
lunes 12 de enero de 2026
El payaso del maizal (Clown in a Cornfield, 2025) juega con un humor autoconsciente que revitaliza una trama repleta de lugares comunes; una fórmula que, pese a su familiaridad, funciona muy bien.
Cuando Quinn (Katie Douglas) llega con su padre (Aaron Abrams) al inhóspito pueblo de Kettle Springs, no tarda en integrarse con los adolescentes locales entre fiestas, alcohol y leyendas sobre una fábrica incendiada. Lo que ignora es que acecha un payaso asesino llamado Frendo con sed de sangre.
A estas alturas, podemos afirmar que el cine de payasos asesinos es un subgénero en sí mismo. Sin embargo, aquí no encontramos el terror sobrenatural de It (2017), la truculencia gore de Terrifier (2016) ni el delirio de Payasos asesinos del espacio extertior (Killer Klowns from Outer Space, 1988). El payaso del maizal opera más bien como un slasher noventero, con referencias directas a Scream (1996) o Sé lo que hicieron el verano pasado (I Know What You Did Last Summer, 1997).
Aquellas producciones reconocían que ya se había dicho todo sobre el género y que solo quedaba parodiar sus propias lógicas para justificar, una vez más, un desarrollo previsible. Algo similar ocurre en este filme dirigido por Eli Craig, quien introduce chistes efectivos sobre el choque generacional entre adultos y jóvenes (como la incapacidad de estos últimos para usar un teléfono de disco). Estas dosis de metahumor hacen digerible la predictibilidad de la trama, como cuando el asesino «castiga» a los adolescentes promiscuos o se cumplen ciertos tropos raciales que la propia película se encarga de señalar explícitamente.
Además, hay que reconocer que la historia está bien narrada: se toma el tiempo necesario para desarrollar los anhelos y frustraciones de sus personajes antes de sumergirse en la cacería. El filme respeta esa lógica de montaña rusa típica de los noventa, donde la acción escala lentamente hasta la mitad para luego acelerar sin frenos hacia el clímax.
No hay nada revolucionario bajo el sol de estos maizales, pero cuando el chiste es un guiño cómplice al espectador, el resultado se disfruta mucho más.







