Con la invención de la imprenta los libros se volvieron populares y poco a poco el lenguaje hablado empezó a incorporar giros y voces provenientes de la letra impresa. Así es como ponemos punto final a una cosa, dándola por terminada definitivamente, o hacemos un punto y aparte para cambiar de tema. Quien deja sin terminar una actividad pone unos puntos suspensivos, y quien es muy minucioso y escrupuloso no olvida los puntos sobre las íes. Porque lo importante al tratar con otras personas es hacer buena letra. Si se quiere hablar de un tema secundario, conviene hacer un paréntesis. Para dar énfasis hay que subrayar o poner el acento. O bien usar mayúsculas: «Zutano es un amigo con mayúsculas». Párrafo aparte merece hablar de un tema nuevo. El más curioso de los usos verbales de la tipografía serán quizás las comillas. Cuando se le quiere dar un sentido especial a una palabra hay que proceder así: levantar ambas manos a la altura de los hombros, extender hacia el frente los dedos índice y medio de cada mano, y mover dos veces y de manera sincronizada los cuatro dedos, hacia arriba y hacia abajo. Basta con hacerlo antes de la palabra. «Zutano es un (aquí el gesto) genio». Es curioso porque se supone que las comillas sirven precisamente para transmitir visualmente una cierta inflexión especial de la voz. Del habla pasaron al texto y del texto volvieron al habla. 

(En la imagen: el doctor Evil habla con sus secuaces sobre sus planes para conquistar el mundo. En Austin Powers: International Man of Mystery, de Jay Roach, 1997.)