El uso de las máscaras faciales y otros elementos de protección comenzaron a instalarse como un recurso más frecuente. El Mundial 2026, que se disputa en Estados Unidos, Canadá y México, ya ofrece varios ejemplos de futbolistas que compiten utilizando este tipo de implementos médicos para evitar quedar fuera del torneo.

Aunque para muchos espectadores pueden parecer un recurso estético, estas protecciones tienen una función estrictamente médica y permiten que los jugadores regresen a la actividad tras lesiones faciales o craneales sin exponer la recuperación a nuevos golpes. Su utilización, además, está regulada por las normas internacionales del juego.

Uno de los casos más visibles del torneo es el de Luca Zidane. El arquero de Argelia fue titular en el debut frente a la Selección Argentina por el Grupo J y llamó la atención por la máscara que cubre gran parte de su cara. Semanas antes del Mundial había sufrido una fractura de mandíbula tras un choque durante un partido y su presencia en la Copa del Mundo llegó a estar en duda.

Después de una cirugía, aceleró la recuperación y logró volver a competir utilizando una protección que cubre frente, mentón y mejillas para darle estabilidad a la zona afectada sin comprometer la visión. Hijo de Zinedine Zidane, nacido en Francia y actual jugador del Granada español, eligió representar a Argelia por sus raíces familiares y debutó con esa selección en octubre de 2025.

Otro de los casos es el del uruguayo Sebastián Cáceres. El defensor llegó al Mundial todavía en recuperación de una dura lesión sufrida durante el reducido de la Liga MX jugando para América ante Pumas. El impacto le provocó una conmoción, una fractura del arco cigomático y un trauma ocular, lesiones que obligaron a un seguimiento médico específico.

Pese a ese antecedente, Marcelo Bielsa decidió incluirlo entre los titulares en el debut de Uruguay ante Arabia Saudita. Para poder competir, Cáceres utiliza una máscara facial que protege la zona del golpe y disminuye el riesgo de complicaciones ante un nuevo contacto.

También aparece el caso del inglés Djed Spence. El lateral tuvo su debut mundialista en la victoria de Inglaterra sobre Croacia y generó repercusión por una protección poco habitual ubicada debajo de la mandíbula. La explicación está en una fractura sufrida semanas antes, en mayo de este año, durante una choque con Liam Delap en un encuentro entre Tottenham y Chelsea.

En México, la protección adopta otra forma. Raúl Jiménez juega con una banda especial sobre el costado derecho de la cabeza, una consecuencia directa del grave accidente que sufrió en noviembre de 2020 cuando chocó con David Luiz en un partido entre Wolverhampton y Arsenal. Esa acción le provocó una fractura de cráneo y puso en riesgo la continuidad de su carrera.

Tras ocho meses de recuperación y una cirugía compleja, el delantero regresó al fútbol utilizando una diadema acolchada que amortigua impactos y protege la zona afectada. En el debut mundialista de México volvió a usarla y, además, convirtió un gol que lo acercó al récord histórico de anotaciones de su selección.

El uso de máscaras y elementos protectores en el fútbol no depende únicamente de una decisión médica o del deseo del futbolista. La posibilidad de competir con este tipo de equipamiento está contemplada en la regla 4 de la International Football Association Board (IFAB), el organismo encargado de definir las reglas del juego.

La normativa establece que cualquier elemento de protección debe ser seguro tanto para quien lo utiliza como para el resto de los participantes. Por eso exige que sea ligero, acolchado y que no tenga partes rígidas o peligrosas que puedan generar lesiones durante una disputa.

En la práctica, las máscaras actuales suelen estar fabricadas con materiales como policarbonato o fibra de carbono. Muchas se confeccionan mediante escaneos faciales e impresión 3D para ajustarse con precisión al rostro del jugador y distribuir mejor la fuerza de los impactos.