
jueves 05 de febrero de 2026
Animales peligrosos (Dangerous Animals, 2025) juega deliberadamente con las expectativas del espectador. Su afiche y su título remiten a una nueva variante de tiburones devoradores de humanos, pero pronto deja en claro que los verdaderos depredadores no siempre tienen aletas. Lejos del exploitation marino, la película desarrolla un convencional serial killer, donde los animales del mar funcionan más como instrumento narrativo que como amenaza central.
La historia sigue a Zephyr (Hassie Harrison), una surfista solitaria que recorre las costas australianas viviendo en su camioneta, aferrada a una libertad tan seductora como frágil. Su camino se cruza con Tucker (Jai Courtney), un carismático especialista en tiburones que ofrece experiencias turísticas de buceo. Detrás de esa fachada amable se esconde un asesino serial meticuloso, que secuestra mujeres para arrojarlas como ofrenda a los depredadores marinos. Cuando Zephyr despierta cautiva en su barco, la lucha por sobrevivir se convierte en un enfrentamiento tan físico como mental, donde escapar de la mente perturbada de Tucker resulta tan complejo como huir de los tiburones que lo rodean.
El guion de Nick Lepard —guionista de Líbranos del mal—, también artista visual, se apoya conscientemente en los tópicos del subgénero —el psicópata carismático, la víctima resiliente, el encierro, las falsas salidas—, pero el realizador australiano Sean Byrne demuestra un sólido pulso narrativo al dosificar la información y permitir que los personajes respiren antes de sumergir al espectador en la pesadilla. El breve desarrollo del vínculo afectivo entre Zephyr y el personaje de Josh Heuston no es un mero agregado romántico, sino una herramienta dramática que refuerza lo que está en juego cuando el relato se vuelve asfixiante.
Todo en Animales peligrosos funciona como un mecanismo de tensión progresiva. Jai Courtney compone a un psicópata inquietantemente humano, lejos del villano caricaturesco, mientras que Hassie Harrison dota a Zephyr de una rudeza creíble, convirtiéndola en algo más que una víctima pasiva. Los giros narrativos, administrados con precisión, estiran el suspenso al mejor estilo hitchcockiano y construyen un constante juego de dominación entre cazador y presa, reflejado tanto en el vínculo humano como en la metáfora animal que propone el film.
Quien se acerque esperando una simple película de tiburones probablemente salga sorprendido. Animales peligrosos es, en definitiva, un thriller psicológico intenso y bien ejecutado, donde el verdadero horror no surge del océano, sino de la mente de un depredador que entiende el miedo como su hábitat natural.








