Los libros de biología marcan que 27 años es el tiempo exacto que tarda una generación en renovarse por completo. Ese mismo período, y un año más, fue lo que necesitó Austria para volver a encontrar su nombre en el mapa de una Copa del Mundo. Desde aquella participación en Francia 1998, el fútbol austriaco se había convertido en un actor secundario y nostálgico del continente europeo.

Sin embargo, su regreso a élite no nació de una camada espontánea ni de una generación dorada. Detrás de su octava participación mundialista existe una historia que mezcla planificación, marketing y millones de euros. Se trata del «laboratorio Red Bull«, una maquinaria que se sumergió en el fútbol y, sin quererlo, terminó produciendo talento, entrenadores y un estilo de juego que, tras dos décadas de funcionamiento, empujó indirectamente a Austria hacia una nueva Copa del Mundo.

Para entender cómo la nación europea pasó de mirar los Mundiales por televisión a compartir el Grupo J con Argentina en la edición 2026, hay que remontarse a 2005. Ese año, la empresa austríaca de bebidas energizantes decidió desembarcar de lleno en el fútbol mediante la compra del Austria Salzburgo. Lo rebautizó como Red Bull Salzburgo, modificó su identidad visual y convirtió al club en el punto de partida de una red global que más tarde se expandiría hacia Alemania (RB Leipzig), Estados Unidos (New York RB), Japón (Omiya Ardija) y Brasil (RB Bragantino).

Bajo esa sintonía, poco a poco, pese a que el objetivo de Red Bull nunca fue fortalecer a la Selección austríaca, sino construir clubes competitivos, desarrollar activos deportivos y expandir una marca global, la apuesta empresarial terminó generando una consecuencia inesperada: que 20 años después, buena parte de la base futbolística de la Austria que volvió a un Mundial nació dentro de ese mismo ecosistema.

Austria cuenta con nueve de 26 jugadores influenciados por la filosofía de Red Bull. Foto: REUTERS/Lisa Leutner.

Los resultados aparecen a simple vista al repasar la lista mundialista. Nueve de los 26 futbolistas convocados por el Wunderteam pasaron por algún eslabón de la estructura Red Bull. Es decir, prácticamente uno de cada tres integrantes del plantel fue formado, desarrollado o potenciado bajo una misma escuela futbolística. Se trata de los arqueros Patrick Pentz y Alexander Schlager; los defensores David Affengruber y Alexander Prass; y los mediocampistas Konrad Laimer, Nicolas Seiwald, Xaver Schlager, Marcel Sabitzer y Romano Schmid.

La fórmula fue tan simple como ambiciosa: captar jóvenes talentos, desarrollar una identidad de juego común y construir una red capaz de acompañar el crecimiento de los futbolistas. La premisa era que todos los equipos del conglomerado redbulliano compartieran una misma manera de entender el juego: un fútbol agresivo, vertical y de alta intensidad, basado en la presión constante y la recuperación inmediata tras la pérdida. Exactamente el estilo que hoy caracteriza al seleccionado austríaco.

Sin embargo, la conexión entre Red Bull y Austria encuentra su clímax fuera de la lista de jugadores. Está al costado del campo de juego, donde aparece el décimo nombre capaz de resumir todo el fenómeno: Ralf Rangnick, el entrenador que ayudó a construir la filosofía futbolística de la multinacional y que hoy conduce a la selección del Imperio del Este en su regreso a una Copa del Mundo.

Ralf Rangnick, el encargado de devolverle la ilusión a Austria a base de un juego ofensivo. Foto: AP Photo/Eugene Hoshiko.

El hombre detrás de la idea

Mucho antes de convertirse en técnico de Austria, Rangnick fue uno de los arquitectos del imperio futbolístico de Red Bull. Entre 2012 y 2020 ocupó cargos de máxima responsabilidad dentro de la estructura de la compañía, primero como Director de Fútbol y luego como responsable global del desarrollo deportivo, puesto que actualmente ocupa el alemán Jurgen Klopp tras su salida de Liverpool.

Bajo ese rol, el entrenador germano de 67 años coordinó el crecimiento simultáneo de Salzburgo y Leipzig (también lo dirigió en dos oportunidades y lo ascendió a la Bundesliga), diseñó políticas de captación de talento, moldeó la identidad de juego ofensivo común y sentó las bases de un modelo que terminaría influyendo en toda una generación de futbolistas austríacos.

Ralf Rangnick, a pura indicación durante el debut con victoria de Austria ante Jordania en el Mundial 2026. Foto: REUTERS/Carlos Barria.

Desde su supervisión y talento para el scouting, dentro de Red Bull crecieron figuras mundiales como Erling Haaland, Sadio Mané, Joshua Kimmich y Dominik Szoboszlai, incluido el argentino Nicolás Capaldo. Pero quizás su legado más importante fue otro. Rangnick impuso en todos los clubes de la franquicia una filosofía llamado gegenpressing, un concepto que consiste en recuperar la pelota ocho segundos después de perderla para atacar en los 10 segundos posteriores, antes de que el rival pueda reorganizarse. Esa idea revolucionó el desarrollo deportivo del grupo energizante.

Por eso, cuando en 2022 la Federación Austríaca comenzó a buscar un entrenador capaz de potenciar a una camada cada vez más influenciada por el ecosistema Red Bull, la respuesta parecía estar delante de sus ojos. La apuesta fue casi una cuestión de lógica. ¿Quién mejor para dirigir a los alumnos que el profesor que ayudó a escribir el manual?

Rangnick llegó luego de un paso por Manchester United, y los resultados no tardaron en aparecer. Alcanzó los octavos de final de la Eurocopa 2024 y posteriormente consiguió la clasificación al Mundial. La velocidad con la que se dio su efecto posiblemente se deba a que sus jugadores ya llevaban años hablando el mismo idioma futbolístico. La presión alta era pan de cada día. Así, Austria también se ahorró cualquier tipo de quejas por no disponer de tiempo suficiente para construir automatismos y desarrollar una identidad colectiva.

El sector donde el ADN del gergpressing aparece más claro es en el mediocampo. Especialmente porque allí conviven Laimer y Sabitzer, dos nombres que saltaron al estrellato cuando fueron dirigidos por Rangnick en Leipzig. Incluso, el primero, apodado la «máquina de recuperar pelotas», fue detectado y reclutado por el DT para que se sume a los inferiores con 10 años. Toda una vida de la mano. Sabitzer, por su parte, se consolidó como uno de los líderes futbolísticos del equipo gracias a su versatilidad.

Konrad Laimer, el motor de Austria en el mediocampo que fue criado y moldeado en la estructura Red Bull. Foto: Reuters/David Gonzales.

Por eso el regreso del combinado nacional al Mundial excede una simple clasificación. No resultan ser casos aislados, sino la consecuencia de una idea. Y posiblemente representa una satisfacción inesperada para Red Bull, porque aunque la compañía jamás diseñó su proyecto con el objetivo de fortalecer a la selección austríaca, terminó viendo cómo buena parte de los frutos de su inversión florecieron justamente allí, construyendo algo poco habitual en el fútbol de selecciones.