
viernes 31 de julio de 2026
Kevin Hart protagoniza 72 horas (72 hours, 2026), una comedia sobre la inmadurez disfrazada de choque generacional.
Para conectar con las campañas de su empresa orientadas al público joven, Joe (Kevin Hart), un exitoso publicista, decide sumarse a la despedida de soltero de uno de sus empleados veinteañeros. Lo que comienza como una estrategia laboral pronto se transforma en una experiencia que lo obliga a enfrentar sus propias inseguridades y su resistencia a crecer.
La premisa es prometedora: utilizar el humor para explorar la desconexión entre quienes transitan los cuarenta y una generación marcada por nuevos códigos culturales. Sin embargo, la película opta por el camino más fácil. Los chistes giran alrededor de hábitos considerados «anticuados» frente a costumbres contemporáneas, reduciendo el conflicto a una sucesión de estereotipos donde aparecen el bullying, el machismo y el racismo por un lado, y la corrección política llevada al extremo por el otro. Aunque algunas situaciones consiguen provocar una risa ocasional, el humor termina reforzando esas posturas en lugar de cuestionarlas.
En paralelo, la historia desarrolla el conflicto sentimental de Joe. Su pareja espera una propuesta de matrimonio, pero él, absorbido por las exigencias del trabajo y obsesionado con mantenerse vigente, prioriza sin dudar la despedida de soltero. De ese modo, la aventura generacional se combina con un relato de aprendizaje en el que el protagonista debe asumir las responsabilidades que ha venido postergando.
72 horas queda así a mitad de camino entre una comedia inteligente sobre las tensiones entre generaciones y el clásico relato de maduración personal. El problema no reside en los temas que aborda, sino en la forma en que los desarrolla: con personajes esquemáticos, conflictos previsibles y una mirada excesivamente convencional. Lo que podría haber sido una sátira aguda sobre los excesos de ambos mundos termina convirtiéndose en una sucesión de lugares comunes. Como el protagonista, la película confunde inmadurez con espontaneidad. La diferencia es que su verdadero problema no es generacional, sino narrativo.








