La colección Vidas Ajenas de la Universidad Diego Portales reúne una buena cantidad de libros biográficos interesantes, tanto si se ocupan de escritores o artistas famosos como cuando sacan a la luz a desconocidos. Esta vez le tocó a uno de los famosos, Marcel Proust, retratado por Edmund White. Blatt & Ríos había publicado cuatro libros de White. Uno de ellos, Estados del deseo. Viaje por los Estados Unidos gays es como su título lo indica una panorámica de las costumbres de las tribus homosexuales en 1980. Es muy ameno White y el libro se lee con interés entre morboso y sociológico. No me fue tan bien con los otros, que forman una trilogía y que abandoné porque la presencia White se hace por así decirlo, excesiva, aunque de eso se traten las autobiografías.

Con Proust, White se muestra nuevamente ameno y las doscientas páginas se leen en un rato. Aunque sería un poco exagerado, el libro podría haberse titulado “Marcel Proust como gay”, a pesar de que trata otros aspectos de Proust, e incluye una serie de datos de todo tipo que sorprenden al lector no especializado. De todos modos, el propio autor legitima ese bautismo cuando al referirse a la biografía de Proust de Jean-Yves Tadié, a la que considera la mejor de todas, agrega: “No estoy seguro de que Tadié aprobase el sesgo homosexual de mi librito, pero reconozco que le debe todo a su obra monumental.” Creo que la obra de Tadié tiene más de mil páginas, de modo que es más fácil leer la de White y enterarse, por ejemplo, de que a la muerte de su padre, Proust descubrió que era rico porque heredó unos seis millones de dólares con los que no contaba y que pasó a gastar a manos llenas. Curiosamente, algo parecido le ocurrió a Anthony Powell, el autor de Una música para la danza del mundo, una de las pocas novelas que tiene algo auténticamente proustiano. Uno se entera también de que La prisionera y la fugitiva no están basadas en un amante de Proust transformado en Albertine sino en dos amantes de Proust transformados en Albertine.

Pero más allá de los datos y los chismes, hay algo poco convincente en White, que es su lectura de En busca del tiempo perdido, de la que incluye elogios ajenos y parece que se guardara la opinión propia aunque defienda su modernidad. Por ejemplo, en algún momento dice White que el conde Montesquiou se enojó con el personaje del barón de Charlus, supuestamente basado en su persona, y que el enojo no era para menos. Borges, que no era un gran admirador de Proust pero sabía leer, afirmó que Charlus era el único buen personaje de La recherche y es cierto que es el más simpático.

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Otra cosa que resulta sospechosa de White es que menciona un libro de Deleuze, Proust y los signos, y cuenta que utilizó extensamente “ese texto semiótico” para dar un curso sobre Proust en Columbia. Nada parece más alejado de este libro de White que el de Deleuze, como si se hubiera sacado el traje de académico para ponerse el de divulgador y viceversa.

Ese carácter de obra de divulgación se advierte en pasajes como “Según el ensayista alemán (y heterosexual) Walter Benjamin…” que apunta a un lector que nunca escuchó hablar de Benjamin. Pero lo más probable es que un tal lector nunca haya leído a Proust. Me temo que, en el fondo, este sea un libro para evitar que lo haga.