martes 11 de noviembre de 2025

Luciano (2024), reciente ganadora del Festival Asterisco, se integra a una línea del cine argentino que aborda las disidencias desde una mirada empática, alejada del sensacionalismo. La cámara de Manuel Besedovsky observa la vida cotidiana de su protagonista con distancia y respeto: las tareas domésticas, el entrenamiento, los vínculos familiares y las estrategias de supervivencia forman parte de una rutina marcada por la precariedad.

El film transcurre en Rosario, en un barrio donde el trabajo inestable, la maternidad y el deseo de autonomía se entrelazan. Allí, Luciano, un joven trans de alrededor de treinta años, comparte su vida con su madre y su hermana menor. Estudia, trabaja en empleos temporales y sostiene su hogar, en una dinámica que refleja las tensiones sociales y de género que atraviesan hoy a la sociedad.

El núcleo del relato está en la relación entre identidad y cuerpo. Tras años de entrenamiento y hormonización, Luciano logra reconocerse en su propia imagen, aunque ese logro no clausura su búsqueda. Besedovsky muestra que la afirmación de la identidad no es un destino, sino un proceso constante atravesado por condicionamientos sociales, económicos y afectivos.

Con planos fijos y luz natural, el director captura ese tránsito sin artificios. El cuerpo se presenta como espacio político y testimonio del esfuerzo cotidiano. El gimnasio popular, el espejo, el trabajo físico y las tareas del hogar se convierten en escenarios donde la masculinidad se redefine desde la experiencia trans.

La puesta en escena, sobria y observacional, sostiene el tono del film. Los silencios, los encuadres cerrados y la ausencia de música construyen una narrativa contenida, en la que los sonidos del entorno —las conversaciones, las máquinas, el barrio— dialogan con la historia. Esa elección formal refuerza la empatía del espectador: Luciano no es objeto de observación, sino sujeto de experiencia.

El entorno familiar agrega una dimensión afectiva y social. La madre encarna la lucha por la subsistencia, la hermana representa una mirada libre de prejuicios, y juntos delinean un espacio donde la resistencia se manifiesta en lo cotidiano. En ese universo, Luciano aparece como una figura de persistencia frente a la desigualdad y la invisibilización.

Sin grandilocuencia ni moraleja, Luciano es una película sobre la construcción del yo en contextos adversos. Besedovsky convierte la historia de su protagonista en un ejercicio de mirada política y empatía, donde la identidad se concibe como trabajo diario y el cuerpo como territorio de afirmación.