
domingo 27 de julio de 2025
En La furia (2025), Álex (Ángela Cervantes) es una joven actriz que, tras ser violada en una fiesta de fin de año, no logra identificar a su agresor. Busca contención en su hermano Adrián (Àlex Monner), pero solo recibe reproches. Aislada, enfrenta en soledad el silencio, la vergüenza y la culpa. Mientras Adrián se hunde en su propia espiral de violencia, ella encuentra en el teatro y en la figura de Medea una forma de procesar el dolor.
En su ópera prima, Gemma Blasco elige narrar una violación sin mostrarla. Sustituye la imagen por una pantalla negra y el sonido por un silencio absoluto. Lo invisible se vuelve insoportable, y esa elección convierte a La furia en una experiencia sensorial. No hay morbo ni evidencia, pero sí trauma. Desde esa ausencia física, la película explora las secuelas de la violencia sexual y los discursos que la atraviesan.
La propuesta visual de Blasco transita el borde entre lo explícito y lo simbólico. La sangre, los animales sacrificados, la puesta en escena de Medea no funcionan como elementos decorativos sino como detonantes dramáticos que activan la furia contenida de una víctima obligada a explicar su sufrimiento. Los cuestionamientos de Adrián no son solo desafortunadas: son estructurales. Revelan cómo incluso los lazos más íntimos reproducen la lógica del descrédito.
En esa fusión entre teatro y biografía, el mito de Medea no aparece como referencia culta, sino como un reflejo íntimo del desgarro y la transformación de la protagonista. La tragedia antigua adquiere nuevas resonancias al articular la rabia y la impotencia de una mujer que ha sido despojada. En tiempos de exposición, La furia elige el silencio. No busca aleccionar, sino representar la complejidad emocional posterior a una agresión. Blasco logra materializar lo que no se ve ni se dice. El resultado es una película que no necesita gritar para incendiar.







