Después de una comida copiosa, muchas personas buscan hacer algo activo para «ayudar» a la digestión. Pati Peguero, profesora y formadora de yoga en Clubs DiR, avisa desde el principio de que el instinto suele ir en la dirección equivocada: «El principal error es pensar que cuanto más intenso sea el ejercicio, mejor funcionará la digestión. Ocurre justo lo contrario». Después de comer, el cuerpo necesita calma para dedicar energía al proceso digestivo, y una práctica exigente compite directamente por esos recursos.
Las torsiones suaves de columna son de las herramientas más eficaces para digestiones lentas. «Especialmente tumbado boca arriba, ya que generan una ligera presión y movilización sobre el abdomen que favorece el trabajo natural del estómago y el intestino», explica Peguero. También ayudan los movimientos lentos de acercar y alejar las rodillas del pecho, siempre coordinados con la respiración, porque producen un suave masaje sobre los órganos digestivos.
El beneficio real, sin embargo, no está solo en el movimiento. «La práctica consciente, combinada con la respiración y la relajación, activa el sistema nervioso parasimpático, directamente relacionado con una buena regulación del aparato digestivo», señala Peguero. Al activarse el nervio vago y reducirse el estrés, mejora la movilidad intestinal y las secreciones digestivas, y todo el proceso se vuelve más eficiente.
El error de querer «activar el fuego digestivo»
Es habitual recurrir a movimientos rápidos del abdomen pensando que así se estimula la digestión. «En ese momento lo más recomendable es optar por movimientos lentos, suaves y sincronizados con la respiración, ya que son los que favorecen la activación del sistema parasimpático y permiten que la digestión siga su curso de forma natural», explica Peguero. La velocidad, en este caso concreto, juega en contra.
Cuando el yoga se convierte en un hábito, como se impulsa en las clases de Clubs DiR, sus beneficios van más allá de la sesión puntual. «Se promueven factores clave para la salud digestiva, como el descanso, la gestión del estrés, la hidratación y una alimentación más consciente», señala Peguero. La digestión mejora no solo por lo que se hace justo después de comer, sino por el conjunto de hábitos que la práctica regular termina arrastrando consigo.
Qué hacer justo después de comer
Lo primero es esperar. «Lo primero es dejar pasar entre 20 y 30 minutos antes de realizar cualquier práctica. Una vez transcurrido ese tiempo, la actividad debe ser muy suave», explica Peguero. La respiración recomendada es la diafragmática o abdominal, dejando que el abdomen se expanda al inspirar y vuelva suavemente al exhalar, con exhalaciones largas y lentas que ayudan a activar el sistema parasimpático.
En cuanto al movimiento, no hace falta complicarse. «Bastan gestos sencillos como torsiones suaves tumbado boca arriba o pequeños balanceos llevando las rodillas de un lado a otro o acercándolas ligeramente al pecho», detalla Peguero. El objetivo no es hacer ejercicio, sino crear un estado de relajación que facilite el trabajo del aparato digestivo.
Si tuviera que resumir en una sola frase qué rescata una digestión pesada en verano, Peguero lo tiene claro. «La mejor ayuda para una digestión pesada no es un movimiento intenso, sino una respiración diafragmática lenta acompañada de una torsión suave tumbado boca arriba: calma el sistema nervioso y permite que el cuerpo vuelva a digerir con normalidad», afirma.
Después de los excesos típicos del verano, comidas más copiosas, horarios cambiados, cenas tardías, este tipo de práctica ofrece un recurso sencillo y accesible que no exige esterilla especial ni mucho tiempo. Veinte minutos de calma consciente, con la respiración adecuada y un par de movimientos suaves, pueden marcar la diferencia entre arrastrar la pesadez toda la tarde o dejarla atrás con naturalidad.












