
martes 20 de mayo de 2025
En Los niños (2024), Julián Giulianelli instala una problemática que se extiende más allá de su tiempo fílmico: ¿qué se revela —y qué se oculta— cuando un cuerpo ancestral es desplazado de su territorio y sometido a la lógica de la vitrina? La pregunta no se presenta como retórica sino como dispositivo de tensión. El cuerpo de los niños de Llullaillaco se convierte en el punto de fuga desde donde el documental articula una crítica al modelo epistémico dominante: uno que convierte la vida en materia de estudio y el rito funerario en pieza de museo.
Lejos de ofrecer certezas, Giulianelli propone un recorrido por testimonios que desmantelan la neutralidad científica. La operación de rescate se revela, en realidad, como gesto de desposesión. La ciencia, el Estado y la cultura institucional se entrecruzan en un triángulo que absorbe la voz originaria para reconfigurarla desde parámetros ajenos a su propia cosmovisión.
El documental construye un contrapunto simbólico: a un lado, el discurso institucional que narra el hallazgo como gesto civilizatorio. Al otro, las voces de las comunidades andinas que nombran el hecho como acto de profanación. Este choque de sentidos revela una disputa más profunda: la lucha por el derecho a narrar, a nombrarse desde adentro y a no ser objeto de traducción ni objeto de estudio.
El film interroga cómo la historia oficial ha omitido las tramas que vinculan a los pueblos originarios con los territorios que habitan. No se trata de revisar un dato arqueológico sino de desarmar una forma de construir Nación a partir de la exclusión. En ese sentido, Los niños se inserta en una genealogía de discursos que activan la memoria como acto político, no como registro del pasado.
Las preguntas que propone el film no buscan respuestas concluyentes. Funcionan como gestos de apertura crítica. ¿Quién tiene autoridad sobre el destino de un cuerpo sin vida? ¿A qué régimen simbólico responde su conservación? ¿Qué implicancias éticas surgen al sustraer cuerpos sagrados del subsuelo y colocarlos bajo iluminación artificial?
Los niños exhibe esa contradicción: la paradoja de un país que construye su identidad desde los símbolos que excluye. La exhibición del cuerpo de un niño en un museo, bajo la retórica de lo científico, se vuelve metáfora de una política más amplia: aquella que ha hecho de los pueblos originarios un “pasado” que no se reconoce en el presente.







