De los ritmos y sonidos populares de Argentina, sin duda la expresión histórica y máxima es el tango, además de sinónimo de la música ciudadana. Y entre sus filas artísticas, más allá de algún destacado instrumentista o de un gran cantor o una gran cantora, es la formación grupal lo que más distingue a este ritmo. Léase, la orquesta típica. Y especialmente en las décadas del 40, 50 y 60, esas agrupaciones sobresalían y se reconocían a partir del nombre de su conductor/ compositor, ya fuera un pianista, bandoneonista, violinista o simplemente director de orquesta. Entre las más recordadas figuran las de Juan D’Arienzo, Osvaldo Fresedo, Francisco Canaro (que era uruguayo), Aníbal Troilo, Mariano Mores y Héctor Varela. Y, obviamente, la Orquesta de Osvaldo Pugliese.

Don Osvaldo, Maestro de maestros fue (es) sin duda una figura que trascendió a las orquestas propiamente dichas, a la música, y al tango. Su figura atraía de por si con una personalidad de padre, bonachón, equilibrado, chistoso, luchador y sobre todo, justiciero. Osvaldo Pedro Pugliese nació el 2 de diciembre de 1905 y falleció el 25 de julio de 1995 en Buenos Aires. Porteño de Villa Crespo desde la médula, estuvo casado con quien fue su compañera por más de veinte años, Lydia Elman. Todo muy familiero. Por eso este respetuoso y querible documental arranca con la voz, la imagen y la palabra de Carla Pugliese, su nieta, que comienza contando sobre su abuelo, en off y en cuadro a cámara. Ella es pianista y bandoneonista. Y junto a su madre Beba Pugliese, la hija del maestro también pianista y compositora, han abierto el arcón de fotos, recuerdos, archivos, documentos y memoria, por primera vez para todos. Para el pueblo, como diría Don Osvaldo.

Los tres responsables de la dirección del film, Maximiliano Acosta, Santiago Nacif, y Lola Winer, han resuelto con el montaje mediante de Gabi Jaime, muy sabiamente transitar los comentarios y narraciones de los consultados de una manera muy amigable. Cuando un entrevistado está hablando, compagina la imagen de otro ya entrevistado o que volverá a aparecer en la imagen: pensativo, haciendo algún gesto, sonriendo. Como si estuviera presente escuchando las acotaciones del otro músico.

El desfile y las anécdotas son incesantes y muy sabrosas. Y así van apareciendo e intercalándose más de una vez, varios de sus músicos y compañeros. Víctor Lavallén (bandoneonista entre 1958 y 1968), Abel Córdoba (cantor 1964 a 1995).

Amílcar Tolosa (contrabajista 1978-1989), Diego Lerendegui (violinista 1983-1995). Patricio Villarejo (chelista 1986-1995). Y mención aparte la de Rodolfo Mederos (bandoneonista 1969-1974), quien tiene en su decir, en su sentir y en su pensamiento las frases más potentes y significativas. Como ejemplo: “Debo confesar, que yo en ese momento no sentí un gran entusiasmo, porque no era un estilo –el de Osvaldo- el que más me impactaba. Me llevó un tiempo estando en la orquesta, comprender el mundo fantástico que era esa estética. Lo que implicaba para un músico, la interpretación de eso, de una frase. Me sorprendí mucho al comprender que en realidad lo que sonaba era muy ajeno a lo que estaba escrito. No porque lo que estuviese escrito estuviese mal, sino porque se demostraba que la verdadera música siempre está muy lejos de lo que está escrito”. U otro como este: “Conducir un grupo humano implica un grado de experiencia, de sensibilidad, de imaginación  y de percepción muy alta. Esto no  muchas personas lo tienen. Osvaldo si lo tuvo. Jamás gritó. Siempre se manejó con nosotros con un gran respeto y un cariño muy grande. Todo el mundo tenía voz y voto. El coordinaba todo. Nuestro jefe era el público, trabajábamos para ellos”.

Y a través de ellos nos enteramos –por si alguien no lo sabía- que Don Osvaldo era exigente. Pagaba muy bien y con él  formaban como una cooperativa, y había un puntaje. Además más allá de que su música y estética era la propia, todos participaban en ofrecer ideas. Y él tomaba las ideas de todos. Todos proveían y él era el modelador de esas ideas. Era estar con un grande. Abel Córdoba, su cantor por más de 30 años, recuerda así cómo se percibía a ese grupo: “Era la orquesta número Uno. No lo podía creer. Estar en la orquesta de Pugliese era como jugar en Boca o en River”.

Hablan también amigos íntimos de Pugliese como Oscar del Priore, Natalio Etchegaray, y Luis Brandoni. Pero a los recuerdos de su vida y obras, finalmente el film llega a la justificación de su título, San Pugliese. Es que el querido pianista y compositor siempre fue considerado por sus colegas contemporáneos, pero más actuales, como una especie de ser que produce y provoca buenos sentimientos, augurios de bienestar y de ser un amuleto contra todas las dificultades. Muchos de ellos invocan su nombre, cuelgan su rostro en sus oficinas, en las salas de ensayo o guardan su estampita en la billetera. Por un lado Sebastián Bianchini, bajista de Árbol es el creador del pin amarillo con la cara de Pugliese y del tema “Suerte”. Y seguramente el más popularizado es el pedido de León Gieco, quien siempre invoca tres veces su apellido y en su tema “Los Salieris de Charly” dice en repetidas estrofas: “Siempre mencionamos a Pugliese”. 

Y el creador de la estampita San Pugliese, fue Carlos Villalba, músico y gestor cultural quien a su vez le solicitó al poeta, músico y dramaturgo Alberto Muñoz (quien también integró la agrupación M.I.A -Músicos Independientes Asociados-) que escriba el texto (la oración) que aparece en la estampita de San Pugliese. Y dice esto: “San Pugliese: protégenos de todo aquel que no escucha. Ampáranos de la mufa y de los que insisten con la patita de pollo nacional. Ayúdanos a entrar en la armonía, e ilumínanos para que no sea la desgracia la única acción cooperativa. Llévanos con tu misterio hacia una pasión que no parta los huesos. Y no nos deje en silencio mirando un bandoneón sobre una silla”.

Osvaldo Pugliese fue muy perseguido por Perón. Estuvo preso un mes en un barco, frente a la Isla Martín García. “Gracias por saber perdonar”, le dijo el General en 1972. Y también fue hostigado por las dictaduras militares. En 1987 se conocieron Pugliese y Astor Piazzolla. Y recién tocaron en el mismo concierto en 1989. Viajó varias veces a Cuba y el 28 de noviembre de 1992 tuvo su última entrevista con Fidel Castro (a quien en 1975 le había compuesto “Milonga para Fidel”). Tuve el gusto y honor, por mi trabajo como periodista, de ir una tarde a la casa de Pugliese sobre la Av. Corrientes al 3700, para ir a buscar un texto suyo y unas fotos para publicar en un programa de mano de un próximo concierto en el Teatro Coliseo. Al entrar al departamento me recibe Lydia y me conduce directamente a la cocina. Allí me encuentro y saludo con el Maestro que estaba en musculosa y pantalón piyama, entre algún  mate, y jugando a las cartas con un muchacho muy joven. Y por supuesto ganó. Es que a él no le gustaba nunca perder al truco, una de sus pasiones. Luego de elegir las fotos, Pugliese me lleva hasta una habitación contigua. Allí estaba una especie de pequeño Museo Pugliese. Cuadros, fotos, diplomas, copas, premios, libros, revistas, infinidad de artículos y regalos. Una memorabilia cuasi completa de su vida, de su obra y de sus viajes. Imborrable.

San Pugliese, la película codirigida por Maximiliano Acosta, Santiago Nacif, Lola Winer, con un gran trabajo e investigación del primero, además de guionista; es un testimonio, más que de un talento como músico, compositor, instrumentista y director de orquesta; es un acto de devolución de amor, amistad y hechos humanos de una familia, de amigos y compañeros de andanzas, hacia un ser entrañable, sincero, sencillo. Como el placer de escuchar su inigualable clásico, “La Yumba” –un verdadero himno nacional, registrado el 30 de abril de 1947. Pugliese trae suerte, dicen las buenas lenguas. “Pugliese, además de ser un icono del tango es para mí un emblema mítico”, expresa León Gieco. Como le cantaban los que lo adoraron, y más allá de fanatismos, uno no puede dejar de repetir esa frase emblemática: Arena, cemento. Pugliese un monumento.