La directora y escritora argentina explora en un nuevo texto las preguntas fundamentales del arte cinematográfico, alejándose de las respuestas definitivas y abrazando la incertidumbre como parte esencial de la creación.

El cine, como todas las artes, tiene como fin último llegar al espectador. No importa si son más o menos espectadores, más o menos de nicho, más o menos avisados en el arte de ver y deglutir imágenes o relatos audiovisuales. El cine se hace para unos expectantes humanos dispuestos a ser atravesados por las sombras y los destellos que esa fantasía proyecta desde hace más de un siglo.

En su nuevo libro, Albertina Carri se pregunta qué sueña la máquina de hacer sueños. Sin embargo, la autora aclara que no ofrece respuestas definitivas, sino que se sumerge en un baile de incertidumbres. ¿Hasta dónde estamos contaminados por la máquina y hasta dónde ella nos contamina a nosotros? ¿Es un asunto de lenguaje o una cuestión de cognición? Estas son algunas de las interrogantes que recorre.

Carri sostiene que no hay respuestas para esta máquina espiritual que es el cine, una experiencia del orden de lo profano y lo sagrado a la vez. Lo define como arte y espectáculo, sueño y realidad, consciente e inconsciente, pero por sobre todas las cosas, como un aparato de lo viviente.

La directora comparte una anécdota personal: mientras buscaba material de archivo fílmico, un archivista le alcanzó una lata con imágenes del Chaco que no estaban borradas, sino comidas por los hongos. Al proyectar esa copia corroída, observó un baile de manchas y colores que ningún realizador podría haber creado deliberadamente. Los microorganismos habían generado una nueva constelación visual, a un ritmo misterioso, mostrándose descarnados y sin las opacidades de lo humano.

Frente a esa imagen, un escalofrío la recorrió y solo pudo atinar a decir «esto es el cine puro». Sin embargo, al volcarse hacia lo académico para buscar estructura, reflexionó sobre el movimiento francés Cinéma Pur, que pensaba el ritmo, la composición y el movimiento como elementos puros del cine. Carri discrepa: «creo que lo puro en el arte cinematográfico no existe; el resultado siempre es impuro. Una consecuencia de una mezcla de voluntades y de azar». Para ella, el ideal de pureza es algo que excede por completo a una actividad tan contaminada por el arbitrio y las infinitas decisiones que se toman para realizar una película.