de un Instituto Nacional de Cinematografía, para que fomente el cine nacional. Desde el Estado se tiene que fomentar, otorgando préstamos, que después se tienen que devolver. Las más grandes películas de la historia del cine argentino se hicieron con préstamos que después se devolvieron. Y si en los últimos años hubo problemas, de fraude o lo que sea, bueno, que se haga una investigación y se sanee toda esa parte, pero eso no es motivo para cerrar una institución tan importante para el cine nacional. Desde mi humilde lugar, pido que se revean estas medidas, no nos pueden dejar sin Instituto de Cine. En este momento, cuesta un esfuerzo económico enorme hacer una obra en cooperativa en teatro independiente, que antes era cotidiano para el actor, imagináte en el cine, con lo que cuesta el alquiler de los equipos. Tiene que haber un fomento del cine nacional.