martes 03 de febrero de 2026

El director Salvador Calvo, conocido por su trabajo en dramas basados en hechos reales como Adú (2020), se interna esta vez en el mundo del salto Base con traje de alas. La Fiera (2026) toma su título de una idea central que atraviesa el film: una pulsión que domina a quienes practican este deporte extremo y que funciona como motor vital. La película se plantea como un homenaje a un grupo de amigos pioneros de esta disciplina en España y se apoya en un despliegue técnico que busca reproducir la experiencia del vuelo y su vínculo con el riesgo permanente.

La narración se centra en Carlos, Darío y Armando, junto a otros integrantes del grupo, unidos por una práctica que ocupa el centro absoluto de sus vidas. El film expone con claridad la lógica interna de este universo: la fraternidad que se construye en torno al salto, la celebración compartida después de cada desafío superado y la necesidad constante de volver a experimentar esa descarga física y mental. En contraposición, aparecen las dificultades para sostener una vida cotidiana que incluya vínculos afectivos, proyectos ajenos al deporte o una rutina estable.

Calvo y el guionista Alejandro Hernández incorporan también el impacto que esta elección tiene en el entorno cercano: parejas, familias y amigos que conviven con la posibilidad concreta de la muerte. La presencia de la llamada “Fatality List”, que contabiliza año a año a quienes pierden la vida en este tipo de prácticas, introduce una dimensión ominosa que atraviesa todo el relato. Esa carga adquiere un peso particular si se considera la muerte de Carlos Suárez, referente real del grupo y doble de riesgo de la película, ocurrida durante el rodaje, un hecho que resignifica varias de las imágenes que el film propone.

Es en el plano técnico donde La Fiera encuentra su mayor consistencia. Las secuencias de vuelo, filmadas en escenarios como los Mallos de Riglos o paisajes de Suiza, están construidas con un montaje que privilegia la sensación de velocidad y la relación directa con el vacío. La cámara acompaña el movimiento sin buscar ornamento, permitiendo que el impacto provenga del propio acto del salto. La música, con referencias al flamenco, refuerza el anclaje cultural y aporta una capa identitaria al conjunto. El compromiso físico del elenco, integrado por Miguel Ángel Silvestre, Carlos Cuevas y Miguel Bernardeau, resulta evidente y sostiene la credibilidad de las escenas deportivas.

Sin embargo, a medida que avanza el metraje, la película comienza a evidenciar una limitación en su desarrollo dramático. Los conflictos personales de los protagonistas —un emprendimiento gastronómico frustrado, una separación, tensiones familiares— aparecen esbozados pero no alcanzan a convertirse en verdaderos ejes narrativos. Funcionan como información complementaria más que como elementos que modifiquen las decisiones o el recorrido de los personajes. Esta falta de profundización hace que, más allá del riesgo físico que domina cada salto, la tensión dramática se diluya progresivamente.

En ese sentido, La Fiera se aproxima más a la estructura de un documental recreado que a la de un drama centrado en sus personajes. La película logra transmitir la atracción que ejerce el vuelo sin protección y el sentido de comunidad que se genera en torno a esa práctica, pero no consigue explorar con la misma precisión la dimensión subjetiva de quienes eligen exponerse una y otra vez al límite. El resultado es un film que impacta desde lo visual y respeta a las figuras que retrata, aunque queda a mitad de camino a la hora de construir una experiencia narrativa que trascienda el asombro inicial