Ángeles Castillo

La ciudad pacense de Zafra es arrebatadoramente bella. Está en ese extremo de la península donde todo empieza a confabularse para dar paso a lo portugués, entre el blanco deslumbrante, las muchas flores y una arquitectura ecléctica y singular. También tiene mucho del embrujo típicamente andaluz, bordado con destreza y sabiduría por el barroco. De hecho, la llaman la Sevilla Chica, aunque sea emblema de Extremadura. Por situarnos, está a 75 kilómetros de Badajoz, a 43 de Jerez de los Caballeros, con castillo templario y las cuatro torres de su skyline, y a 108 de Elvas, ya en el Alentejo portugués. Además, en el Camino de Santiago por la Vía de la Plata.

Fueron los árabes los que le dieron el nombre actual a esta ciudad que fue reconquistada dos veces y que tuvo su momento de mayor esplendor cuando Enrique III le concedió la jurisdicción a Gómez I Suárez de Figueroa, un ricohombre castellano. Ricohombre, escrito todo junto, era el máximo título nobiliario en los primeros siglos de las monarquías ibéricas. Una dignidad que concedía el soberano como recompensa por grandes méritos, lo que se traducía en cuantiosas posesiones y numerosos vasallos a su servicio.

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A este señor de Zafra le sustituyó su hijo, Lorenzo II Suárez de Figueroa, primer conde de Feria, que continuó la construcción de la muralla que había iniciado su padre, finalizada en 1449. Mandó levantar el alcázar como su residencia, fundó el hospital de Santiago y concluyó el monasterio de clarisas de Santa María del Valle como panteón familiar, un edificio gótico-mudéjar con bellas esculturas de alabastro. Eran solo los primeros pasos de una modernización que se hizo más evidente cuando el alcázar se transformó en un palacio más al gusto de los Austria, a impulso del quinto conde de Feria, ascendido a duque y grande de España en 1567 por su apoyo a la política de Felipe II.

Qué puedes ver en Zafra

Toda esta historia se entrecruza entre las calles y rincones de la monumental Zafra, que curiosamente no tiene una plaza Mayor, como es habitual, sino una plaza Grande y otra Chica, que la hacen más pintoresca aún. La Grande era el solar, atrio y cementerio de la antigua iglesia de la Candelaria. Pero la consagración de la ciudad al comercio, su verdadero motor, alentó la construcción de soportales, que luego se vio favorecida por el derribo y traslado de la parroquia, ganando en amplitud el concurrido espacio. A destacar la casa del humanista Pedro de Valencia, hebraísta, filósofo, traductor y cronista de Felipe III.


Un rincón de la plaza Chica, la más antigua de Zafra.


WIKIPEDIA/EL PANTERA


Pese que los nombres pueden jugar al despiste, la plaza más antigua de las dos es la Chica, que fue el centro de la villa medieval, igualmente preparada para acoger el mercado semanal, con soportales de ladrillo bajo fachadas blancas. Como testimonio de aquella época queda la llamada Vara de Zafra, grabada en el fuste de una de las columnas. La clásica vara de medir. También en esta plaza hay una casa que acapara todas las miradas, la que luce decoración primitiva gótico-mudéjar de arcos entrelazados.

Por la Callejita del Clavel

Ambas plazas están unidas por el Arquillo del Pan, en el que se esconde la diminuta capilla barroca de la Esperancita. Hablando de arcos, el de Jerez es una de las dos puertas de la muralla que se conservan. Asimismo, presenta una capilla barroca y las imágenes de los patronos del gremio de zapateros. Por este arco se llega a la plaza Chica a través de la Callejita del Clavel, que no puede ser más bonita ni más zafrense. La calle Boticas es otra de las que llegan a enamorar. Acoge la Casa del Ajimez, con fachada de ladrillo visto y juego de arabescos, embellecida con el ajimez, una ventana dividida en el centro por una columna, con azulejería y arcos polilobulados.


Zafra tiene calles empedradas como esta.


WIKIPEDIA/JOCELYN ERSKINE-KELLIE


La del Ajimez es una casa del siglo XV ostensiblemente mudéjar, que albergaba utensilios, botes y cajas con los más diversos productos de la farmacopea de la época, dispuestos para ser mezclados en el almirez, el alambique o la redoma, con el fin de aliviar las enfermedades. Funcionó como tal hasta el XVIII, cuando derivó en despacho de licores y aguardiente, y posteriormente en bodega doméstica, para acabar siendo vivienda particular. Fue salvada de su abandono y rehabilitada para funcionar como Centro de Acogida al Turista.

Dos puertas de la muralla

Además de la puerta de Jerez, queda en pie la de Badajoz, dispuesta en el baluarte del Cubo, que se cegó en tiempos modernos, fue sustituida por una nueva, denominada arco del Cubo, y finalmente volvió a reabrirse con la obras de recuperación del lienzo de la muralla. Sobre esta vieja puerta, como mandaban los cánones, se conserva una hornacina con un relieve de Santiago Matamoros, en alusión a la orden de caballería a la que tan unido estaba el linaje de los Feria.


La entrada al palacio de los Duques de Feria, actual Parador de Turismo.


PARADORES


Zafra está llena de rincones pintorescos, pero si hay un edificio que se lleva la palma es el ya nombrado palacio de los Duques de Feria, construido en el siglo XV como alcázar residencial y ampliado en los siglos posteriores con un patio de mármol de líneas clasicistas, dos nuevas alas y otras tantas galerías abiertas a un nuevo jardín, que complementaba la huerta. La que hoy es plaza pública fue en tiempos su patio de armas. Sin olvidar el pasadizo del XVII que lo comunica con la vecina iglesia conventual de Santa Marina. Antes de convertirse en Parador de Turismo sirvió de cuartel, prisión, hospital, colegio, instituto de bachillerato o escuela de arte y oficios.

La judería y el campeón de ajedrez

Las capillas están en los lugares más inesperados. Para encontrar la del Cristo del Pozo, que mide apenas un metro cuadrado y es del siglo XVII, hay que dirigirse a la judería. A la que fue la vivienda de un judío converso, que para que no lo expulsaran construyó una hornacina con altar e hizo el símbolo del avemaría en el dintel para señalar que allí vivían cristianos.

Los judíos de Zafra se asentaron por las calles aledañas a la vieja sinagoga, transformada en capilla de San José o de Santa Catalina la Vieja. Todo conserva aún su aire de aljama. A su lado está la colegiata de Nuestra Señora de Candelaria, imponente iglesia gótica del XVI que atesora un magnífico retablo con nueve lienzos de Zurbarán. También en la judería se halla el hospital de San Miguel, mudéjar del XV, y el de San Ildefonso, levantado en el XVII sobre la casa familiar de Ruy López, el primer campeón de ajedrez europeo.

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