Ángeles Castillo

La historia de Riaño es una historia triste, aunque a la vista del monumental paisaje, casi irreal de puro bello, todo se antoje feliz. Otro pueblo para volverte a enamorar de León, sin duda. A finales de 1987, la mayor parte de los pueblos y el territorio del Valle de Riaño quedaron sumergidos bajo el pantano. El propio pueblo de Riaño y otros ocho más fueron demolidos y finalmente anegados en lo que supuso una tragedia de dimensiones griegas para sus habitantes.

Apenas se salvó algún edificio religioso y dos hórreos, que hubo que trasladar piedra a piedra a donde no llegaban las aguas represadas de los ríos Esla y Yuso. Hasta el Parador de Turismo, que había sido inaugurado en 1951 a todo lujo, algo insólito para la época y el lugar, desapareció. Había alojado a huéspedes tan ilustres como Balduino y Fabiola de Bélgica en 1960, cuando la popular pareja disfrutaba de su luna de miel.

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Entonces, no quedó otra que resurgir como un nuevo Riaño. Lo hizo en el paraje de Valcayo, a las orillas del embalse, y con él volvió la vida a estos lares y se pudo recuperar el viejo espíritu de capital comarcal y eterna referencia para viajeros indómitos. Como recuerdo de aquel imborrable episodio, queda la iglesia de Santa Águeda, rescatada del sepultado pueblo de Pedrosa del Rey. Luce importante imaginería en su interior, una torre del siglo XVI y una portada románica, réplica de la que tuvo, que fue devuelta en 1991 al vecino Siero de la Reina, su lugar de origen.

Qué ver en Riaño

Por su parte, la iglesia de Nuestra Señora del Rosario, del siglo XIII, perteneció a La Puerta. Está a la entrada de Riaño y es un ejemplo claro del románico rural, con detalles característicos del primer gótico como dos arcos ojivales y la bóveda de crucería en el ábside. Asimismo, atesora unas magníficas pinturas medievales que han llegado hasta nosotros casi intactas, ocultas bajo la cal y con tintes de milagro. No hay que olvidar que en la Edad Media era costumbre encalar las paredes para desinfectar.


La iglesia de Nuestra Señora del Rosario se salvó de perecer bajo las aguas.


MONTAÑA DE RIAÑO


Al lado de este templo que es todo un emblema, se alza un hórreo asturleonés procedente del pueblo de Salio -llegó a haber hasta 80 hórreos en estos valles- y un campanario de arquitectura vanguardista en el que cuelgan las campanas de la vieja iglesia de Riaño, las más grandes, y otras de edificaciones religiosas que tuvieron idéntico destino. En frente, el viaducto que cruza el pantano engrandeciendo la estampa y animándonos a cruzar.

Junto al conjunto monumental que forman iglesia, hórreo y campanario está el que es considerado el banco más bonito de todo León, y no solo, desde el que se contemplan los imponentes picos Yordas, Gilbo y Las Pintas. Otro mirador de excepción es el del paraje de las Hazas, a 1.200 metros de altitud y brindando unas vistas de ensueño. Aquí es donde se halla, desafiando todos los vértigos, el columpio más famoso de España, muy solicitado porque es toda una atracción y promete una experiencia única.

El columpio más famoso

El columpio en cuestión está hecho de roble y tiene unos ocho metros de altura para poder balancearse a gusto, casi volar, sobre el majestuoso paisaje. No está escondido, pero hay que ganárselo. Concretamente, dejar el coche en el camping de Riaño, ya bastante alto, y desde allí subir a pie por la pista forestal que también lleva al mirador del Alto de Valcayo, donde sorprende un corazón gigante de acero corten. Aquí la foto con los fiordos de telón de fondo es obligada.


Un barco surcando los fiordos leoneses.


MONTAÑA DE RIAÑO


Haciendo aún más memoria está el llamado, directamente, Paseo del Recuerdo. Un camino que va por la orilla hasta el embarcadero, jalonado de paneles informativos que ilustran el trágico y a la vez épico pasado de este valle. Sus montañas son tan escarpadas y elevadas, rozando los 2.000 metros, y el agua entra de tal forma en ellas, creando corredores largos y estrechos, que se han denominado fiordos. Un terreno especialmente abonado para la práctica del senderismo, con rutas como la de la mitología leonesa (desde el cercano Carande), que viene muy a cuento. Y no digamos para las actividades acuáticas.

Ruta en barco por los fiordos leoneses

En este punto de nuestra geografía, como en Noruega, salvando las distancias, se puede hacer una inolvidable ruta en barco, puesto a disposición de los visitantes por el ayuntamiento, con el fin de dar a conocer los rincones más recónditos de este mar interior. Otro plan es apuntarse a vela, piragüismo e incluso a windsurf, cuando el tiempo lo permita. Además de deleitarse con otros placeres como un paseo a caballo o una expedición espeleológica.

Todo ello entre una vegetación que muestra sin ningún pudor sus encantos: brezales, piornales, pastizales y bosques de hayas y robles. Esta naturaleza privilegiada se integra en el Parque Regional Montaña de Riaño y Mampodre, que coincide en su parte más septentrional con el Parque Nacional de Picos de Europa. Es el paraíso del oso pardo, el urogallo y el lobo ibérico. Allí donde crece la violeta de Riaño y la genciana de Mampodre.


La ermita de Quintanilla es el lugar ideal para la contemplación.


MONTAÑA DE RIAÑO


Ya en los sesenta Riaño y alrededores eran conocidos como la Suiza española por su aire alpino. Esas montañas mágicas -en alusión a la novela de Thomas Mann- en las que entregarse a la contemplación, respirar paz y espiritualidad, por qué no. Además de curarse de las prisas y otros males. Sobrecoge ver cómo ha resurgido el pueblo, que tuvo que olvidarse de la ganadería, su sustento de siempre, y entregarse al turismo rural y al más específico de montaña, en los que se ha ganado un más que merecido puesto de honor.

Un curioso museo y una ermita

Resulta interesante visitar el Museo Etnográfico de Riaño para hacerse una idea ajustada de cómo era la vida antes en estas tierras. Expone herramientas, aperos y enseres de viejos oficios, trajes típicos, instrumentos como el rabel u objetos vinculados a tradiciones como el antruido o los zamarrones, asociados al carnaval. Hay hasta una casa antigua recreada con su techumbre a dos aguas cubierta de paja, un aula escolar o una fragua con su herrero. Todo ello apoyado por innumerables fotografías. Se puede incluso echar la vista muy atrás con varias lápidas funerarias de los primeros pobladores de estas tierras, los vadinienses, y otros hallazgos.

Saliendo del pueblo dirección a León, que queda a 99 kilómetros, salta a la vista la ermita de Quintanilla, donde está la Virgen del mismo nombre, patrona de Riaño, y donde cada agosto en su honor, en plenas fiestas, se celebra por todo lo alto una romería. A esta ermita, sin embargo, no hubo que cambiarla de sitio por el pantano; solo echarla unos metros para atrás. Y está perfecta. Cuando se va la nieve y llega la primavera, se llena de verde y flores. El cuadro, y sin retoques, no podía ser más conmovedor.

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