
sábado 16 de mayo de 2026
Entre padre e hijo (2026), creada por Pablo Illanes y protagonizada por Erick Elías, Graco Sendel y Pamela Almanza, arranca con una premisa que prometía un melodrama incómodo sobre deseo, manipulación y relaciones familiares al borde del colapso. Sin embargo, la serie rápidamente toma otro rumbo: convertirse en una fábrica industrial de cliffhangers. Bárbara llega a una hacienda para empezar una nueva vida junto a Álvaro, aunque basta que cruce una mirada con Iker —el hijo del prometido— para que todo derive en una competencia de suspiros largos, puertas entreabiertas y frases dichas como si cada personaje estuviera audicionando para el tráiler de otra serie. En paralelo, la desaparición de Fernanda —la primera esposa de Álvaro— intenta aportar espesor policial al relato, aunque termina funcionando como accesorio decorativo para justificar secretos familiares lanzados cada diez minutos.
La puesta en escena insiste todo el tiempo en recordarle al espectador que algo “oscuro” está ocurriendo. Pasillos vacíos, luces bajas, copas de vino sostenidas con dramatismo y personajes caminando lento como si la hacienda tuviera piso resbaladizo. El problema aparece cuando el guion abre la boca. Ahí el misterio se desarma solo. Los diálogos parecen escritos por una inteligencia artificial alimentada exclusivamente con frases de telenovelas de medianoche. Nadie habla como una persona; todos comunican secretos familiares con el nivel de discreción de alguien haciendo un vivo en redes sociales. Incluso la investigación sobre Fernanda avanza mediante conversaciones donde todos parecen saber algo… excepto el espectador, que queda atrapado escuchando insinuaciones eternas sobre un misterio que la serie estira como chicle.
Además, la estructura de veinte episodios de menos de diez minutos termina jugando en contra. La serie no administra tensión: administra ansiedad. Todo ocurre rápido porque necesita desesperadamente que el espectador no escape hacia otra pestaña. Entonces cada capítulo termina exactamente igual: una respiración agitada, un secreto revelado a medias, alguien mirando fijo al vacío o una música grave anunciando que algo importante pasó… aunque casi nunca pasó nada. Más que capítulos, parecen alarmas periódicas para comprobar si el público sigue consciente frente a la pantalla.
El vínculo entre Álvaro e Iker debería sostener el conflicto central, aunque los personajes tienen la profundidad de un libro motivacional. El padre funciona como millonario solemne de catálogo; el hijo entra y sale de escena con expresión de modelo triste atrapado en una publicidad de perfume importado. Mientras tanto, Bárbara recorre habitaciones descubriendo pistas por accidente, como si resolver la desaparición de Fernanda dependiera exclusivamente de abrir puertas sin tocar y escuchar conversaciones detrás de una pared. Ni siquiera el thriller encuentra estabilidad: la serie mezcla tensión sexual, sospechas criminales y melodrama familiar con el mismo orden narrativo con el que alguien vacía un cajón sobre la mesa.
Lo más sincero de Entre padre e hijo termina siendo involuntario: exhibe cómo ciertas plataformas ya no producen historias sino mecanismos de retención. La serie no busca construir personajes ni conflictos; busca impedir que el espectador agarre el control remoto. Por eso todo está exagerado, subrayado y fragmentado. El deseo aparece reducido a miradas húmedas en cámara lenta, el suspenso depende de sonidos graves cada treinta segundos y el drama familiar queda convertido en un desfile de secretos gritados en habitaciones tenuemente iluminadas. Al final, la sensación no es haber visto una serie sino haber sobrevivido a una maratón de avances extendidos.








