Patricia Martín

Hace tiempo que Dani Fernández (Alcázar de San Juan, Ciudad Real, 1991) dejó de ser una promesa para convertirse en uno de los nombres imprescindibles del indie pop español. En octubre afrontará el mayor reto de su carrera hasta la fecha: cuatro conciertos consecutivos en el Movistar Arena de Madrid, un hito reservado a muy pocos artistas nacionales.

Antes de subirse al escenario, hablamos con él sobre el camino que le ha traído hasta aquí, la presión de una industria que parece no permitir pausas, el prejuicio de haber formado parte de una boy band, la vulnerabilidad como motor creativo y esa idea del éxito que, con los años, ha aprendido a redefinir.

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MUJERHOY. Lo primero, enhorabuena por llenar cuatro Movistar Arena. Hace unos años era un sueño y ahora es una realidad. ¿Cómo está viviendo este momento?

DANI FERNÁNDEZ. La verdad es que todavía me cuesta creérmelo. Cuando has tenido un proyecto como el mío, que ha ido creciendo poco a poco, empezando en salas pequeñas y ganándote al público concierto a concierto, llegar a hacer cuatro recintos como este es algo difícil de explicar. Lo más emocionante es comprobar que pasa una gira más y la gente sigue ahí, conectada contigo. Eso es lo que realmente tiene valor.

Llega a estos conciertos después de un parón obligado por la lesión que sufrió en un concierto en Valencia. En una industria donde parece que siempre hay que estar de gira o sacando temas, ¿cómo se siente al tener que parar?

Lo más difícil fue que no entraba en mis planes. Yo ya había decidido parar en octubre porque necesitaba descansar después de muchos años seguidos de conciertos. Pero ocurrió justo en un momento en el que estaba disfrutando muchísimo de la gira y me encontraba muy bien encima del escenario. Fue un accidente: me tropecé con un cable. Lo peor fue asumirlo. Pensar en, si al volver, todo estaría igual y la gente seguiría queriendo venir a mis conciertos. También me dolió tener que aplazar fechas porque sé el esfuerzo que hacen muchos para venir a verme.

¿Durante esas semanas descubrió algo de sí mismo que probablemente no sabría de haber seguido con la gira?

Me di cuenta de que vivimos con la sensación de que no podemos parar porque creemos que la gente se olvidará de nosotros. Y no es verdad. Cuando conectas de verdad con el público, ese vínculo sigue ahí aunque pase el tiempo.

Sus canciones hablan de sus emociones más intimas y, sin embargo, muchísima gente se siente directamente interpelada. ¿Cómo se consigue eso?

Ni yo mismo lo sé. Cuando escribo nunca pienso en intentar llegar a la gente. Simplemente cuento mi verdad. Creo que las cosas que nos pasan son mucho más universales de lo que pensamos: todos hemos sufrido, nos hemos enamorado o hemos perdido a alguien. Cambian las historias, pero las emociones son muy parecidas. Supongo que la clave está en contar las cosas con la suficiente honestidad para que quien las escuche pueda hacerlas suyas.

Existe la idea de que las mejores canciones nacen del dolor. ¿La comparte o cree que es un mito romántico?

¿El desamor inspira? Sí, probablemente. Pero no porque las mejores canciones salgan del sufrimiento, sino porque cuando estás pasando un mal momento necesitas hablar, desahogarte, sacar lo que llevas dentro. Cuando estás enamorado, muchas veces te guardas esas emociones para ti. En cambio, cuando estás roto, además de que tienes más necesidad de escribir, aparecen la rabia, la tristeza, la frustración… Hay muchos más sentimientos de los que tirar.


Dani Fernández


GETTY IMAGES

Durante mucho tiempo se ha resumido su carrera como un paso del pop al indie. ¿Fue un cambio de rumbo consciente o simplemente el camino natural hacia la música que siempre quiso hacer?

Nunca he sentido que hiciera un cambio de rumbo; simplemente empecé a hacer las canciones que necesitaba hacer. Es verdad que bandas como Supersubmarina, Vetusta Morla o Love of Lesbian me inspiraban muchísimo, pero nunca pensé que acabaría acercándome a ese público. Muchos lo veían imposible. Venía de Auryn y existía el prejuicio de que un chico de una boy band nunca podría tocar en festivales o llegar a otro tipo de público. Al final seguí haciendo las canciones que me nacían y hoy vas a mis conciertos y ves varias generaciones compartiendo el mismo espacio. De ese camino me siento muy orgulloso.

Ha vivido dos momentos muy distintos en la industria musical: el de Auryn y el actual. Cuando compara ambos, ¿qué considera que ha cambiado para mejor y qué asignaturas piensa que siguen pendientes?

Hay una cosa que no ha cambiado y me parece maravillosa: el público. Muchas veces desde la industria se trata a la gente como si no supiera de música, cuando creo que ocurre justamente lo contrario. El público sabe perfectamente cuándo una canción conecta con él, le llega, y cuándo no. Lo que sí echo de menos es la relación con los discos. Cada vez consumimos más canciones sueltas y vivimos demasiado pendientes de las redes sociales. Yo sigo disfrutando de comprar vinilos y de escuchar un álbum entero y me da pena pensar que muchas canciones maravillosas hoy tendrían menos espacio porque no fueron un single.

Alcanzó la fama muy joven, ¿qué le evoca el Dani de entonces?

Me produce mucha nostalgia. Echo de menos su forma tan inocente de entender la música. Entonces sólo soñaba con dedicarme a esto. Ahora también es un trabajo: tienes responsabilidades, un equipo, una familia… Mentíría si dijera que los números no están también en mi cabeza. Por eso, cuando miro atrás, siento un poco de envidia de aquel Dani que sólo pensaba en hacer canciones y no se preocuba por lo demás que hay alrededor.

En estos años, ¿ha cambiado su concepto del éxito? ¿Qué significa hoy para usted triunfar?

Creo que fue precisamente cuando terminé Auryn cuando empecé a entender qué era el éxito. Hasta entonces pensaba que tenía que ver con la fama o con llenar recintos, pero cuando todo cambia, te das cuenta de que eso no basta. Para mí el éxito es mantenerte. Tener ochenta años y seguir queriendo hacer música. Que la gente siga yendo a tus conciertos y escuchando tus discos. Eso es muchísimo más difícil que llenar un estadio una vez. Por eso hablo muchas veces del deséxito. Cuando dejas de estar arriba del todo. Ese descenso puede ser muy peligroso si has entendido mal lo que significa triunfar. Hoy el éxito es mi familia, la gente que me quiere y las personas que siguen emocionándose con mi música.

En sus canciones habla mucho de emociones, de inseguridades y de fragilidad. ¿Cree que los hombres de su generación están perdiendo el miedo a hablar de sentimientos?

Creo que todo depende de cómo te hayan enseñado a entender las emociones. Yo siempre he sido muy sensible y en mi casa nunca escuché aquello de que «los hombres no lloran». Mis padres me dejaron ser quien era y eso me ha dado mucha libertad. Pero también es verdad que mi generación ha tenido que desaprender muchas cosas. Vengo de un pueblo de 30.000 habitantes donde crecimos normalizando ideas que con el tiempo he tenido que revisar. El machismo o la homofobia estaban muy presentes y todos hemos tenido que evolucionar. Mostrarte vulnerable nunca debería interpretarse como un signo de debilidad. He llorado muchas veces encima de un escenario y eso sólo demuestra que lo que está ocurriendo es verdad. Al final, emocionarte, llorar o decir lo que sientes no te hace más débil: te hace más humano.

Después de todo lo que ha vivido —el éxito, los tropiezos, la lesión—, ¿qué espera seguir sintiendo cada vez que se suba a un escenario?

Espero seguir sintiéndome orgulloso de la música que hago. Seguir emocionándome cuando canto y seguir conectando con el público y con las historias que cuentan mis canciones. Todavía hay temas que me recuerdan a personas importantes de mi vida y sigo emocionándome al cantarlos. El día que deje de sentir todo eso dejará de tener sentido seguir haciendo canciones o subirme a un escenario.

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