Hace unos días recibí una carta de María. No la conozco pero me emocionó profundamente porque me llegó justo en una tarde en que la necesitaba. La noche anterior había asistido por Zoom al taller de escritura de los lunes, del que soy alumna desde hace más de siete años, y había presentado un texto malo, mal pensado, mal argumentado, como seco, que horas después aún estaba angustiada por lo hecho y ya había comenzado a hacerme esas preguntas que me hago cuando me confundo con esto y con todo: ¿vale la pena que me siga esforzando?

En los días en que me cuestiono por completo me acuerdo en particular de mis amigas Bárbara y Paula, cuerpo espigado, cabello peinado hacia atrás en una cola de caballo estricta, pómulos en su lugar, como la mirada, la primera; y la otra, esos ojos que solo ella consiguió, que parecen piezas de fantasía, algunas pecas en el rostro blanco y una boca fina y tímida, que a veces calla porque no puede o no se anima. Las dos son psicólogas y por eso las pienso, para sentirme aún más devastada, porque yo escribo por mí, para mí, para entender, para saber. Cada palabra que pongo en un texto es una duda que me saco de encima o una certeza que me oprime el pecho, que destroza el orden que había conseguido para quedarme tranquila. Pero ellas no son así. O tal vez un poco también pero primordialmente son dos mujeres que todos los días intentan que chicos y chicas, porque ambas trabajan con infantes y adolescentes, se sientan mejor, se entiendan, se desprendan de la angustia y dejen de confirmar que la vida tiene demasiado de tragedia para llamarse así. Yo las admiro por eso. Y después me enojo conmigo por vanidosa.

La carta que me envió María es bella. Llegó además con cuatro libros y un estuche de jabones perfumados preciosos, tallados con el rostro de una mujer de otro tiempo, todas reliquias. María, en mi cabeza coqueta y decidida, escribió la carta en junio y el mes lo consignó en números romanos, eso fue lo primero que leí. Su letra manuscrita es correcta y alargada y en el papel sin renglones verde que eligió para el mensaje me contó que tiene 82 años, que su hombro derecho suele provocarle dolores, que estos libros se los había comprado a una conocida que vendía tomos que su tía le había dejado al morir y que los había adquirido porque están escritos en inglés y quería practicar el idioma. Pero luego, según su relato, cambió de opinión debido a cuestiones de gusto y entonces pensó en mí y me los mandó porque, la cito, mis artículos la deleiten. Qué vergüenza. Eso fue lo lindo. Creer, aunque sea por un instante, que mi escritura no es solo egoísmo.

Y me alegré, del mismo modo en que me alegro durante las mañanas de encierro en medio de este caos general pero por sobre todo tan propio, tan imbatible y cierto, en las que se acerca al balcón de casa un pajarito pequeño y con barriga de muñeco de peluche al que junto a Ezequiel le pusimos de nombre Almendrita porque de tanto regresar le dejamos allí, entre nuestras plantas, unas galletas de almendra que no nos habían gustado para que comiera. Me alegré porque hay algo en esto que me alienta, como si se tratara de gestos. De gestos de fe, pese a que no sé de qué fe hablo porque yo no tengo fe, no pude, no vino conmigo, no me la dieron. Pero eso parece. Una especie de señal absurda y cancelable que me hace imaginar que a veces las cosas se conectan en momentos en los que creo que me estoy equivocando, que lo mejor es convencerme por fin de que debo seguir buscando el rumbo porque este que persigo no es. Son gestos que llegan para decirme no, esperá, aguantá, es por acá, tenés razón, seguí. Seguro se trata de un gran engaño pero igual me aferro. A esta idea, al pajarito y a la carta de María. Son mi consuelo.

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