
domingo 13 de julio de 2025
Rodando, escrita por Alejandro Acobino junto a su protagonista Germán Rodríguez, trasciende el formato del unipersonal para convertirse en una experiencia escénica que interroga los límites entre teatro y cine. Con apenas una silla de ruedas, un cigarrillo, un control remoto, un vaso de agua y un diseño lumínico que no busca replicar la pantalla sino construir otro espacio perceptivo, la obra se despliega como una película oral que convoca en el espectador un montaje invisible. Aquí no se registra: se evoca. Todo ocurre en presente, y se disuelve, como el propio acto teatral.
La dramaturgia se inscribe en la lógica de una road movie, aunque lo que se recorre no es un territorio físico sino mental. Lejos de reproducir los códigos visuales del género, Rodando propone una travesía interior compuesta por recuerdos, desvíos y alucinaciones. Sin cambiar de vestuario ni recurrir a artificios escénicos, Rodríguez transita distintos registros que lo llevan a encarnar múltiples voces y perspectivas. Cada frase sugiere un corte de montaje, cada pausa marca un nuevo plano. La puesta en escena —concebida por Acobino en colaboración con José Mehrez e iluminada por Sergio Cucchiara— no busca narrar de forma tradicional, sino habilitar un espacio donde el cuerpo del actor funciona como lente, pantalla y proyector al mismo tiempo.
El personaje que interpreta Rodríguez relata el rodaje de una película que se escapa a toda lógica lineal, como si la ficción se escribiera al ser dicha. El texto, cargado de referencias técnicas del lenguaje cinematográfico, no se cierra en lo críptico sino que transforma la jerga en poesía. El teatro se convierte en cine sin cámara; la palabra, en guión en acto.
El dispositivo escénico apela a la memoria visual del espectador, a su capacidad de reconstruir imágenes más allá de lo que se ve. No se trata de observar, sino de imaginar. En ese cruce entre relato y evocación, Rodando exige una atención activa y una entrega sensible. Las fronteras entre narrador, personaje y espectador se diluyen: quien presencia también completa, quien actúa también escribe, quien narra también inventa.
En una escena saturada de tecnología y espectacularidad, la obra apuesta por la potencia expresiva del cuerpo como único soporte. La versatilidad de Rodríguez no radica en el virtuosismo actoral, sino en su capacidad de materializar paisajes, climas y personajes con mínimas modulaciones físicas y vocales. Un gesto reemplaza al fundido; una pausa, al corte de plano; una inflexión, al travelling. No hay efectos especiales: el efecto es la narración encarnada.
Rodando no sigue un mapa ni ofrece un recorrido lineal. Transita la elipsis, el desvío, la dislocación temporal. Su estructura responde más a una edición artesanal que a una lógica de guión convencional. Esa discontinuidad no es un obstáculo, sino el núcleo simbólico del dispositivo: lo que aquí se filma vive en la imaginación de quien lo presencia. Cada función es un viaje único. No hay copia, no hay archivo, solo memoria.







