Ángeles Castillo

Este pueblo parece italiano. Su silueta y su pintoresca ubicación nos han recordado a las Cinque Terre. Solo que él se asoma al río en vez de al mar. Ese río es el Ebro, dibujando un meandro. Y el pueblo al que nos referimos es Miravet, en Tarragona. La misma tierra que acoge a La Vilella Baixa, conocida como el Nueva York del Priorat. Estamos, exactamente, en la comarca de la Ribera de Ebro y admirando este lugar que se asemeja a un cuadro de pintor.

Y no vamos desencaminados porque Miravet ha inspirado a numerosos artistas. Conocida es la presencia entre 1929 y 1930 del gran paisajista catalán Joaquim Mir, quien dejó plasmadas sus impresiones, también de un sol naciente -guiño a Monet-, en su obra. Desde el embarcadero mismo alumbró Fantasía del Ebro I y II. Puede verse recreado en el centro de arte que lleva su nombre en el Palau de Miravet, una casa de lo más artística que ofrece alojamiento.

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Como le pasa al burgalés Frías, con sus casas colgadas, o a Castellfollit de la Roca, en un parque natural volcánico de la vecina Girona, Miravet no podía ser más pintoresco. Además de alzarse sobre la orilla derecha del río más caudaloso de nuestro país, está coronado por un castillo templario, que resguarda el Cap de la Vila sin vértigo alguno. Esta villa vieja se formó bajo el dominio árabe, como una alquería, adaptándose a la roca. Mientras, la parte moderna se expande por la parte llana con toda comodidad.

Cruzar el Ebro hasta Miravet en barca

El encanto de Miravet se ve redoblado si se llega a través de sus dos típicos llaguts, Isaac Peral y Monturiol, que aún siguen cruzando de uno al otro lado del Ebro sin motor. Están unidos por una plataforma con sitio para dos coches, ahorrando 20 kilómetros de carretera, y sirviéndose tan solo de la pericia del barquero y la corriente. Memorable el viaje en este transbordador. Salta a la vista la última atarazana fluvial, donde se calafateaban estas embarcaciones, así como el molino de aceite y la sede de la aljama morisca con su arcada mudéjar. La combinación de arquitectura y agua difícilmente falla.


Los tradicionales llaguts que cruzan el Ebro en Miravet.


PIXABAY/VMONTE13


Gran presencia tiene también la Iglesia Vieja, construida en el siglo XVI por parte de la Orden de San Juan de Jerusalén (o de Malta) sobre la antigua mezquita árabe y según pautas renacentistas. Después fue incorporando elementos que la volvieron algo barroca. Hoy está desacralizada, pero sigue siendo una joya con el altar románico original de la iglesia del castillo y pinturas murales del siglo XVIII. Además, alberga distintas exposiciones, como una colección de alfarería tradicional o piezas iconográficas medievales pintadas sobre baldosas de barro.

Un mirador y calles laberínticas

El patio de la iglesia es ahora el mirador de la Sanaqueta, un balcón sobre el meandro del Ebro que impresiona. Al llegar aquí, uno ya ha entrado en el laberinto de calles estrechas que es Miravet y ha visto las ruinas de las casas que echó por tierra la batalla del Ebro, uno de los enfrentamientos más sangrientos de la guerra civil española. Su estratégico castillo lo puso siempre en la primera línea de la historia: la guerra de los Segadores (1640), la guerra de Sucesión (1714) y las guerras carlistas (siglo XIX). Se llega a él en un suspiro por la calle del Castell y, de nuevo, con una panorámica que aporta una paz que, paradójicamente, desarma.


La Iglesia Vieja de Miravet vista desde el castillo.


WIKIPEDIA/ENFO


En cuanto al castillo, fue una fortaleza islámica (IX) que, en los años de las Reconquista, el conde Ramón Berenguer IV puso en manos de los caballeros de la orden del Temple. Está considerado uno de los ejemplos más notables de Occidente, junto con el de Peñíscola (Castellón), entre los templarios, y el de Loarre (Navarra), entre los románicos. Lo compone un recinto soberano con patio de armas y diversas estancias, en la parte superior, completado con caballeriza, granero o cisterna en la inferior.

La ruta de los templarios

Para viajar en el tiempo y conocer más de los templarios, el castillo dispone de una visita que incluye realidad virtual e instalaciones interactivas. Además, se puede ir tras las huellas de estos fascinantes monjes guerreros por la ruta Domus Templi, que pasa también por las fortificaciones de Gardeny (Lleida), Tortosa (Tarragona), Monzón (Huesca) y la ya mencionada de Peñíscola.


Miravet se asoma al Ebro conformando una estampa única.


WIKIPEDIA/MÁXIMO DE LA IGLESIA


Miravet no ha perdido su esencia, se mire por donde se mire, y aún mantiene vivo el oficio de la cantarería, de herencia islámica. Hasta el punto de tener su propio rincón, La Raval dels Canterers, donde los alfareros modelan el barro en el torno, tal y como hacían sus antepasados, para delicia de los visitantes. Y donde uno puede hacerse con una de sus piezas más características: una jarra, un lebrillo o un pitxell.

Y no hay que conformarse con cruzar a Miravet en barca. Es posible alargar la navegación, por ejemplo, hasta Móra d’Ebre en una excursión muy placentera. Pero para ello será mejor esperar a la primavera. Estos paisajes resultan igualmente tentadores para el senderismo. Hay que aprovechar que por aquí pasa el histórico camino de sirga, por donde los llaguts remontaban el río tras descargar la mercancía en Tortosa o en Amposta, y echarse a andar. Este camino está integrado en el Camino Natural del Ebro, que ya es un gran recorrido (GR-99).

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